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Don Quijote por el Ballet de la Ópera de París

15 diciembre, 2012
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“Don Quijote” de Rudolf Nureyev: Dorothée Gilbert hacia el firmamento y Karl Paquette como héroe.

Paralelamente al programa Forsythe/Brown en el Palais Garnier, desde el pasado 3 de diciembre y hasta el 30 de este mes, el Ballet de la Opéra de París está presentando en la Ópera Bastille “Don Quijote” de Rudolf Nureyev, desde el pasado 16 de noviembre y hasta el 30 de diciembre, también.

Ví la función del 12 de diciembre, con los étoiles Dorothée Gilbert y Karl Paquette en los protagónicos de Kitri y Basilio, más la “sujet” (solista) Héloise Bourdon como la reina de las dríadas, en sustitución de la étoile Marie-Agnès Gillot (quien baila indistintamente “Woundworks 1” y “Pas./Parts” de William Forsythe en Garnier.)

colaboradores  Don Quijote por el Ballet de la Ópera de París
Ludmila Pagliero, Kitri, en la escena de las dríadas ©Julien Benhamou/Opéra national de Paris

De entrada, hay que señalar que Karl Paquette es el cierto héroe de estos “Don Quijote”: baila al menos 10 de los Basilios de las 25 funciones. Esta suerte de “superman” rubio, también suele estar disponible cuando alguien se lesiona. Creo, según la proyección de su personalidad en escena, y especialmente en este Basilio, se debe a que nada le hace más feliz que bailar, agregándole a esta alegría, coraje, voluntad y sentido de la responsabilidad.

“Don Quijote” fue el tercer título del repertorio de Marius Petipa que Nureyev montó en Occidente. Ocurrió en 1966 para el Ballet de la Ópera de Viena, teniendo en cuenta además, desde luego, la versión de Alexander Gorski. Un poco más tarde, en 1970, le transmitió esta versión al Ballet de Australia; el año siguiente, a la Ópera de Marsella. (Y a no olvidar el filme de 1972 con el Ballet de Australia, dirigido por el propio Nureyev; nunca estuvo lejos del cine.) En 1981, respondiendo a la invitación de Rosella Hightower, entonces directora de la danza en la Ópera de París, montó la última versión de su “Don Quijote”, siguiendo nuevamente la versión del Kírov, que él había bailado en Leningrado junto a Ninel Kourgapkina.

(Los diseños de escenografía y vestuario de la actual versión en la Ópera de París remiten a 2002, inspirados ambos en la pintura de Francisco de Goya. Alexandre Beliaev firmó la escenografía, y Elena Rivkina el vestuario. La paleta, centrada en los rojos, el ocre, los suaves amarillos, o el oro viejo, contrasta con algunos verdes. La escenografía es casi “realista”. El resultado visual, en general, impacta agradablemente por su calidez.)

Notablemente, Nureyev convierte al escudero de Sancho Panza en un monje que roba pescados y le levanta las faldas a las muchachas. E introdujo el espíritu de la Commedia dell’ Arte: Don Quijote es como Pantaleón; Kitri, Colombina; y Basilio, Arlequín.

El sentido de la comedia es agudo, casi exacerbado, en contraste con la seriedad ideal que Nureyev tuvo a bien subrayar en la escena de las dríadas del segundo acto, incólume según la tradición del Kírov.

Lo más significativo es que Nureyev agregó en el segundo acto, cuando los “exiliados” Kitri y Basilio arriban cerca de un molino de viento iluminado por la luna, un pas de deux para ellos de su creación, tomando en préstamo música del primer acto de “La Bayadera”. Y en el teatro de marionetas donde los gitanos, unos niños remplazan las marionetas previstas por Petipa.

Aunque “Don Quijote” no es la versión de Nureyev de un clásico que prefiero (pienso en “El lago de los cisnes”, “Raymonda”, “La bella durmiente”), desde el punto de vista teatral –y de la comedia- es (todavía) la que más disfruto, respecto de otras versiones de “Don Q.”. Con la excepción de Gamache-Camacho (excelente, por otra parte, Éric Monin), que demasiado me recuerda al Alain de “La fille mal gardée” de Frederick Ashton…

Aprovecho para señalar las adecuadas asunciones de Guillaume Charlot como el Caballero de la Triste Figura; el irresistible Sancho Panza de Hugo Vigliotti (en la Ópera de París la escena del pelele no usa un muñeco para sustituir al escudero, sino que lo hacen saltar tal cual, ¡y cómo!); y Alexis Saramite como Lorenzo, el padre de Kitri.

