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Don Quijote por el Ballet Bolshoi en la Ópera Garnier


14 mayo, 2011
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colaboradores  Don Quijote por el Ballet Bolshoi en la Ópera Garnier
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Un emblema de la compañía moscovita.

Junto a “Las llamas de París”, ya reseñada en DanzaBallet, el otro programa ofrecido por el Ballet Bolshoi en la Ópera Garnier como invitado del Ballet de la Ópera de París, fue el emblemático “Don Quijote”. Emblemático para la compañía moscovita porque como saben es el único ballet de Marius Petipa que se estrenó primero (1869) en el Bolshoi antes de la versión posterior de San Petersburgo, y luego porque la versión de Alexander Gorsky, originalmente representada en Petersburgo en 1902 (donde el viejo Petipa, caído en desgracia, le decía al régisseur que le dijera a “ese joven -Gorsky- que todavía no estoy muerto”) y cuatro años más tarde en el Bolshoi, encarna el “espíritu” de éste, más “realista”, más “teatral”, menos “aristocrático” que el de su rival Mariinsky.

La actual versión (1999) del Bolshoi, sobre Petipa y Gorsky (más danzas que fueron coreografiadas en 1940 por Kasian Goleizovsky y Rostislav  Zakharov), es de Alexei Fadeyechev.

Aunque sea restallante, vistosa y decididamente teatral -hasta Don Quijote se presenta sobre un caballo en dos ocasiones, por cierto nada macilento el animal como Rocinante-, prefiero la versión de Rudolph Nureyev, pese a los infaltables añadidos que lo caracterizaban (como un pas de deux para Kitri y Basilio en el II acto, o el duelo entre Don Quijote y Camacho, por ejemplo), por ser más “consistente”, digamos. Y sobre todo, porque Nureyev movió  en el argumento original la escena en la taberna de la falsa muerte de Basilio, que le permite casarse con Kitri, desde el II acto (tal y como lo mantiene el Bolshoi) al III acto, lo cual le otorgó más lógica dramática.

Por la otra parte, la “danza gitana” ( Anastasia Meskova) está en el límite de cierta vulgaridad, menos patente ésta, eso sí, en la “danza española” (Ekaterina Barykina, Liudmila Ermakova, Anna Balukova) que no es sino un españolismo de pacotilla. Sin embargo, el magnífico Bolero (estilizado, desde luego) del III acto renueva el espíritu  de ese enamorado del baile hispano que era Marius Petipa.

Dicho esto, el sabor de autenticidad “bolshoiana”, acaso única para el caso, viene de la mano, teatralmente, en los recios y deliciosos personajes de Don Quijote (Alexei Loparevich), el inefable Sancho Panza de Alexander Petukhov, e incluso en Lorenzo (Egor Simachev), el posadero. Muy contadas veces pueden verse en otras producciones de “Don Quijote” a estos roles tan fuertemente diseñados y asumidos en la interpretación con el ímpetu de protagónicos, a lo que se agrega un acusado sentido de la comedia.

Y naturalmente que la gran compañía está aquí, con el cuerpo de baile impecable en la Escena de las dríadas. (Aunque la prefiera asimismo en la coreografía de Nureyev, reminiscente del Mariinsky en definitiva…) Bien por la reina de éstas, Anna Nikulina, incluso si no posee tanta elevación como Ekaterina Shipulina (Kitri-Dulcinea), que en los sauts de chat sucesivos entre ambas se hace ostensible la diferencia.

La “Bailarina callejera” de Anna Okuneva es bella, con dúctiles cambrés. Ahora bien, el “héroe” de la noche, fuera de la “heroína” de la Kitri de Shipulina, fue Andrei Merkuriev como Espada. Con cierto parecido a Alexander Godunov, este bailarín limpio (¿no proviene del Mariinsky?), virtuoso, que recepciona con tanta suavidad sus saltos, posee una intensidad que maneja en crescendo sobre la escena y que conquista desde su primera aparición. Se poseyó con el rol del torero. Uno hubiese deseado verlo como Basilio.

No quiero decir con ello que el Basilio de Alexander Volchkov haya dejado que desear. Fue lo suficientemente correcto, expresivo, y tiene empaque y encanto típicamente rusos. Y aunque la variación (con los sauts de basque) del pas de deux del II acto estuvo bien, inexplicablemente las piruetas à la seconde de la coda no fueron sostenidas.

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Foto © Laurent Philippe, Opéra national de Paris

Con Shipulina uno se aleja de ese fenómeno físico que se llama Natalia Osipova, de quien ya hablamos en la reseña de “Las llamas de París”, y a quien no vimos en esta ocasión en “Don Quijote” pero sí en otras. Bailarina fina, de lindas puntas, acucioso épaulement, característico trabajo del alto del cuerpo que distingue a la escuela rusa, y refinada asunción, es no obstante virtuosa, con altas extensiones, ballon, y sólidos tobillos. No esperemos las “proezas” singulares de una Osipova, pero a Shipulina no le hacen falta para nada. (Por ejemplo, en los fouettés: no intercaló piruetas, a la excepción del cierre, pero fueron muy centrados, casi no se movió.) Picante, seductora, dueña de su juego teatral, fue una Kitri paradigmática de la que costaba esfuerzo apartar los ojos.

Last but not least, señalo a la batuta de Pavel Sorokin (del Teatro Bolshoi) al frente de la Orquesta Colonne.

Y para el Ballet Bolshoi, aunque no tenga nada que “envidiarle” a ninguna otra agrupación de su nivel, presentarse en la Ópera de París continúa siendo un sueño y una suerte de “premio”, porque se trata de la referencia de la danza clásica. Este ambiente de “fiesta” y que los bailarines moscovitas querían dar todo de sí, se percibió tanto en “Las llamas de París” como en “Don Quijote”.

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Foto © Laurent Philippe, Opéra national de Paris

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