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Ballett am Rhein/Martin Schläpfer en París

7 diciembre, 2012
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“Forellenquintett” y “Neither”: contrastes extremos.

Desde el pasado 28 de noviembre y hasta el 5 de diciembre, el Teatro de la Ville de París acogió al Ballett am Rhein, de Alemania, que dirige desde 2009 el suizo Martin Schläpfer, uno de los coreógrafos en punta en Europa en la actualidad.

Schläpfer fue un virtuoso prodigio, con el Ballet de Basilea (Bäsler Ballett) bajo Heinz Spoerli. Luego dirigió durante diez años el Ballet de Mainz, también en Alemania, y mientras tanto creó títulos para el Ballet de Baviera y el Ballet Nacional de Holanda. Entre otros galardones, ha obtenido el premio Benois de la Danse en 2006, y en dos ocasiones, en 2009 y 2012, el premio del teatro alemán Der Faust.

El Ballett am Rhein tiene dos sedes, Düsseldorf y Duisburg. Curiosamente, como el Ballet du Rhin (que es decir en francés Ballett am Rhein, Ballet del Rin): en Estrasburgo y Colmar.

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Neither. Ballett am Rhein/Martin Schläpfer.

Apenas comenzó la primera obra, “Forellenquintett” (el conocido Quinteto de la trucha de Franz Schubert), uno pensó, al ver a esos bailarines eminentemente clásicos (y de un no despreciable alto nivel; todos son solistas por igual), aunque desde luego no se trate de un academicismo per se: ¿qué era lo que estaban haciendo en el Teatro de la Ville de París, templo de la danza contemporánea en Francia y en Europa? Parecían un anacronismo, más aún porque la coreografía  presentaba bastantes signos de lo que suelen denominar como “neoclásico”, queriendo decir con ello que se recurre a pasos del código académico, como –en esta ocasión- diversas extensiones, saltos, batería, giros, tours en l’ air…Todo, sobre una nota brillante, hacia lo virtuoso:¿será porque Schläpfer lo fue y le insufla esto a la compañía o los selecciona (a sus bailarines) ya con esa aptitud? En fin, la barra aquí está bastante alta, la energía desplegada es considerable y uno quisiera ver mucho más del Ballett am Rhein, cuyo repertorio incluye, además, a Balanchine, Robbins, Tudor, Ashton, Cunningham, Kylian…

Para 23 bailarines (señalo a Bogdan Nicula, Marlúcia do Amaral y Chidozie Nzerem), es una obra burbujeante y tan fresca como las aguas de los ríos y lagos donde se encuentran las truchas, y tan saltarina como ésta. No casualmente, las zapatillas de puntas se esconden dentro de unas botas altas de pescador, que durante un momento dominarán la escena desde arriba. El vestuario consiste en “académicos”, los maillots enteros que tanto prefería Merce Cunningham, en colores entre azul y gris acerado, incidiendo así en ese ambiente de “frescura” cristalina que se evoca, como en un bosque profundo y encantado (de esto se trata, en definitiva). Será o no el perfume de los bosques de Viena (por Schubert), o el de “Sueño de una noche de verano” de Shakespeare, que se evoca, pero puede ser también el de la Selva Negra de los cuentos de los hermanos Grimm. Cuando una creación artística acusa tal capacidad evocadora, vasta e incluyente pero constreñida en un punto determinado (en este caso, el “bosque”), es un signo infalible, en su elocuencia, de su poder y de algo más inasible. Lograr esto en la danza es mucho más difícil y raro, especialmente si se trata de una suerte de divertimento (o quizás debido a ello) como éste, lúdico y pleno de humor, con su alegría perpetua (y también con sus pequeñas tragedias, como la del borrachín que cae al piso aunque uno ríe), disfrutable a través de sus tiernos personajes, entre ellos un cisne embrujado que espera romper su sortilegio: no es casualidad que esta referencia a “El lago de los cisnes” aparezca. Bosque lejano, desconocido, lago donde pueden haber truchas, ¿no? Una suerte de divagación “poética”, como la de ese aeda solitario que es uno de los personajes (efímeros, ¡tanta es la velocidad!), la cual sin embargo explica imperceptiblemente por qué, de pronto, puede haber un cierto lazo de unión con “El lago de los cisnes”, intuido por Schläpfer, y este “Forellenquintett” (el mérito es también, o sobre todo, de Schubert; el de Schläpfer, el de haberlo bien podido reflejar por medio de la danza): llaman ambos, en la imaginación, y salvando las más que considerables distancias y diferencias, a un intangible determinado, en tanto ambiente y situación, como ese lago de un más allá al que Siegfried insiste en llegar porque ha visto una bandada de cisnes.