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Héloise Bourdon y Laura Hecquet, las dos amigas de Kitri ©Julien Benhamou/Opéra national de Paris

La Kitri de Dorothée Gilbert es superlativa. Esta virtuosa, con gusto acendrado por los giros múltiples, se desplaza notablemente en los saltos, abarcando el escenario (no olvidar que se trata de la Ópera Bastille, o el “aeropuerto”). Tiene arrojo, y una proyección neta y pujante. Diagonal de giros veloz, asi como los piqués o los saltos en punta en la escena de las dríadas. El pas de deux del tercer acto fue irreprochable; “last but not least”, los varios dobles intercalados en los fouettés. Lo único que desentonó fue que trató de “apresar” un equilibrio, y no lo logró después de los consabidos titubeos. Luego obtuvo un equilibrio, pero las bailarinas debieran renunciar a estos intentos de “agarrarse” a un “balance” que se les escapa.

Dorothée Gilbert fue deliciosa como la muchacha enamorada y traviesa del primer acto, una Kitri resplandeciente. (Aunque no fue solamente ella, sino también las otras intérpretes, apunto el efecto de cómo se oyen los abanicazos.) En la escena de las dríadas del segundo acto, se transfiguró, poseída, lejana, lánguida, inmaterial, plenamente romántica. Un contraste que, si bien presente en la coreografía, ella acentuó por el gusto de expresar matices y tonalidades amplias y diferentes, recursos de los que dispone.) En el tercer acto, es de nuevo la explosión, como en el primer acto, pero ahora con la prestancia del amor por Basilio que se asegura con la boda. La estrella de la danseuse “étoile” Dorothée Gilbert se dirige hacia el firmamento.

Una buena parte de esta sustancia la comparte en fusión con Karl Paquette. La pareja es elocuente. Él es solar, afirmativo, dotado para hacer reír (como en la escena que finge matarse), pero sobre todo para encantar. Un Basilio que hace soñar. (Recuerdo que este personaje no se puede desdeñar; no es tan simple como le podría parecer a varios bailarines.) Buen partenaire, la alquimia entre ambos trasciende. Tanto se disfrutan entre ellos, que transmiten esta alegría que nos catapulta.

No es Paquette, sin embargo, un virtuoso que encandile, pero ahí estuvieron sus amplios manèges, su precisión, su limpieza, las altas pirouettes à la seconde. Es un bailarín “claro”, de esos que uno “ve” lo que hacen.

El resto de los solistas acusó una calidad sostenida: un Espada de Christophe Duquenne, idóneo con su empaque y cómo maneja la capa; la Bailarina callejera (“Mercedes”) de Laura Hecquet; y las Dos amigas (“Juanita” y “Piquilla”) de Kitri, Sarah Kora Dayanova y Marie- Solène Boulet.

Héloise Bourdon brilló como la reina de las dríadas: se impuso, deslumbrante, con la conocida variación. (Variación que es una de las quintaesencias de Petipa; los coreógrafos, incluso o sobre todo Petipa, casi siempre hacen más o menos lo mismo…)

Kevin Rhodes, conduciendo la Orquesta de la Ópera nacional de París, obtuvo lo mejor de la partitura de Ludwig Minkus (un compositor que, contrariamente al tópico, no debe ser despreciado), con sonidos plenos y acariciantes, y con esa pasión atentiva por los bailarines.

En el próximo año, 2013, que se cumplen 20 años de la muerte de Rudolf Nureyev, el Ballet de la Ópera de París le rendirá un homenaje. Pero aún no ha sido revelado el programa. Mientras tanto, este “Don Quijote” suyo, incluso si puede ser “desempolvado” (casi todas las versiones y coreografías lo necesitan), hace el camino hasta allá. Donde Nureyev permanece, es en el Ballet de la Ópera de París.

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Karl Paquette, Basilio ©Julien Benhamou/Opéra national de Paris

 ©2012 Danza Ballet

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