Ballet de la Ópera de París “Homenaje a los Ballets Rusos”

El Ballet de la Ópera de París reservó para el fin del año 2009 su programa de “Homenaje a los Ballets Rusos”, en el centenario del debut de la compañía de Diaghilev justo en París.

Tras los previos homenajes, en el transcurso de este año, en Munich, Hamburgo, Italia, el propio París (en gala con estrellas, en el teatro de los Campos Elíseos), había que esperar, con toda razón, a que la insigne agrupación, la más antigua de todas, cerrara los festejos conmemorativos de un suceso que, como es ampliamente sabido, cambió los destinos de la danza.

Y cambió asimismo, directamente, el destino del Ballet de la Ópera de París, no sólo por la lógica interacción “geográfica” –por demás, Diaghilev no escogió por gusto a la capital francesa para su debut; sabía, hélas, no poco de lo que se le debía a Marius Petipa en Rusia-, sino porque desde el principio de su aventura hizo temporadas de los Ballets Rusos en la Ópera Garnier, donde presentó los estrenos de “Shéhérazade”, “El pájaro de fuego” y “Les Orientales”, en 1910, por citar estos ejemplos.

Más tarde, situaría en el Palais Garnier los estrenos en Francia de obras como “Carnaval”, y ah, “Giselle”, o el mismo “Le Tricorne” (“El sombrero de tres picos”), en 1920, que ahora se presentó en este homenaje, tras haberse incorporado al repertorio de la Ópera de París en 1992.

Si hay pues, un heredero “geográfico” –y mucho más que esto-, hoy por hoy, de los Ballets Rusos, es el Ballet de la Ópera de París.

Ello se hizo evidente sobremanera, en este programa, en la fuerza, y la acaso fidelidad estilística, de “L’Après-midi d’un faune”, según la coreografía de Nijinski, la mejor “versión” que hayamos visto.

Stéphane Bullion, premier danseur, aunque no vimos a Nicolas Le Riche, le otorgó esa animalidad, quien sabe si tan perturbadora en cuanto referencia, como esa que hizo mítica en el rol, entonces, Nijinski.

Si se instala este “al menos quizás así debía haber sido”, en algo, como indicador, la razón de retomar estos títulos históricos es valedera: un llamado a la imaginación.  Lo cual no puedo decir de “Le Spectre de la rose”, con Emmanuel Thibault (premier danseur), pese a haber sido aéreo, pese a su fina Delphine Moussin (étoile), emocionante en su quietud.

Cierto, “Le Spectre…” es ya un caballo de batalla, utilizado aquí y allá. Sus virtudes posee, pero si no se es habitado, ya no digo por el espíritu…de la “rosa”, sino por ese equilibrio desequilibrado entre lo “eterno femenino” y lo “eterno masculino” con lo que Nijinski cambió para siempre la faz del ballet con este título de Fokine, nos resta tan sólo un ejercicio de estilo, siempre agradable, pero: ¿algo más?

“Petrouchka”, en la versión coreográfica de Nicolas Beriozoff, estuvo a medio camino, desde ese punto de vista, entre lo “logrado” con el “Fauno” y lo “malogrado” del “Espectro”. De una parte, se remitiría con elocuencia a un original poderoso, bien detallado.

Pero, una vez más: lo quebrado y vencido del pobre muñeco Petrouchka, que prefiguraría sobre la escena lo que fue en definitiva el propio Nijinski, ¿cuál bailarín, hasta donde podamos conocer, puede darnos esa dimensión, sí, imaginativa en cuanto “palimpsesto” histórico con el que se nos ha alimentado, puesto que no vimos a Vaslav? (Obsérvese que ello no sucede con los “clásicos” del repertorio: siempre tendremos otros Giselle y Albrecht, otras Odette-Odile…, en perenne renovación.)

Desde luego, se corre el riesgo de ser más que injusto, pero ello no es el tema aquí, sino la capacidad de llamar a una constancia trascendente, que fue el caso en los tiempos de los Ballets Rusos, con intérpretes determinados (sobre todo, sobre todo, Nijinski), pero que, hélas, no lo es más.

Sin embargo, la étoile Jérémie Belingard le insufló a Petrouchka una dimensión melancólica más que conmovedora, y más aún, su “Bailarina”, la también étoile Clairemarie Osta, con quien uno pudo soñar que así fue…

Lo más interesante en el programa (no obstante “L’Après-midi d’un faune”), lo que no era “ballet”, sino “español” estilizado, vía Léonide Massine, con “Le Tricorne”, “El sombrero de tres picos”, música de Manuel de Falla, diseños (tan “pasados de moda” para el día de hoy) de Pablo Picasso.

No es una obra que pueda verse con frecuencia, y aunque se trate de un “perfume” –como, además, el resto del programa-, el atractivo visceral se mantiene. Cierto, es el más simple de todos. Pero, en el elenco que vimos, no se pudo negar ni en un segundo el trabajo concienzudo, que remitía más que deliciosamente a la imagen de Massine como intérprete, del premier danseur Stéphane Phavorin, ni el encanto burbujeante, aun si quizás comedido, de su Molinera, la première danseuse Eve Grinsztajn.

Han pasado ya las conmemoraciones del centenario de los Ballets Rusos. La Ópera de París los ha cerrado (aunque puede que haya todavía una que otra gala) en una de las maneras más brillantes y vivas, por derecho propio.

Pero, ¿es que tienen otro sentido, más allá de lo artístico en sí, de lo “nostálgico”, y de la acaso obligación que se debe como homenaje rendir, que no sea el museístico?

LE SPECTRE DE LA ROSE/ Isabelle Ciaravola and Mathias Heymann.

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