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Danza Ballet

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La danza y el ballet

Alvin Ailey American Dance Theater en París (II)

25 julio, 2012
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Otra apoteosis.

La penúltima función (la número 26) de la temporada de Alvin Ailey American Dance Theater tuvo lugar en el teatro Châtelet el pasado 20 de julio, en tanto compañía invitada por la tercera vez del festival Les Étés de la Danse. Trajo sobre todo un “concentrado” de las obras de Robert Battle, el director desde 2011 de la agrupación fundada por Alvin Ailey, tras que Judith Jamison le pasó el batón.

El  21 de julio fue la función de adiós de esta agrupación mimada por los parisinos, tras la infatigable programación (cada noche con un programa diferente) que había comenzado el 25 de junio. Los aficionados a la danza (no podemos estrictamente hablar de balletómanos), o los numerosos fans de la compañía de Alvin Ailey, corrieron a solazarse tanto pudieron con la mayor frecuencia que les fue posible: se trataba no sólo de ver todas las obras sino de apreciar una misma con diferentes intérpretes. Lo que distingue a la AAADT, más allá de los estilos coreográficos ciertamente diversos, apunta a sus fenomenales bailarines, especialmente los hombres: casi todos son unos gladiadores espléndidos.

La noche del 20 de julio abrió con una obra de Alvin Ailey que data de 1974, “Night Creature”, sobre la composición homónima de Duke Ellington. “Clasicismo” del jazz y del propio Alvin Ailey. Para 15 intérpretes, entre ellos los solistas Linda Celeste Sims y Antonio Douthit quienes puntean sobre todo el primer y el tercer movimientos, la sensualidad y los juegos de seducción de la “noche” otorgan la materia en la que evolucionan no sin humor –y no sin despliegue físico, en saltos y extensiones- parejas que se divierten. El tono es ligero y brillante, a lo “comedia musical”. O un optimismo profundo, una marca en definitiva del espíritu americano que encarna la AAADT con su alegría contagiosa.

La diferencia con la obra que le siguió, “In/Side” (2008), de Robert Battle, pasa por el “lirismo” de este solo de 8 minutos, sobre “Wild is the Wind”, de Nina Simone. Puede ser susurrante y aquietado (o hasta desgarrador) por lo que evoca, pero lo decisivo es el virtuosismo. El coloso Kirven James Boyd, apenas vestido con una trusa oscura, se presenta, primero, de espaldas al público. Podrá luego evolucionar en el piso, extendiendo (una de) sus aceradas piernas como columnas, o podrá configurar una plástica poderosa. Lo esencial fue, no obstante, la complejidad física de las frases, con giros endiablados y saltos de una potencia que restallan como latigazos. Había que restegrarse los ojos para creer que tanto derroche era real. (Admitamos que la AAADT realmente insiste en lo físico…) Sólo que la escritura de Battle es límpida, nunca sobrecargada.

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James Boyd y Glenn Allen Sims en “The Hunt” de Robert Battle ©Andrew Eccles

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A. Douthit, Y. Lebrun y K.James Boyd en “Revelations” de Alvin Ailey ©Andrew Eccles 

Ya había visto el solo “Takademe” (1999) de Robert Battle también, en el programa de gala inaugural. La partitura es una vocalización (“Speaking in Tongues II”) de Sheila Chandra sobre los ritmos de la danza hindú kathak. A esta “deconstrucción” musical, se le agrega la propia de la coreografía: lo que cuenta es el ritmo puro; el movimiento lo sigue de una manera “abstracta”, aunque son perceptibles algunas citas –bastante diluídas – a la danza hindú. Esta vez ví a Jamar Roberts, acaso más “claro” en su gestualidad para poder apreciar tales citas que Kirven James Boyd, el intérprete de la primera noche  -con tanta personalidad, por otra parte. La intensidad rítmica y plástica es tal que los escasos tres minutos de duración dejan la impresión de que el tiempo transcurrido fue bastante más.

Luego, hubo que apretarse los cinturones de seguridad emocional con “The Hunt” (“La caza”), una obra de 13 minutos de duración creada en 2001 por Robert Battle, con música ( “Jungle Jazz”, “Les Boulets se rebiffent” y “Black Bull”) interpretada por Los Tambores del Bronx. Es un rito paroxístico y telúrico, un grito lacerante que surgiría de lo más profundo de la tierra, o hasta del cosmos si se quiere. Es la naturaleza humana y animal, la naturaleza toda. La necesidad vital de afirmarse por medio de imponerse sobre el otro, al precio que sea: la “caza” para sobrevivir, o el combate sobre los demás para ganar, expandirse y ser. Una agresividad clave, en tanto primigenia… que puede declinarse en simbolismos convertidos en íconos coreográficos y musicales, como “Le Sacre du printemps”, basada ésta más bien en el sacrificio, noción compartida por tantas culturas antiguas o primitivas: en “The Hunt” lo que falta es una Virgen Electa. Como no hay, los seis hombres (exultantes Guillermo Asca, Daniel Harder, Samuel Lee Roberts, Vernard J. Gilmore, Kanji Segawa y Marcus Jarrell Willis) se cazan entre ellos. Hay, desde luego, vencedores y vencidos. El trance –hipnótico- se instala, y sería difícil de soportar (ya dije que había que apretarse los cinturones) si no fuera porque, a la manera de otros antiguos (los griegos, en la ocurrencia), provoca una catarsis: la violencia animal, magnificada por los saltos, verticales o no; o los giros, las sacudidas o los movimientos de pájaros de presa, y el sudor de los bailarines –vestidos con amplias faldas rojas y negras-, son un catalizador de energía. Es una de las piezas de danza más “salvajes” que haya visto jamás. Uno puede desear que Robert Battle emprenda, como ya sugerido, su versión de “Le Sacre…” sobre la partitura de Stravinsky. Pero no le hace ninguna falta.

Por otra parte, la construcción coreográfica es elocuente: Battle hace para que esos 6 bailarines, de una manera u otra, siempre estén ocupando el espacio.

Tras esta cierta apoteosis, vendría la más conocida –pero no menos siempre sorprendente- de “Revelations” (1960), 38 minutos icónicos de Alvin Ailey sobre la música tradicional de negro spirituals y gospels. Sí, el pas de deux (“Fix me Jesus”), con Ghrai DeVore y Jermaine Terry, es netamente grahamiano. Sí, hay algo que ya es ingenuo (aunque aquí puede radicar su fuerza perenne, a prueba de cualquier tiempo), si no es que se trata de algunas construcciones “pasadas de moda”. Pero el primer movimiento (“ I Been Buked”) y el pas de trois de los tres hombres (Marcus Jarrell Willis, Yannick Lebrun y Samuel Lee Roberts) en “Sinner Man”, son intemporales. No lo son menos, por una extraña alquimia, las tres últimas composiciones musicales según la estructura, a cargo de todo el ensemble. Es ese final que transmuta al público y lo hace estallar en una comunión con la espiritualidad más ancestral, sublimada por la fe –y el arte- de los negros de América, de la mano de la ofrenda danzaria de Alvin Ailey. ¿Quién puede resistirse?

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“Night Creature”, de Alvin Ailey ©Gert Krautbauer

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Samuel Lee Roberts en “In/Side” de Robert Battle ©Paul Kolnik

©2012 Danza Ballet

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