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Ballet Bolshoi esplendoroso como nunca

20 mayo, 2007
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La compañía rusa llevó a Baden-Baden dos de sus producciones emblemáticas: “Don Quijote” y “El lago de los cisnes”. Ambas obras demostraron que su aproximación a los clásicos continúa siendo ejemplar.
 
“El lago de los cisnes”, en la versión de Grigorovitch y los diseños –¡todavía!– de Simon Virsaladze, hizo recordar instantáneamente a Maya Plisétskaya.



Por colaboradores  Ballet Bolshoi esplendoroso como nunca Isis Wirth (Alemania)

Una temporada navideña del Ballet Bolshoi en la Festspielhaus de la ciudad alemana de Baden-Baden, en la Selva Negra, permitió tomarle el pulso a esta compañía mítica. Ahí, en esa Festspielhaus construida en una antigua estación de trenes que evidencia los fastos célebres de Baden-Baden en el siglo XIX y la cual es hoy una de las escenas más prestigiosas de Europa. La agrupación que, bajo la dirección de Alexei Ratmansky, renació, si no de sus cenizas, de un período problemático donde una cierta decadencia pudo entonces avizorarse.


Hoy, es todo lo contrario. Bastó el ver dos de sus producciones emblemáticas, “Don Quijote” y “El lago de los cisnes” para asegurar una frescura renovada y de una aproximación a los clásicos que continúa siendo ejemplar, y –con toda conciencia del adjetivo– fundacional, especialmente en lo que se refiere a estos dos títulos, aunque diferentemente en cada uno.



“El lago de los cisnes”, en la versión de Grigorovitch y los diseños –¡todavía!– de Simon Virsaladze, hizo recordar instantáneamente a Maya Plisétskaya. Sin duda, su Odette, que permaneció durante tantos años en la compañía no pasó por gusto. Sí, cierto es que lamentablemente la época actual no está dando más estrellas de esa magnitud, pero su herencia está ahí, como es el caso del Bolshoi.


Por otra parte, sólo los músicos rusos pueden ofrecer un Tchaicovski más legítimo. La Orquesta del Teatro Bolshoi, dirigida por Pavel Sorokin, interpretó ese “pathos” melódico tan distintivo de una manera que hizo palidecer de la partitura, aun a pesar de ser brillantes técnicamente. La versión del Bolshoi condensa los cuatro actos en dos, pero sin que falte lo esencial y lo más efectivo. En realidad, son los cuatro actos. Quizá se echa de menos todo ese acostumbrado despliegue de las danzas de carácter del tercer acto, pero en cambio el “cuarto acto” colmó.

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Odette-Odile fue la joven Ekaterina Krysanova, intérprete con  formidable sustancia clásica, delicadeza de una verdadera ballerina. Fotos: Marc Haegeman.
 

Odette-Odile fue la joven Ekaterina Krysanova. Hay en ella una formidable sustancia clásica, la delicadeza de una verdadera ballerina. Atenta al detalle, su facilidad expresiva viene de la mano de una técnica clara, bien afirmada y reluciente. La manera en que “despejó” las variaciones del segundo acto quedará en la memoria –con sus altos “arabesques” después de los “sissones”–, y no menos, sus “fouettés”, donde intercaló “à la seconde”. Más experimentado, su Sigfrido, el admirable Dmitry Gudanov. Posee una contención clásica pero se las arregla para dar el tono emotivo necesario en cada momento.


Y después de la elegía atormentada pero redentora de Tchaicovski, llega esa tempestad de energía que es “Don Quijote”. Dígase alto y claro: sólo el Bolshoi puede mostrar el auténtico sentido de comedia que demanda este ballet, aun si las versiones de Nureyev y Baryshnikov han hecho lo suyo y muy bien. Sí, es la herencia de Gorski, pero vale la pena aplaudir el hecho de que la hayan conservado y que la ofrezcan con tanta alegría y responsabilidad. La versión que presentan es una reconstrucción del original de Petipa y Gorski que se debe a Alexei Fadeyechev. En tanto el vestuario de Tatiana Artamonova y Elena Merkurova sobre la concepción del original (1906) de Vassily Dyachkov es el más “ballet-quijotesco” que uno se pueda imaginar.



La Kitri de María Alexandrova recordó las virtudes de versatilidad de una primera figura que se precie como tal, por los contrastes que encadena sin contradicción: de una Kitri que estalla a una transfiguración de ensueño en la escena de las dríadas, plena de suave autoridad y de estilo. Su Basilio, el conocido Serguei Filin, no impactó particularmente pero tampoco decepcionó.

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La Kitri de María Alexandrova recordó las virtudes de versatilidad de una  primera figura al tiempo que el Ballet Bolshoi mostró la calidad de su estilo. Fotos: Marc Haegeman.


Pero la sorpresa más deleitosa estaría por venir, pese a las excelencias ya mencionadas, sin contar el alto nivel de los solistas y la homogeneidad envidiable del ensamble. Se trata de Natalia Osipova e Ivan Vasiliev, todavía muy jóvenes ambos. Osipova –que deslumbró en la Danza Española de




“Lago”–, lo cambia todo cuando entra en escena, y produce la misma sensación de un fuego que arriba, que sólo se ha visto en Plisétskaya. Destaca en ella una elevación sui generis –por ejemplo, en la escena de las dríadas, se desplazó en “saut de chat” bien por arriba de las cabezas del cuerpo de baile arrodillado–, pero toda su técnica es un portento. En cuanto a Vasiliev, baste decir que está más tiempo en el aire que cerca del suelo. Más joven aún que Osipova, Vasiliev no acusa del todo esa capacidad de remover la atmósfera, pero que está destinado a esas alturas –en las que de todos modos ya se sitúan físicamente– como ella es innegable. Ojalá así sea. Por lo pronto, vale la pena saludar al Bolshoi que continúa otorgando tales maravillas.  



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