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Forellenquintett. Ballett am Rhein/Martin Schläpfer.

He utilizado la propia referencia para explicar el efecto que produce, ahí donde se asienta la imaginación, el “Forellenquintett” de Schläpfer: “había una vez un bosque poblado por las más amables y encantadoras, aunque también encantadas, criaturas”.  Y cómo éstas saltan, giran, y baten los pies, cuán deliciosamente.

Y, luego, se rompió el sortilegio en que nos había sumido, como si Von Rothbart (continúo con “El lago…”) hubiera efectuado una transformación: “Neither”, que data de 2010, (asi como “Forellenquintett”) es de casi una hora de duración… insoportable. Con el mismo título, es una ópera en un acto de Morton Feldman, para soprano y orquesta, con texto de Samuel Beckett. Esta ópera (sin acción ni tema ni nada que se le parezca) remite a 1977. (Uno piensa en John Cage cuando oye esta música, pero si de danza se trata, ahí había un tal Cunningham…) ¿El texto de Beckett?: 87 palabras que escribió en una carta postal. (Si se pueden entender las 87 palabras.)  

No es es “neither” ni ópera ni ballet. ¿Qué es, aparte del aburrimiento que provoca? ¿Cómo el coreógrafo que literalmente nos encantó, aun si con pasos consabidos, puede presentar una pieza no solamente difícil de clasificar sino de discernir? Ah, sí, la  “inutilidad existencial” del ser humano, y todo un discurso entre literario y filosófico, pero en un tono tan oscuro y tan angustiante… Abismos de determinados escritores (en este caso, Beckett), que ni siquiera una “ópera” como la de Feldman (esas “87 palabras” fueron un pie forzado) puede expresar con sus medios –bastante limitados. ¿Y la danza? Más de lo mismo. Por “profundidad”, hay que entender movimientos espasmódicos o contorsiones. Todo bajo el signo de la fatalidad. Sí, hay momentos de innegable misticismo, aquietados y sobrecogedores. ¿Para qué sirven? ¿Para reconfortar en esta seudo-estética –no es la falta de Schläpfer, sino la de una corriente a la que él se ha sumado- que se pretende “poética” a los espectadores que son más sensibles a un determinado credo, o a removerles las entrañas? El problema es que no remueve las entrañas, pese a los pretendidos comportamientos de “incomprensión”, “desasosiego”, “angustia”, y hasta histeria contenida.

Es una lástima que haya sido insoportable, debido a la belleza instantánea de ciertas construcciones plásticas, especialmente en los dúos (a los que Schläpfer les otorga un toque especial). A notar que, entre tanta confusión, no falta el lenguaje académico (y decididamente Schläpfer ama las extensiones), ni tampoco lo que proviene de un tal William Forsythe. Un eclecticismo en el “estilo” que acaso habría funcionado si el coreógrafo no se hubiese empecinado en esas negras honduras de la mano de la ópera en cuestión.

Lo más significativo es que en “Neither” participan los 48 miembros de la compañía, pero sólo son puestos en valor, como conjunto, al final. El resto es inconexo, y difícil de seguir, desde el punto de vista de la estructura, lo que contrasta – ¡otro contraste más!- con la sólida fluidez de “Forellenquintett”.

Ah, sí, por suerte la atención se dirige a algo más placentero que esa angustia existencial: el diseño de escenografía de rosalie (una artista de Stuttgart solicitada por los coreógrafos en Alemania), un panel cuadriculado irregularmente, que se metamorfosea en colores sutiles e indescriptibles, según las luces de Volker Weinhart.

El vaso comunicante que une al coreógrafo de “Forellenquintett” con el de “Neither” es inexistente –tan extremos son sus contrastes-  y sin embargo es el mismo creador. Que pueda apostar Martin Schläpfer por continuar más bien en la vía de “Forellenquintett”.

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Neither. Ballett am Rhein/Martin Schläpfer.

 ©2012 Danza Ballet

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