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Alicia Alonso: el ego perpetuado gracias a la política

10 mayo, 2010
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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Cuando leí en DIARIO DE CUBA acerca de un homenaje que la pequeña localidad de Enghien-les-Bains, en las afueras de París, le rendiría a Alicia Alonso, entendí, en principio, que el “bailar por dentro” al que aludía la otrora “prima ballerina” se refería a cómo podía hacerlo ella, coreografiando y dirigiendo artísticamente una compañía de ballet —un arte visual por excelencia—, pese a sus conocidas dificultades de visión.

Ésta, al ser “por dentro” se convertiría en el “conocimiento interior”. Después de todo, sólo si se baila “al borde del abismo” se alcanza la verdadera libertad.

“Yo amo la vida, y amo el baile. Ese es mi secreto. Estoy con vida, y estoy bailando por dentro”, había declarado la directora del Ballet Nacional de Cuba en conferencia de prensa previa a las dos funciones de Giselle —en versión coreográfica suya— en Enghien-les-Bains, como homenaje a su aniversario noventa.

Desde luego, el “secreto” de Alonso para mantenerse en tan buena forma vital, no obstante su longevidad, es el poder, lo mismo que sucede en otra escala —aunque no tan alejada— con Fidel Castro, tan “heroico sobreviviente” como ella.

De igual modo, recuerdo haber leído alguna vez acerca de las relaciones inexplicables entre algunos”padrinos” y ciertos políticos que no podían, pese a situarse en contra de los primeros, sustraerse de la atracción de los inefables jefes de las famiglias. Y la conclusión era que unos y otros comprendían el “secreto del poder”.

La carrera de Alicia Alonso sobre la escena está entre las más largas que recuerda la historia de la danza. En las funciones de Giselle —la única carta de presentación que todavía posee el Ballet Nacional de Cuba, junto a El lago de los cisnes, y en ocasiones, Don Quijote—, especialmente en la primera, del viernes 23 de abril (Centre des Arts), comprendí que cuando Alonso se refiere a “bailar por dentro” no es sólo en lo que respecta a su falta de vista para coreografiar y dirigir, sino que, en realidad, insiste en continuar “bailando” gracias a estos homenajes que le rinden por doquier, incluso en el suburbio de Enghien-les-Bains, cuyo alcalde es de derechas. (Paradojas que no sorprenden: si el “homenaje” hubiera ocurrido en la fiesta del periódico comunista L’Humanité, habrían abucheado al Ballet Nacional de Cuba por encarnar a un “arte burgués”.)

Ella continúa “bailando por afuera” porque impone que tengan que ver todavía su figura, en fotos y en filmes, lo cual artísticamente, sí que es magnífico.

Ya en la entrada del Centre des Arts, el cartel que anunciaba la función reproducía tan sólo las piernas de Alicia Alonso, a las que reconocí enseguida, en una foto de los años cuarenta del pasado siglo. No se trataba siquiera de una imagen de Giselle, ni de una de las bailarinas que asumirían el rol protagónico, ese día y el siguiente, en el Teatro del Casino. ¿A quién había ido a ver bailar el público? Bueno, después de todo se trataba de un homenaje a la nonagenaria…

Antes de que se abriese el telón, en el vestíbulo del Centre des Arts, tres pantallas, más o menos simultáneas, ofrecían una edición de fotos célebres y pasajes de diversos filmes de varios de sus roles, donde todavía brilla (dicho sea) la perfección que poseyó, aunque sea en la imagen congelada y en la del movimiento apresado por la cámara.

La realización y su buen gusto fueron impecables. Alicia Alonso todavía “baila”, pues. Ha encontrado el sucedáneo para ello, con homenajes como éstos, en los que su presencia icónica sustituye a la ley biológica, tan cacareada como solución para acabar la obra de la Revolución.

¿Y los bailarines, que son los que en verdad bailan y sudan, y pueden dar todo de sí?

Inútil pregunta.

Porque el Ballet Nacional de Cuba es su compañía, creada por ella y para ella. En 1959, se dio cuenta enseguida de cuál era el modo de eternizarse, incluso más allá del día en que no pudiera aparecer en un ballet como tal. Y, amén de su arte excepcional, debe reconocérsele la capacidad previsora para perpetuar su ego, gracias a una sagaz alianza política. Una capacidad aún más excepcional que su propio arte.

Debo confesar que disfruté con intenso placer las imágenes de Alonso que se mostraban. La soberbia artista “estaba ahí”, como el breve cuento de Augusto Monterroso. Y, aunque la artista en sí no será nunca un dinosaurio, es un caso quizás único de ego que se ha servido lo más posible de la política. Único, entre otras cosas, porque no ha sido en “nombre del pueblo”, sino del Ballet Nacional de Cuba.

El escenario del Centre des Arts era pequeño, y todavía más el del Teatro del Casino. En consecuencia, los bailarines no pudieron desplegarse. Y, pese a que la versión coreográfica de Alicia Alonso de Giselle es aún una de las mejores que puedan verse (aunque tenga que quitarle cierto polvo, justo el credo estético que ha solido enarbolar respecto a los “clásicos del repertorio”), su posible riqueza palidece en esas condiciones algo precarias.

¿Y cuándo van a acabar de quitarle la capa de tul verde a los tutús de las Willis en el segundo acto? Insisten con obstinación en ello, lo que contradice el carácter “blanco” de este ballet romántico.

Pero, qué importa. Alicia Alonso ha continuado “bailando”… en el vestíbulo del Centre des Arts de Enghien-les-Bains.

Sólo dejará de hacerlo el día en que sus “padrinos” de la alianza ya no estén más. Mientras tanto, es la decadencia, ¿sin fin?. ¿O sólo doscientos años, como los que vivirá la ex-bailarina?

Ya lo dijo José Lezama Lima: “en realidad lo que ella baila es nuestra historia en relación con la historia universal”.  Martes 27 de Abril de 2010 – Isis Wirth, París – www.diariodecuba.net

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