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La danza y el ballet

Ballet de Hamburgo

11 diciembre, 2009
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colaboradores  Ballet de Hamburgo

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Orfeo, a día de hoy.


El reciente estreno de “Orpheus”, de John Neumeier, con su Ballet de Hamburgo en la Staatsoper de esta ciudad del norte, fue concebido para el italiano Roberto Bolle, pero una lesión le imposibilitó asumir el rol titular que, fue evidente, se hizo a su medida. La anunciada première tuvo lugar con el checo Otto Bubenicek, ya en principio en el segundo elenco.

Por colaboradores  Ballet de Hamburgo Isis Wirth (Munich)

Aunque la particular luminosidad de Bolle hubiese subrayado aún más a ese mito solar que es Orfeo, la intensidad sin falla, y desgarradora, de Otto Bubenicek no sólo suplió al ausente sino que se reveló capaz de “dar el tono” conductor, por él mismo, de este ballet en dos actos, de algo más de dos horas de duración, con intermedio. Si bien fue “ayudado” por la lírica y frágil Hélène Bouchet como Eurídice, un resplandeciente Edvin Revazov que sólo podía ser Apolo, y un siempre sorpresivo Yohan Stegli (estrella en ascenso de Hamburgo) como Hermes, la tragedia y la soledad de Orfeo demandan, para que se exprese, casi únicamente de su intérprete. Y Bubenicek fue un Orfeo cabal, pleno. Es un artista poderoso.

Cierto, aquí Neumeier está en su “salsa”, la de la aproximación a los mitos, que en este caso no fue predominantemente psicológica como en otras ocasiones, sino más lineal, abstracta en sí. ¿Se puede hacer algo más con la “historia” de Orfeo? Tampoco se pediría más. No obstante, Neumeier se “permitió” trasladar el tema al mundo actual: Orfeo es un artista, violinista por más señas; Eurídice muere en un accidente. Pero las coordenadas míticas se “han puesto al día”, sin anacronismos, lo cual significa, de la otra parte, que si se despojase a esta “re-lectura” –que no intenta serlo- de su ropaje contemporáneo, la propia intemporalidad a la que refiere el coreógrafo permanecería intacta.

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Desde el punto de vista del impacto emotivo, hay un desbalance entre los dos actos. El primero, sobre todo hacia su final, cuando Orfeo se desespera por la pérdida de Eurídice y emprende el viaje al otro mundo con Hermes, podría casi hacer llorar. El segundo, que se supondría el más definitivo, ya que la pérdida es irrevocable, y al regreso a la tierra Orfeo se encuentra solo y abandonado por su público, es más plano, y hasta algo redundante, si no fuera por el poder, simple pero efectivo, de Neumeier : con pocos pasos y gestos “sitúa” cualquier estado de ánimo. Y si no fuera por el hálito sensible de Bubenicek.

En general, la “marca” ostensible de Neumeier se ha manifestado, aún, en el uso de los pliés, piruetas oportunas, saltos puntuales; en los desplazamientos, lentos y laterales. Pero, sobremanera, en el refinamiento plástico de las líneas, tanto en determinados “lifts”, “originales” y fluidos, como en el uso de los brazos, esencialmente angulares y estáticos. En contraste, el “continuum” ondulado de ellos, creciente o menguante, en el cuerpo de baile.

En la música, de Igor Stravinsky, el “Apollon Musagète” (¿imprescindible?) y “Orpheus” fueron elecciones justas. Más aún, la Passacaglia y un Lamento de las “Rosenkranz-Sonaten” del barroco Biber, el momento en realidad compulsorio del ballet. (A notar al violinista Rüdiger Lotter, en la escena, suerte de “doble” de Orfeo.) Por el contrario, la inclusión en la música del álbum “Orpheus the Lowdown” de los contemporáneos Peter Blegvad y Andy Partridge, pese a un texto sugerente, no sólo sería quizás innecesaria sino que rompe la “armonía” lograda entre Stravinsky y Biber.

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