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Ballet de la Ópera de París, ballet Cascanueces

19 enero, 2010
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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“Cascanueces” es un ballet que me aburre, con la excepción, naturalmente, del Grand pas de deux, la Danza de los Copos de Nieve, el Vals de las flores. Desde luego, su supervivencia se debe a la partitura de Chaicovsky, considerada por Balanchine como la obra maestra del compositor, el mismo que ya fustigaba, en el proceso de creación, la inconsistencia del libreto, pese a su fascinación por el tema. Quizás por ello Petipa, fatigado por los ataques de Chaicovsky, cayó enfermo y le encargó a su asistente Lev Ivanov finalizar la obra.

Ciertamente, Petipa se basó en la adaptación de Alexandre Dumas del cuento de E.T.A. Hoffmann, cuyo espíritu con bastante certeza reapareció en el ballet de la mano de la música de Chaicovsky, probablemente más imbuido de “intuición poética”, de una manera similar a cómo habría sido el autor en todo sentido de “El lago de los cisnes”, pero fue aquí Petipa quien así lo entendió…

El estreno en San Petersburgo no tuvo el éxito previsto, los críticos consideraron el argumento “pueril”, y sólo alabaron, curiosamente, la Danza de los Copos de nieve, el Vals de las flores, y el Grand pas de deux…

Rudolf Nureyev, como Chaicovsky, quiso acercarse más a Hoffmann, aún más valedero dadas las obsesiones “psicoanalíticas”, a la hora de “revisitar” muy gentilmente los clásicos, del coreógrafo ruso de origen tártaro. La versión para el Ballet de la Ópera de París firmada por él, data de 1985, y la situó en un ambiente burgués del 1900 (con diseños de Nicholas Georgiadis), contrariamente a algunas otras suyas anteriores que remiten al Directorio como el original de Vsevolojsky.

En todas, Nureyev se inspiró de la versión de 1934 de Vasili Vainonen para el Mariinsky, en la que María no es más bailada por una niña…sino por Galina Ulánova, entonces. En tanto que el príncipe vencedor de las ratas fue ya su partenaire. Lo más significativo chez Nureyev es que Drosselmeier, el príncipe y el “cascanueces” se confunden, interpretados por el mismo bailarín. El despertar del deseo de Clara (es el nombre de la muñeca de María en el cuento de Hoffmann), la “niña”, apunta a su misterioso padrino Drosselmeier. Ni que decir que el Hada Garapiñada ha desaparecido, ya.

Asimismo, son los padres de Clara los que se le presentan en la pesadilla como las ratas monstruosas: tiene miedo que le repriman su deseo. Como son sus hermanos, Luisa y Fritz, los que acometen la danza española, o los padres, nuevamente en su “sueño”, los que interpretan la danza rusa.

Esta metáfora onírica del pasaje ritual de la niñez a la adolescencia es más bien sombría en la versión de Nureyev, siempre con el don inquietante. Pero es por lo mismo la aproximación más profunda a un ballet, que si no fuese por la partitura de Chaicovsky (tan apreciada por Stravinsky, sobre todo la danza china) y esos tres momentos en la coreografía ya señalados, nos resulta insoportable.

La producción del Ballet de la Ópera de París mitiga, en mucho, tal aburrimiento.

Y si no, como se sabe, las habituales complicaciones en la coreografía en las que se refocilaba Nureyev.

Natalia Osipova, artista invitada del Ballet Bolshoi, estrella ya establecida del ballet actual, pese a su juventud y a su aire aún “infantil” –ideal para Clara-, contrastó junto al Drosselmeier/príncipe de Mathias Heymann, una de las étoiles más refinadas y clásicas que posee hoy la Ópera de París (aunque su nominación haya sido relativamente reciente), por la diferencia natural de las escuelas, pese a que la conjunción de la pareja vino de la mano de líneas bastante similares en los adagios, y a que ambos son definitivamente aéreos. Mientras Osipova suele “expandirse” (aunque acusa su propio clasicismo), Heymann se contiene en la pureza de un estilo acendrado y al mismo tiempo pleno de vigor virtuoso, acentuado en los “manèges” y el uso impecable de los pies.

Si bien ya conocíamos a Osipova, y a su natural eje de giro, como si hubiese nacido para dar vueltas, nos esperábamos, no obstante, que este “pájaro extraño” de la danza se revelara en el “Cascanueces” de la Ópera de París acaso, si posible, aún más en su pujanza.

Y aunque ya también conocíamos a Mathias Heymann, la verdadera “revelación” resultó ser él.

Por sus cualidades de comprensión del baile, del estilo y el dominio de su técnica, creo que un camino muy brillante le espera aún.

colaboradores  Ballet de la Ópera de París, ballet Cascanueces
Casse-Noisette. Chorégraphie : Rudolf Noureev. Ballet de l’Opéra national de Paris (c) Julien Benhamou / Opéra national de París

 

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Casse-Noisette. Chorégraphie : Rudolf Noureev. Ballet de l’Opéra national de Paris (c) Julien Benhamou / Opéra national de París

 

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Casse-Noisette. Chorégraphie : Rudolf Noureev. Ballet de l’Opéra national de Paris (c) Julien Benhamou / Opéra national de París
 

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