Demostraciones de la Escuela del Ballet de la Ópera de París


Demostraciones de la Escuela del Ballet de la Ópera de París
Louis XIV fundó esta escuela, otorgándole así todas sus credenciales a la profesionalización del arte del ballet, el acta de nacimiento al mismo tiempo del género. La Escuela de Danza de la Ópera de París es, por derecho propio, el sancta santorum de nuestro arte. El resto, desde este punto de vista genealógico, sería literatura posterior.

Por Demostraciones de la Escuela del Ballet de la Ópera de París   Isis Wirth (Munich)

Fue Claude Bessy, la ex-directora de la escuela hasta hace algunos años, quien inició estas demostraciones, abiertas al público, en 1977, justo bajo el título de “Puertas abiertas”, que a partir de 1988 fueron acogidas por el Palais Garnier, y también por la Ópera Bastille.

Ciertamente, no se trata de un espectáculo, sino de la presentación de los diferentes cursos que integran la formación de los alumnos: la “danza clásica” en sí, las danzas de carácter, el folklore, la pantomima, la expresión musical, y deliciosamente también, la danza contemporánea.

Pero la posibilidad de acceder, gracias a las demostraciones (habitualmente en diciembre de cada año), a la enseñanza de la Escuela de la Ópera, hacen de ellas un espectáculo único en el mundo.

No sólo por el placer, intrínseco, de intentar discernir quiénes serían los acaso talentos del futuro, si la memoria visual de uno es lo suficientemente fuerte para reconocerlos luego, sino porque al mismo tiempo permite tomarle el pulso a cómo estaría, en algunos años, el nivel técnico del Ballet de la Ópera de París.

Bajo la dirección hoy de Élisabeth Platel, la escuela contempla seis divisiones (la primera corresponde al nivel más alto), las cuales suben a escena en dos funciones de matinée de un domingo, a partir de las 10:30 a.m y hasta las 5:00 p.m.

¿Podría ser agotador o aburrido? No, y no sólo para el público especializado, siempre hambriento por los detalles que pongan de relieve las diferencias del método de la escuela francesa respecto de otras, sino porque, aunque se trate de “clases”, han sido instrumentalizadas en una forma conveniente, que, además de lo didáctico para el “gran público” –numerosísimo, fiel y entusiasta-, son un cierto derroche de “savoir faire” teatral, aun si sencillo, incluso si el acompañamiento, como tiene ser, sea solamente el del piano, o el de un acordeón, en el caso del folklore.

Al ver esta temprana iniciación como profesionales de los que serían bailarines del Ballet de la Ópera de París (y el constatar, asimismo, la profundidad y la seriedad de la enseñanza artística per se que se les dispensa, no sólo en la asignatura de “danza clásica”), no cabría asombrarse del sello distintivo y sensible que acusan años más tarde.

¿Quiénes serán las étoiles de aquí a un tiempo?, tras lo que ví a finales de diciembre en el Palais Garnier. No puedo vaticinarlo, pero el porvenir del Ballet de la Ópera de París está esplendentemente asegurado.

Como a Louis XIV le hubiese gustado.

Demostraciones de la Escuela del Ballet de la Ópera de París

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