Bayerisches Staatsballett: Zugvögel, una metáfora del tiempo


Se comienza con un viaje, guiado, al “bajo mundo” del teatro, a sus entrañas, tipo Orfeo en el infierno. Han “instalado” ahí numerosos esqueletos de pájaros, reminiscentes del célebre filme de Alfred Hitchcock, y a bailarines vestidos en semejanza con las aves, más grandes huevos regados.

El ambiente es escalofriante. ¿Era necesario?

Por  Isis Wirth (Munich)

Sólo si se piensa que esta obra del coreógrafo checo Jiri Kylián, la primera producción que estrena para una compañía que no sea el Nederlands Dans Theater, es también un homenaje al National Theater de Munich, sede del Bayerisches Staatsballett, que festejó con Zugvögel, abriendo la tradicional Ballettwoche de cada año, sus veinte años como agrupación independiente, entonces bajo la dirección de Konstanze Vernon. Dirigida hoy por el checo Ivan Liska, la trouppe bávara, centrada en el repertorio clásico y asimismo cierto “contemporáneo”, es una de las más importantes de Alemania.

Tras ese viaje “iniciático” en el vientre del teatro, se sale a la escena…para ir a ocupar los asientos y ver el ballet en sí, aunque “integrado” con cuatro filmes, que alternan las escenas de baile; esto, de una hora y media de duración: una noche acaso demasiado larga…



Stephanie Hancox and Ché McMahon, photo: Charles Tandy

Kylián ha dicho que este título es su despedida como coreógrafo, aun si hará todavía otro en octubre próximo para el NDT. Luego, nevermore? La obsesión con el tiempo que pasa, y con la muerte, es metaforizada con los pájaros  -su vuelo es, como se sabe, un emblema poético recurrente para “medir el tiempo”- , con el envejecimiento –de su esposa, Sabine Kupferberg, a quien dedica la obra, en tanto actriz de los filmes, de un agradable sabor bergmaniano- , y con el propio National Theater (presente como escenario real de las proyecciones y como maqueta en las partes danzadas) , en tanto expresión de “fábrica de sueños” intemporal. Demasiados conceptos, cuyo nexo que los entrelace pudiera escaparse y hacer incomprensible a lo “simbólico”, si no fuera  porque el “personaje” de Kupferberg es retomado en escena por una “vieja” bailarina –alusión, por demás al NDT III, para bailarines de más de 40 años-, Caroline Geiger, junto a otro “viejo”, Peter Jolesch. Y si no fuera porque la danza en sí es lo dominante, vívida, virtuosa, en ocasiones de una rapidez bien diabólica, que exige mucho de los bailarines (a destacar a Tigran Mikayelyian y Lukas Slavicky, pero en general, a todo el ensemble). La apoteosis se alcanza, al final, con “La Valse” de Ravel, frenética pero coherentemente coreografiada por  Kylián, en una de las mejores asunciones de esta partitura que haya visto. Por demás, la música electrónica de Dirk Haubrich, el compositor “fetiche” de Kylián de los últimos años, ofrece la seguridad expresiva necesaria.

Desde luego, no podía faltar en Kylián esa quizás “parafernalia” del vestuario – de Yoshiki Hishinuma-, no especialmente en el de los diversos “pájaros” (bastante convencionales) como en los cuadrados inflables, superpuestos en altura, que llevan los bailarines sobre la cabeza, en un efecto que, aunque esperado, no deja ser “impactante”.

El estilo de Kylián está casi todo aquí, en los gestos angulares, pero armoniosos, de los brazos, en cierta insistencia en la posición “a lo plié”, pero sobre todo en la cadencia y un “savoir faire” del “enchaînement”, que nunca pierde ni en los tempos lentos ni en los más  endemoniados. Hay lifts vertiginosos y muchas piernas en el aire, mas ello es controlado con una contención exquisita.

Si Zugvögel es el canto de cisne de Kylián, como ha dicho, lamentaremos la pérdida de un coreógrafo que hace bien bailar.



Caroline Geiger and Peter Jolesch, photo: Wilfried Hösl

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