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Ballet de la Ópera de París: Kaguyahime

8 julio, 2010
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colaboradores  Ballet de la Ópera de París: Kaguyahime

“Kaguyahime”: entre lo indecible y la furia de la creación.

En el principio, fue la música de Maki Ishii (compuesta en 1985), a medio camino entre Occidente y la gran tradición japonesa, sobre “el ancestro de donde proceden todas las palabras”, en la cultura de Japón: la leyenda de Kaguyahime, la “princesa de la luz resplandeciente”, hija de la Luna, que descendió a la tierra en los tiempos inmemoriales, para deslumbrar a todos con su belleza.

Pero ninguno obtendrá su mano, pese a las múltiples pruebas a las que serán sometidos los pretendientes. Ni siquiera el emperador (Mikado), quien desconsolado la verá ascender al astro en una noche de luna llena.

¡Qué mejor “argumento” para un ballet! La sustancia de los mitos y su construcción, bastante similares, o al menos en sus ciertos vasos comunicantes, en casi todas las culturas, son la materia “poética” que mejor convendría a la danza, incluso si como el muy avisado Jiri Kylián, el coreógrafo de “Kaguyahime” (1988, para el Nederlands Dans Theater), ya “presentía”: “la danza y la literatura son expresiones artísticas tan diferentes que es imposible el sustituir la una a la otra”.

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Alice Renavand y Stéphane Phavorin – Kaguyahime, Ballet de l’ Opéra de Paris.
Fotos: Anne Deniau

Por lo cual, sólo el despojar al cuento original de sus elementos más descriptivos, y sobre todo para acercarlo más a una comprensión occidental, podía ser efectivo. Dicho de otra manera, hacerlo más abstracto.

El Ballet de la Ópera de París viene de incorporar a su repertorio el acaso extraordinario “Kaguyahime” de Kylián (en una nueva producción del título), en lo que es sin dudas un “acontecimiento” cultural, por ese llamado tan bien logrado a lo que une, “más allá del bien y el mal” estéticos, a culturas tan alejadas como la occidental y la japonesa.

Lo fundamental es la partitura de Ishii. Quien ya había pensado, hijo del bailarín y coreógrafo Baku Ishii, considerado como uno de los pioneros de la danza moderna en Japón, al componerla en que pudiera ser “danzable”.

Formado con los dodecafónicos en Berlín, Ishii se remonta igualmente a la percusión tradicional japonesa (ahora encarnada por el filosóficamente singular conjunto Kodo, presente en el foso de la orquesta, y en la escena), y a la instrumental de viento, remitente a la música de la corte, denominada “gagaku”, también presente. Más un conjunto de percusión más “occidental” invitado, todo bajo la dirección de Michael de Roo, ya en el origen de esta obra y “cómplice” de su ulterior puesta en danza por Jiri Kylián.

El indicador es la fuerza de los “fortissimos” de la percusión, una experiencia que apunta al entendimiento rítmico de la vida, aunque pueda ser apabullante y hasta insoportable para algunos entre los espectadores. Pero del mismo modo la partitura está punteada por los contrastes, esos donde se busca la expresión más recóndita que se aquieta, a la escucha del “ma”, término intraducible que designa una tensión entre dos momentos musicales, “un silencio que no es verdaderamente un silencio”.

Kylián, seducido por la partitura, y a la propia escucha de todos los contrastes, que no serían sino la voz de un espíritu ni “occidental” ni “japonés”, excele lo mismo en la quietud de los solos apaciguados, plenos de “poesía” (pero especialmente de belleza), en los pas de deux menos contundentes (con la excepción del de Kaguyahime con el emperador), y más que nunca en los “fortissimos” paroxísticos para el conjunto, en completa fusión con la música, con su “lenguaje” de movimiento ya característico, donde no se puede ver el paso del tiempo –ese “implacable” en danza-, a no ser en los abiertos pliés en segunda posición de los instantes más “piano”.

Alice Renavand, “sujet” de la compañía, como esa « princesa de la noche », explota suavemente sus rasgos faciales algo « orientalizantes » y una sensibilidad contemporánea. Entre sus “pretendientes”, a señalar a Stéphane Bullion, Mathias Heymann y Alessio Carbone. El “emperador” de Stéphane Phavorin connotó el cierto aire de misterio e intensidad que suele caracterizar a este bailarín, incluso en un rol que no demanda mucho.

¿Se trata de una “obra maestra” de Kylián? Probablemente. Prefiero no obstante concentrarme en las emociones que suscita, tanto físicas como espirituales –aun si no se es “japonizante”: he aquí quizás el poder de este ballet-, tanto que continúan habitándolo a uno, “removiéndolo” lo mismo en la escala de lo indecible silencioso como en la de la furia del ruido de la creación en una noche de los tiempos, varios días después de haber visto el espectáculo.

¿Se puede pedir más?

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Marie-Agnès Gillot – Kaguyahime, Ballet de l’ Opéra de Paris  Fotos: Anne Deniau

© 2010 Danza Ballet

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