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Danza Ballet

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Alberto Alonso, el coreógrafo de lo cubano

4 enero, 2008
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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Si Fernando conoció a Alicia, en la escuela de Pro-Arte Musical, fue porque su hermano Alberto lo había precedido en la vocación del ballet. Nacido en 1917, el primer bailarín cubano, y el primero también en lanzarse a una carrera en el extranjero, ha muerto ayer de un paro cardíaco en su casa de Gainesville, Florida.

Su canto del cisne fue el documental “Dance of my heart”, sobre su vida y su carrera, dirigido por Ricardo Acosta y mostrado no hace mucho en el festival de cine de Edmonton, Canadá. Pero sin duda el reconocimiento más grande antes de su deceso en el exilio fue la invitación de Maya Plisétskaya en noviembre de 2005, a re-montar su célebre “Carmen” para las nuevas figuras del Ballet Bolshoi, con la magnífica Svetlana Zakharova en el rol titular, con motivo del 80 cumpleaños de Maya.

“Si un coreógrafo hizo algo para mí semejante a lo que hizo Mijail Fokine para Anna Pávlova, ese fue Alberto Alonso”, afirmó Maya.

Alberto fue el primer coreógrafo extranjero invitado a trabajar con el Bolshoi. La invitación se debió a Maya, ansiosa de una libertad artística que no encontraba en sus predios. Identificada con el personaje de Carmen, ve en Moscú en 1965 al conjunto cubano de danza que entonces dirigía Alberto. Se trató del mítico “El Solar”, con Sonia Calero —la viuda y tercera esposa de Alberto; antes estuvo casado con Alexandra Denisova y con Elena del Cueto— bailando con la escoba. Maya se dijo: “A éste es a quien estoy buscando”, y le propuso coreografiar “Carmen” para ella.

El esposo de la bailarina, el compositor Rodión Schedrin, se encargaría de los arreglos de la partitura de Bizet. Desde luego, Alberto era un artista de un “país hermano”. No obstante, esa “Carmen” representó mucho de “vanguardia” para el ballet soviético, y Maya tuvo de defenderla con todo el peso de su prestigio y su talento.
Por entonces, los cubanos eran la “vanguardia” del ballet respecto de los “hermanos” soviéticos. Todavía el ballet cubano se beneficiaba aún de su estrecho contacto con lo mejor de la coreografía mundial, que a partir de 1940 se concentró en los Estados Unidos.

“Carmen” se estrenó en el Bolshoi el 20 de abril de 1967, y el siguiente 1 de agosto en La Habana, Alicia Alonso se hacía con el rol. No poco se ha escrito sobre las diferencias entre ambas intérpretes en la obra, pero lo cierto es que fue la más aclamada de Alberto, bailada en numerosas compañías, que su eficacia se mantiene intacta y que fue hecha para Maya.

Un perfume de lo “afro-cubano”, estilizado en el lenguaje clásico, subyace en la coreografía de “Carmen”. Esa fue la “novedad” que subyugó a Maya cuando vió “El Solar”, y quizás la principal preocupación estética de Alberto Alonso durante muchos años. Él fue el primer coreógrafo “nacional”, una parte clave de la famosa tríada alonsiana de la “escuela cubana de ballet”: Alicia, la bailarina; Fernando, el maestro; Alberto, el coreógrafo.

Creo que fue durante su período como director de la escuela de ballet de Pro-Arte Musical, entre 1941 y 1959, donde Alberto intentó trabajar su acercamiento experimental a una expresión distintiva “cubana”, que redundaría en varios títulos notables, estrenados fuera o dentro de lo que hoy es el Ballet Nacional de Cuba, del cual fue fundador en 1948.

Entre ellos, “Antes del alba” (1947), con música de Hilario González y diseños de Carlos Enríquez, el “primer ballet cubano”; “La rebambaramba” (1957), de Amadeo Roldán, con textos de Alejo Carpentier; el sabroso “El güije” (1967), sobre textos de Nicolás Guillén y Oscar Hurtado, música de Juan Blanco; o un quizás demasiado folclórico –pero a mí me gustó– “Manita en el suelo” (1984), con libreto de Carpentier y música de Alejandro García Caturla.

Alberto también sabía mostrar su talento en coreografías de índole menos puntual –sin contar su disparo a la universalidad con “Carmen”-, como en “Concerto” (1943, Vivaldi-Bach), “Sinfonía clásica” (1955, Prokofiev), una asombrosa “Conjugación” (1970), aunque —si mi memoria no me falla— acerca del Che, y un “Diógenes ante el tonel” (1971), con Loipa Araújo, en lo que constituyó entonces una especie de convulsión en La Habana.

El vaso comunicante con esa “cubanización” de la coreografía a partir de lo clásico fue su faena en la televisión, en cabarets, en shows como “Cabaret Regalías” y “Casino de la Alegría”, o sea, en el reino de lo que se denomina “comedia musical”. Él fue el Jerome Robbins cubano. Robbins, norteamericano, el de “West Side Story”, se movió entre el ballet y la comedia musical con el mismo éxito, y sus credenciales de rancio “balleticismo” fueron autenticadas por Georges Balanchine, quien lo hizo director adjunto del New York City Ballet desde su fundación en 1948.

El paralelismo entre Robbins y Alberto Alonso corre parejo a la síntesis que ambos buscaron entre ballet y el género “menor”. También, como Alberto, Robbins contribuyó a lo “nacional” del ballet norteamericano, por ejemplo con “Fancy Free” (1944), su opera prima, que por cierto Alberto interpretó.

Los artistas estadounidenses del ballet buscaban entonces expresar lo “suyo”, y los cubanos, formados en esa matriz —aunque Alberto primero se nutrió en Europa—, lo trasladaron al patio desde que pudieron. Alberto Alonso lo logró, o al menos fue nuestro primer Adelantado.

Isis Wirth
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