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Ballet Nacional de Cuba

30 abril, 2010
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colaboradores  Ballet Nacional de Cuba

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Un  balance mixto.

Para homenajear a la ex-prima ballerina cubana Alicia Alonso, en su aniversario noventa este año, y directora del Ballet Nacional de Cuba (BNC) desde su fundación en 1948 (entonces, “Ballet Alicia Alonso”), la pequeña localidad de Enghien-les-Bains, en las afueras de París, presentó dos funciones de “Giselle”, en la versión coreográfica de Alonso, a cargo de su compañía.

Por colaboradores  Ballet Nacional de Cuba Isis Wirth (París)

El homenaje más concreto consistió, en la primera representación, el 23 de abril en el Centre des Arts, en una edición, en tres pantallas simultáneas en el vestíbulo del Centre…antes de que comenzara la función, de fotos célebres y fragmentos de filmes de varios de sus roles (entre ellos, el de “Giselle”, fue Alonso una de las más grandes intérpretes del mismo en el pasado siglo), en una realización impecable y de buen gusto.

Aun si la organización que evidenciaba el “management” empresarial de este homenaje fue prístina y eficiente, tanto el escenario del Centre des Arts como el de la función del siguiente día, en el Teatro de Casino (éste, mucho más) fueron pequeños y estrechos. Si uno no conociera esta versión del ballet de Coralli- Perrot- Marius Petipa, hubiese pensado que presenciaba a una “troupe” provinciana o venida a menos. Acrecentado ello por la ausencia de orquesta (pero, ¿dónde iban a situarse los músicos…?), y su sustitución en consecuencia por una grabación que no suele ser de la mejor calidad, asi como por la pobreza que también siempre se le achaca al BNC respecto al vestuario y los decorados.

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Giselle – Ballet Nacional de Cuba – Photo Jacques Moatti


Respecto del baile en sí, y pese a las limitaciones impuestas por el escenario, todavía esta versión es una de las mejores que puedan verse, por su efectividad teatral, y por el cuidado en el estilo denominado “romántico”, especialmente en el segundo acto. Nada que señalarle a esas Willis aún alucinantes, acuciosas en su dominio. Incluso si no habría que “exagerar” la inclinación del torso hacia adelante, reminiscente del corsé usado por las bailarinas románticas.


Más aún, en cuanto “contraste”, es regocijante ver esta versión de Alonso (cuyo origen se sitúa en principio en la “tradición” inglesa recibida de los rusos, recepcionada en el American Ballet Theatre), respecto de la “tradición” ruso-soviética que se enracinó en el entonces “nuevo país” tras 1917, y que hoy se llama tan sólo como “rusa”.

Aunque se habría insistido en subrayar el carácter de “héroe romántico” de Albrecht en la versión cubana, se echaría de menos su complejidad y sus matices, pues en realidad, aunque arrepentido y amoroso, es el “malo de la película”. Éste, parece ser del todo el pobre Hilarión (Ernesto Díaz), quien, “para colmo”, como sabemos, es él que muere a manos de las irredentas Willis, y no el “buenazo” de Albrecht. Si las contradicciones del duque de Silesia, que no es sino una suerte de Don Juan, pudieran más mostrarse, habría más profundidad psicológica.

(No obstante, el programa de la última temporada de “Giselle” en el Ballet de la Ópera de París, al señalar en la cronología de la obra la asunción en 1972 de la versión de Alonso por la compañía parisina, acota: “Hilarión es un héroe positivo que representa al pueblo”.)

También, contrastaron los dos Albrecht de Enghien-les-Bains. El 23, un interior y sentido artista, Javier Torres, no sin revelación de sensibilidad. El 24, un elegante y técnicamente delicioso Elier Bourzac, Albrecht acaso joven, eso sí, pero imponente con sus piernas.

Diferentes, asimismo, las Giselle de Anette Delgado (23) y Viengsay Valdés (24). La primera, esplendente en su técnica clara, es delicada y frágil, pero contenida. La segunda, siempre con la capacidad de asombrar, aunque se conozca, en sus equilibrios sostenidos, sus saltos en punta, y su eje de giro (y lástima que el público no haya sido lo suficientemente “balletómano” para quizás apreciar del todo, digo yo, cómo se sube a la punta tras las piruetas en attitude en la “iniciación” del segundo acto), encarna –casi ella sola-, y bastante aún en la “desencarnada” Giselle, el alma que, como las evanescentes Willis que desaparecen al amanecer, se ha evaporado de esta compañía.

No quiero decir con ello ni que Anette Delgado, ni Javier Torres ni Elier Bourzac no hayan contribuido a ese espíritu, una cierta “mística” que fue el sello del BNC. Tampoco, que la singular Sadaise Arencibia, como Bathilde el primer día, y en tanto una muy poseída (como debe ser) Reina de las Willis, el segundo día, asi como el fino Alejandro Virelles en Wilfried, no hayan hecho lo suyo, con destreza e ímpetu.

Pero donde recae la emoción, incluso si sosegada, el “centro de energía” de la agrupación caribeña, es en Valdés, Giselle conmovedora.

Más afilado este último contraste porque del “ensemble” en general –pese a las figuras citadas, y a que las magníficas y abstractas Willis cubanas no necesitan, en sí mismas, de más expresividad; y pese a algunas excepciones, notorias en el cuerpo de baile- se desprende una ausencia de comunicación artística, que ¿en el pasado? fue una marca del BNC.

¿Y cuándo van a acabar de quitar la capa de tul verde al tutú de las Willis? Será, sí, fantasmagórico y cadavérico, pero conspira contra el carácter eminentemente “blanco” de este ballet romántico.


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Giselle – Ballet Nacional de Cuba – Photo Jacques Moatti

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