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15. Edición de la Gala des Étoiles du 21e Siècle en París


25 septiembre, 2012
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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colaboradores  15. Edición de la Gala des Étoiles du 21e Siècle en ParísUna gala diferente respecto de otras, pero todo un éxito.

La 15. Edición de la Gala des Étoiles du 21e Siècle tuvo lugar entre el 21 y el 23 de septiembre pasados en el Teatro de los Campos Elíseos de París, donde, desde entonces y hasta hoy, no ha dejado de realizarse este acontecimiento aglutinador e importante de la danza mundial, en tanto es una suerte de “vitrina” de ésta, que puede –como ha hecho-, incluso, lanzar a determinados intérpretes, por medio de su “descubrimiento”.

Fue en octubre de 1998 cuando se efectuó la primera. Entonces, no se podía imaginar que se convertiría en una cita anual, en la que han participado 150 bailarines de 50 compañías diferentes, y ha sido vista por cerca de 60 000 espectadores en 40 funciones.

El programa del 21 –el que ví-  insistió esta vez más en lo heteróclito de la danza actual, dejando de lado a los habituales pas-de-deux-caballos-de-batalla (léase los provenientes de los ballets de Marius Petipa), para inclinarse sobre todo hacia un “neoclásico” variopinto, con determinados toques sorprendentes.
 

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Fabrice Calmels y Victoria Jaiani ©Emmanuel Donny

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Fabrice Calmels y Victoria Jaiani ©Emmanuel Donny
 

De la compañía Julien Lestel de Marsella, el propio Julien Lestel y Gilles Porte (ambos “ex” de la Ópera de París), interpretaron “Les Âmes Frères”, coreografía de Lestel sobre música de Art Zoyd. Es una danza plástica y mimética, reminiscente de corrientes históricas de la “modern dance” americana. La expresión es figurativa, en tanto evocadora de una concreción naturalista. Lestel y Porte, en fusión, fueron verdaderamente  “almas hermanas”.

Aunque yo no sea, a estas “alturas del partido”, una particular entusiasta de Maurice Béjart, no puedo dejar de subrayar que, en galas como ésta y similares, en las que se confrontan los modos de hacer de diversos coreógrafos (y varios entre éstos, trabajando hoy en día) en el transcurso de una noche, lo que se presenta de Béjart se sitúa entre lo mejor, sino es que, por defecto, evidencia las debilidades de los otros. Fue ahora el caso de su “Sonata n° 5” (Johann Sebastian Bach), a cargo de los exquisitos Aki Saito y Wim Vanlessen, del Ballet Real de Flandes. No obstante, la coreografía es simple, concentrada en développés, acuciosamente “neoclásica”. Pero esa simplicidad revela ser sino reciedumbre constructiva, que descansa sobre la lógica del movimiento. ¿Qué importa que los développés se repitan –lo que podría ser “pobreza de vocabulario”- si la manera en que se encadenan en la frase es percibida como la única manera posible de haberla construído?

Luego, vendría un pas de deux de la bastante aclamada “Age of Innocence” (Philip Glass y Thomas Newman), de Edwaard Liang, un americano nacido en Taiwán, “ex” del New York City Ballet. Sus intérpretes fueron la georgiana Victoria Jaiani y el francés Fabrice Calmels. Ambos fueron el “descubrimiento” de la noche. La coreografía, aunque no deja de acusar atisbos interesantes, se sitúa a medio camino entre “Les Âmes Frères” y la “neoclásica” de Béjart. Él es alto, fuerte, imponente, lo que contrasta con la pequeña Victoria Jaiani, quien salta a sus brazos como un muelle, en portés psicodélicos. Sí, con lo fuerte que es Calmels, de amplio torso y espaldas, y lo frágil que es ella, tales “lifts” arriesgados se explican. Pero hay algo más. Ella es de una flexibilidad que me gustaría llamar  “cartilaginosa”, es decir, como si la bailarina tuviera cartílagos en lugar de huesos. Uno puede pensar en los brazos –y el cuello- de Maya Plisétskaya, o en cierta cualidad del movimiento de Lucia Lacarra (ah, cuántas Galas des Étoiles du 21e Siècle no ha protagonizado). No pretendo comparar, desde luego, a la pequeña Jaiani con Plisétskaya y Lacarra, pero me hizo recordar esta rara característica, en la que el cuerpo de la bailarina –o partes de éste- parece fundirse.

A continuación, señoras y señores, ¡Rasta Thomas! Rasta es…Rasta. Un bailarín (clásico) que ¡no necesita presentación alguna!, un virtuoso que ha hecho el camino que escogió, y que provoca el delirio de los espectadores. Sí, es un “musical” (del género en cuestión), y en “El vuelo del moscardón” (Rimsky Korsakov), coreografía de Milton Myers y Vladimir Angelov, hay no poco de esa danza mimética que señalaba en la coreografía de Lestel. Rasta Thomas se metamorfosea en un insecto, ¡pero qué insecto!
 

