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Nueva temporada del NewYork City Ballet

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UN NUEVO AÑO,Y OTRA TEMPORADA MÁS.


El frígido invierno y la nieve casi constante, están convirtiendo en pingüinos a los habitantes de la capital del mundo de la danza.

Escribe  Célida P. Villalón, U.S.A.




No obstante, después de cinco semanas consecutivas del calor artístico que brota del sempiterno “Cascanueces”, el NewYork City Ballet comenzó la usual temporada invernal de su repertorio en el compendio del Lincoln Center,  en su hogar habitual, que ahora es llamado teatro David H. Koch,  en honor del acaudalado mecenas, responsable por una generosa contribución al teatro y a la compañía.

Cada programa, igual que en temporadas anteriores, le ha sido asignado un título diferente, quizás para avivar el interés del público. “Four Voices” es uno de los más recientes, y en dicho programa subieron a escena trabajos de cuatro distintos coreógrafos: De Lynne Taylor Corbett fue presentado “Chiaroscuro”, sobre música de Geminiani inspirada en Corelli; que adquiere importancia gracias a la labor de los que componen el reparto, especialmente Jennie Somogyi; de deliciosa fluidez, y Daniel Ulbricht, siempre preciso y alado; de Peter Martins, director del NYCB, subió a escena una bagatela títulada “Papillons”, sobre Schumann, que francamente, no tiene más importancia y (posiblemente) propósito que rellenar espacio. De Alexei Ratmansky, aparecería su ultimo estreno para la compañía, “Concerto DSCH”, que usa el segundo concierto de piano de Shostakovitc, y el fascinante  “Brahms-Shoenberg Quartet”, de Balanchine, sobre música de Brahms, según los arreglos de Shoenberg, cerraría la función.




Concerto DSCH,con Wendy Whelan y Benjamin Millepied.Foto de Paul Kolhik, cortesía del NYCB.

Ratmansky muestra claramente en su Concerto DSCH –magistralmente interpretado al piano por Susan Walters--  su versatilidad como coreógrafo. La música de Shostakovitch, que puede ser tan moderna como sublimemente romántica, ayuda a que la inspiración del coreógrafo sea variada y hechizante.  Esta obra contiene un poco  de  comicidad, atletismo, y otras divergencias, hasta llegar a una excelente muestra de danza de escuela, no sin antes haber hecho que algunos bailarines, incluyendo la solista principal, caminen como ciudadanos cualquiera para salir de la escena..  El Corps de Ballet  está integrado por siete parejas que se nos antoja representan la era actual, y comparten el escenario con los principales como si se tratara de una reunión amistosa. A veces dos de los hombres del coro abandonan la escena en ocasiones separadas, descompletando el grupo.


La pareja principal,  formada por la radiante Wendy Whelan, y Benjamín Millepied, en su mejor forma, logran espectaculares “lifts” (levantados) en el Pas de Deux que constituye el momento central del segundo movimiento. Una estampa íntima, muy hermosa de contemplar.

Hay un trío también solista, formado por dos hijos de España (Madrid, para más señas), Joaquín de Luz, un dinamo de simpática energía, y Gonzalo García, atlético y elegante, junto a Anna Sophia Scheller, hábil y graciosa, quienes acometen una serie de rutinas disparatadas, si se quiere, pero de gran movimiento. Este nuevo trabajo, estrenado en la  pasada temporada primaveral, es una magnífica adición al vasto repertorio de la compañía. 




Brahms-Shoenberg Quartet,con Jenifer Ringer y Jared Angle.Foto de Paul Kolnik, cortesía del NYCB.


Nada más acertado que terminar la tarde con una  memorable obra del más prolífico coreógrafo del siglo XX. “Brahms-Shoenberg Quartet”, que data de 1966, se divide en cuatro estampas diferentes, y presenta un Balanchine tan clásico como folklórico.


El primer movimiento, con la pareja formada por Abi Stafford  y Philip Neal como figuras centrales,  y Savannah Lowery como segunda solista, encierra momentos de hermoso clasicismo, en el que no faltan esplendor y  pasos difíciles y rápidos, que siempre fueron la tarjeta de presentación del inolvidable maestro. En la segunda estampa, Jenifer Ringer, emotiva y muy musical, junto a Jared Angle, y tres sutiles bailarinas, acometen con claridad y elegancia las distintas variaciones del  espacio titulado Intermezzo. En el Andante que prosigue, Yvonne Borree se queda corta en su interpretación, aunque Andrew Veyette, su magnífico compañero, trata de suplir con su  técnica lo que le falta a su compañera. El cuarto y último bailable, Rondo alla Zingarese, nos lleva al antiguo mundo austro-húngaro, con unas magníficas czardas a cargo de la juncal Maria Kowroski, junto a Charles Askegard, a quien nunca habíamos visto  tan en control y varonil en su regia exposición de los pasos..

La orquesta, a cargo esta vez de Maurice Kaplow, sonó justa y brillante.




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Publicado el 21/01/2009 por Danza Ballet

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