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Danza Ballet

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Carlos Acosta como Espartaco


22 enero, 2008
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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No es ocioso subrayar la carga simbólica. 

El Ballet Bolshoi en París, en la Ópera Garnier, cuyo telón recuerda la fundación de esa institución en 1669 por Luis XIV, el Padre y el Espíritu Santo del ballet. Invitado del Bolshoi, circunstancia excepcional, el cubano Carlos Acosta, ya había sido invitado por el Ballet de la Ópera de París –otra rareza– para bailar en Don Quijote y La Bayadera.

Acosta como Espartaco, en el ballet homónimo. Ya lo había interpretado con el Bolshoi en Moscú y en la temporada londinense de la compañía rusa, algunos meses antes. Desde entonces, los que lo vieron comenzaron a alimentar la leyenda: Acosta en Espartaco supera cualquier imaginación posible, y acaso también cualquier límite teatral.

Espartaco (1968) es otro símbolo, pero del estilo histórico del Bolshoi y de un cierto “realismo socialista” balletístico, desafortunadamente. Todo lo que podemos rechazar de esa estética politizada está ahí. Sin embargo, resultó tan paradigmático que ha trascendido. En una operación alquímica, los “defectos” (lo enfático, lo grandilocuente, la “claridad” apabullante del recuento, la insistencia en el “mensaje”) se convirtieron en “virtudes”, y para nuestro asombro, todavía hoy funcionan como tales, incluso si se trata de un ballet ferozmente comunista. Las fuerzas del “mal” –el “imperialismo” romano– finalmente vencen al esclavo rebelde, pero su ejemplo redentor continuará iluminando a los oprimidos en su eterna lucha contra los opresores.

Sin embargo, el coreógrafo Yuri Grigorovitch –zar del Bolshoi en los “dorados” tiempos soviéticos– logró transformar esta bazofia en una expresión admirable. No sólo porque la obra sea un compendio estilístico, sino porque incluso lo que ha envejecido irremediablemente –sobre todo, los dibujos del cuerpo de baile, los diseños de Simon Virsaladze, para no hablar de la ruidosa partitura de Aram Jachaturian– se transforma en un referente epocal, capaz de trascender lo museístico.

El rol de Espartaco fue creado para Vladimir Vassiliev. Desde entonces, el único bailarín que el Bolshoi ha encontrado para suplir esa interpretación mítica es Carlos Acosta. Se trata de un ballet endemoniado y extenuante a través de sus tres actos, en los que abundan los monólogos del esclavo. Las legendarias dificultades técnicas, caras al sello masculino del Bolshoi, complican además el maratón. Acosta no sólo se las “pasea”, sino que –inevitable en él– las complica aún más. Su escalofriante virtuosismo es, sin embargo, lo más evidente, aun si Carlos Acosta, el bailarín del siglo XXI de la misma manera que Nijinsky lo fue del XX, acusa la capacidad, rarísima, de fundir los despliegues pirotécnicos con la expresión teatral y dramática.

En este Espartaco, probablemente el rol más significativo de la carrera de Acosta, hay algo más inefable: el misterio del teatro. De pronto, la “realidad” teatral desaparece, y uno se olvida de que se está sentado en una butaca, presenciando un espectáculo, por “emocionante” y “mágico” que éste sea. La frontera entre lo racional y lo irracional desaparece. Hay tan sólo una realidad, la de un hombre, de quien ciertamente nos han dicho que se llama Espartaco, pero del que ya no importa siquiera su nombre o su historia.

Es el terreno de la emoción pura, ese inexplicable fenómeno artístico, que sí, pudiera racionalizarse en términos de transmisión de energía entre Acosta y el público, pero, ¿de dónde proviene esta fuerza casi mediúmnica? Dije “de pronto” y casi me arrepiento, ya que tal misterio escaso en el tiempo, se manifiesta durante apenas unos segundos en los que se borra la percepción de las convenciones. Lo más asombroso de este Antonio Maceo es que durante los tres actos, cada vez que está en escena, nos traslada a otra realidad. Y abundan las lágrimas, porque Espartaco sufre, pero también porque en alguna parte del cerebro –esa que curiosamente permanece despierta, como nos enseñó María Callas– se nos avisa de que algo inusitado se ha hecho carne entre nosotros.

El Ballet Bolshoi ha triunfado en París. La compañía que se encargó de engrandecer el arte del ballet visita la cuna de varias tradiciones, y consagra a un cubano, interpretando una obra de la “épica comunista”. La clave de todo esto es una interpretación, la de Carlos Acosta, absolutamente moderna y dotada de un tremendo poder sugestivo y alegórico.

colaboradores  Carlos Acosta como Espartaco
(c) Sébastien Mathié, Ópera de París.

 

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