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Julien Lestel y Gilles Porte ©Emmanuel Donny

La temperatura bajaría adecuadamente con “Adagietto” (el de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler), de John Neumeier, por Hélène Bouchet y Thiago Bordin, del Ballet de Hamburgo. Como no desconocen los lectores, es el mismo adagietto que utilizó Roland Petit para “La rose malade”, con Maya Plisétskaya y Rudi Bryans. Prefiero a Petit. Aunque se trata de la habitual sensibilidad de Neumeier para los pas de deux, y éste es más “neoclásico” que otros, la insistencia de su estilo en lo estático y lo aquietado puede a veces hacer que uno también se detenga…Pero Bouchet y Bordin son excepcionales, de alto vuelo. Ella es lánguida, casi ideal. La recuerdo todavía en Eurídice en el “Orfeo” de Neumeier. Bordin se distingue un tanto menos que ella, pero es irreprochable. Y uno se pregunta cuál es la “máquina Neumeier” para propiciar que reluzcan tales bailarines.

La única recurrencia a los “caballos de batalla” fue el pas de deux de “El Corsario”, a cargo de los hermanos Semionov, Polina (Semionova) y Dmitri, ella con el American Ballet Theatre, y él con el Ballet de la Ópera de Berlín. Polina irradia con esa suavidad de terciopelo. Él, grande, virtuoso y preciso, es además elegante. Merece una carrera más aclamada. Y qué decir de Polina. Su salto es como un destello, la técnica no deja nada que desear, paseándose a su antojo en los fouettés, como él en el manège.

La segunda parte del programa abriría con algo que, en su “rareza”, sería un poco decepcionante: dos bailarines de tap dance, Jason Janas y Jumaane Taylor, de New York Tap Stars, bailando “tap” sobre el final  (“Sacrificio”, presentado en estreno) de “La consagración de la primavera” de Igor Stravinsky. Sí, ritmo (el del tap) ritma con ritmo (el de Stravinsky). Pero, ¿qué más? Especialmente porque el acento del peso del cuerpo en el tap dance contrasta con el ímpetu requerido por la partitura de Stravinsky, aunque se trate del “llamado de la tierra”.

El pas de deux “Meditación” de “Ilusiones como Swan Lake” (Chaikovsky) de John Neumeier, volvería a traer a Hélène Bouchet y Thiago Bordin. Es una de las obras maestras de Neumeier, en la que transpone la vida de Luis II de Baviera al mito del cisne con el que el rey mecenas de Richard Wagner se identificó hasta la locura. La coreografía, la definiría como “romántica”…a lo Neumeier. Cualquier semejanza con “La dama de las camelias” no es coincidencia.

Polina Semionova en el solo “Alles Waltzer” (Johann Strauss) de Renato Zanella, es “más de lo mismo” de ese “neoclásico-contemporáneo” (después de todo, no hay nada que reprocharle a un lenguaje como el académico tan elaborado, sedimentado y complejo), pero la chispeante y longuilínea Polina le aporta la efervescencia de una burbuja de champagne.

El conocido “After the Rain” (Arvo Pärt) de Christopher Wheeldon, puede ya ser banal. Sólo que, nuevamente, Victoria Jaiani y Fabrice Calmels lo metamorfosearon a su manera, brillante, y esta vez lo “cartilaginoso” de Jaiani fue más lejos, con una capacidad  expresiva  bastante inusitada. El público sucumbió.

Y para que éste se lanzara más aún  en sus ovaciones de complacencia, again Rasta Thomas en un estreno, “Love the way you lie” (canciones de Eminem y Rhianna), coreografía de Adrienne Canterna, quien debía bailar con su esposo Rasta pero finalmente éste lo hizo solo. Acrobacias restallantes, ese “so musical” sin que le falte algo Kitsch, o el acaso género del “ballet-dance-pop”. Mientras conquiste, ¿por qué no?

Para cerrar, el pas de deux de “In the middle, somewhat elevated”, de William Forsythe, sobre Thom Willems, por Aki Saito y Wim Vanlessen, que son “especialistas” en esta obra de Forsythe. Afinados, sensibles, pero lacerantes como el acero –lo requerido aquí-, son estupendos.

El desfile de clausura, en el que participan todos los bailarines, con coreografía de Nadia Veselova Tencer, utilizó a Edith Piaf en “Je ne regrette rien”. Sube aún la temperatura, y uno espera ya la próxima Gala des Étoiles du 21e Siècle en el teatro de la avenida Montaigne.
 

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Polina Semionova ©Emmanuel Donny

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Svetlana Zakharova ©Emmanuel Donny

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