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Cien años de La muerte del cisne

14 mayo, 2007
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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 Pávlova es un ave. Plisétskaya es un cisne.

La miniatura coreográfica “La muerte del cisne”, símbolo del ballet clásico, nos llega de la mano del “Lago” de Chaikovski-Petipa-Ivanov. Sin éste –sin Chaikovski, el primero que pensó en el asunto–, a Mijail Fokine no se le hubiese ocurrido, inspirado por Anna Pávlova, hacer un ballet de tres minutos, sobre la música del Cisne en el Carnaval de los animales de Camille Saint-Saëns. Lo novedoso entonces (1907) fue no sólo la brevedad, sino que la “trama” habitual se redujera a los últimos instantes de la vida: el Cisne entra en escena para morir. Pávlova hizo el resto. Fue ella quien le pidió a Fokine que le coreografiara un solo para una gala de beneficiencia que tendría lugar en el Teatro del Círculo de la Nobleza de San Petersburgo. Casualmente, Fokine estudiaba por entonces la partitura de Saint-Saëns. Pávlova le presenta una serie de movimientos propios; quiere modificar los port de bras que le propone el coreógrafo. Fokine piensa que el pas de bourré es lo más indicado para indicar cómo el cisne se desliza; los brazos son asunto de la Pávlova: deben expresar resignación, pero también los postreros aleteos de un ser que ha conocido la libertad absoluta. Esta posibilidad de escoger los port de bras diferenciará luego a las sucesivas intérpretes.

Este pasaje metafísico casi imperceptible, esta línea que divide la vida de la muerte, es lo que previó el genio de Fokine. Y Pávlova fue esta blanca agonía, que diría Mallarmé. Pero el “cuello” (lo fundamental en el ballet, como reza un lugar común) fue Maya Plisétskaya. “Tout son col secouera cette blanche agonie”.

Pávlova es un ave. Plisétskaya es un cisne

Las puntas tiemblan, la tristeza vibra. La fluida cabeza se aquieta sobre un hombro que apenas se eleva. ¿Podrá soportar el peso? Devendrá la imagen del crucifijo, pero también la del cisne de Lohengrin. Abatido, muere por exceso de belleza. Las filmaciones que restan de Pávlova no son muy precisas por dos razones. Una, el envejecimiento natural del medio cinematográfico. La segunda, el envejecimiento natural del arte del ballet. No obstante, la Pávlova astral permanece. Cómo se detiene en arabesque; cómo cae finalmente, una pierna extendida, la otra plegada. El último gesto desesperado al que se abandona. Pávlova es la idea, pero atormentada.

Plisétskaya, en cambio, lucha. Es una reina majestuosa. El rol la acompañó desde el principio de su carrera. Cuando ingresó en el Ballet Bolshoi, en 1943, se presentaba con La muerte del cisne en disímiles teatros y clubes de Moscú para redondear su magro salario. Otras veces, al aire libre, o sobre camiones… En Cuba, su Cisne murió tres veces, obligado por los aplausos del público.

Pese a que le debemos el Cisne a la Pávlova, con Plisétskaya éste es apenas una reminiscencia. Tal vez la excepcional plasticidad de Maya (su cuello, pero no menos esos brazos míticos que dominaron el ballet del siglo XX, su perfil de pájaro; la proporción entre la cabeza, el torso y las piernas) facilitó una interpretación más plena. Es la abstracción de las formas: ondulantes, sufridas, figuraciones de alas, amplias o estrechas, son todas irreales. El sistema de líneas que la artista compone es tan complejo que se aleja del cisne en cuestión para convertirse en algo más cercano al símbolo.

Natalia Makárova, proveniente del Ballet Kírov de San Petersburgo, pertenece a otra estirpe. Los sentimientos son más sometidos; el dolor, aquietado. La impresión visual es más neta porque es más “académica”. Makárova insistirá en que aun si el “braceo” es importante, lo decisivo es la espalda: el espectador debe ver cómo “respira”. Fokine le daría la razón. Maya conjugará el valor de la espalda con los brazos.

Un ballet tan simple –tan peligroso–, y con tales credenciales legendarias, ha atraído a muchas bailarinas. Pero en casi todos estos “cisnes” vemos cómo, parafraseando al poeta, su plumaje se encharca en el horror de la tierra.

colaboradores  Cien años de La muerte del cisne
Maya Plisétskaya. “La mort du Cygne”, Mijail Fokine. Música Camille Saint-Saëns.

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