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Danza Ballet

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El Ballet de Vladimir Malakhov



8 junio, 2007
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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“Mi ideal es María Callas” Vladimir Malakhov 

En 1992 se unió al Ballet de la Ópera de Viena. Más tarde, al American Ballet Theatre, donde actualmente es “Principal Guest Artist”, y en esta temporada que acaba de comenzar en el Metropolitan Opera House de Nueva York estaba anunciado como invitado, pero el 21 de mayo tuvieron que operarlo de la rodilla y debió cancelar todas las funciones.

También, el National Ballet of Canada y el Stuttgarter Ballet lo tienen como invitado de lujo.

Fue considerado uno de los más grandes bailarines de las últimas décadas. En 2004 lo nombraron director del Staatsballett Berlin y en junio se presenta como invitado en la temporada del ABT en el Met de Nueva York. Detrás de los cristales se veía caer la lluvia sobre las calles de Berlín. En la sede del Staatsballett Berlin, a un costado de la Staatsoper Unter den Linden, Vladimir Malakhov aún no había terminado su ensayo con Nadia Saidakova. En los salones de la compañía, tan cálidos y luminosos, el mundo parecía otro.

colaboradores bailarines de ballet  El Ballet de Vladimir Malakhov

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Considerado uno de los más grandes bailarines de las últimas décadas, Malakhov nació en Ucrania pero estudió en la escuela del Bolshoi en Moscú. En 1992 se unió al Ballet de la Ópera de Viena. Más tarde, al American Ballet Theatre, donde actualmente es “Principal Guest Artist”, y en esta temporada que acaba de comenzar en el Metropolitan Opera House de Nueva York estaba anunciado como invitado, pero el 21 de mayo tuvieron que operarlo de la rodilla y debió cancelar todas las funciones. También, el National Ballet of Canada y el Stuttgarter Ballet lo tienen como invitado de lujo.

Y así como ha trabajado con varias compañías, así fue acumulando premios. Los fundamentales para la carrera de cualquier bailarín: el Grand Prize, en el nivel Junior, en el Concurso Internacional de Ballet de Varna, 1986; medalla de oro, nivel Senior, y el premio Serge Lifar, en el Concurso Internacional de Ballet de Moscú, 1989; medalla de bronce, nivel Senior, en el Concurso Internacional de Ballet de Jackson, 1990.

La revista japonesa Dance Magazine lo nombró “Mejor bailarín del mundo”, durante tres años consecutivos, desde 1992 a 1994. La televisión rusa le dedicó el film “¡Bravo, Malakhov!”. Otros films sobre él: “Narcisse, the dancer Malakhov” and “The True Prince”, y en Estados Unidos, “Dance in America” lo incluyó en el cuarteto de integrado por Ángel Corella, José Manuel Carreño y Ethan Stiefel en el film “Born to be wild”.

En 2002 fue nombrado director del Staatsballet Unter den Linden en Berlín, y en 2004, director del Staatsballett Berlin, la flamante compañía que reunió la de Unter den Linden, la de la Deutschen Oper y la de la Komische Oper. Malakhov hace que el nivel técnico de la compañía se eleve día a día, y hoy, es una de las mejores de Europa, acaso la mejor de Alemania. Con la misma ligereza con que salta, finaliza el ensayo. Mientras, afuera sigue la lluvia copiosa pero lánguida. “He transpirado bastante”, comenta a modo de disculpa. Sin embargo, las huellas del trabajo duro en él parecen imperceptibles. Bebe algo de agua. Es tan diáfano como su piel.

Malakhov comenzó muy temprano a aprender danza, a los cuatro años. “Es lo usual en los niños que quieren moverse, bailar. Saltar alrededor del árbol de Navidad, inscribirse en cada curso que enseñe algo de baile”. Sin embargo, la verdadera enseñanza profesional la comenzó a los diez años, en la escuela del Bolshoi. En el Metropolitan Opera House de Nueva York, tendrá como partenaire a Diana Vishneva, en La bella durmiente y en Manón.

¿Y cómo decidió ser bailarín?
Vladimir Malakhov: Que yo fuese un bailarín de ballet, era el sueño de mi mamá. Pero ella no me empujó, yo lo quería y trataba entonces de aprender cualquier cosa en la danza. El día de la audición para la escuela del Bolshoi, nos presentamos 350 niños. Sólo escogieron unos 10 u 11. Y yo estaba entre ellos. Luego, cuando terminé la escuela, no me escogieron para integrar la compañía del Bolshoi. Sucedió porque era mejor así…”

Mejor para la danza… ¿Y cómo se le despertó la vocación?
VM: Todo está escrito allá arriba (mira hacia arriba con una mirada casi cómplice). Si quisiéramos cambiar esto, el destino, no sería posible. “Ellos” nos guían (y vuelve a poner sus ojos azules en un punto fijo que no tiene límites). ¿Deciden por nosotros? Sí. No sé…El sentimiento, el impulso, lo que decide, viene de ese “arriba”. Todo proviene de ahí.

¿Cómo fue su relación con sus primeros maestros?
VM: Me sentí muy feliz con mi maestro, Piotr Pestov. Durante los años de aprendizaje, fue mi tutor, lo cual es raro y al mismo tiempo una bendición, porque sabido es que otros profesores tienen otros puntos de vista. Con Pestov, los resultados podían ser alcanzados.

¿Tenía algún ideal de bailarín entonces?
VM: No tuve ideal alguno. Nuestro maestro nos llevaba a los museos, nos enseñaba morfología y otras materias; nos hacía amar la ópera, nos leía poemas. Saltábamos y saltábamos, y de pronto nos decía: “Bien, suficiente: ahora, escuchen esta poesía”. Mi ideal es María Callas. La gente, sorprendida, considera que esto es muy extraño. O sea, que mi ideal no fue ni Nureyev, ni Baryshnikov… A mí me gustaría bailar como ella canta. Lo sacrificó todo por el arte”.

Coincido con eso. Y así como la Callas marcó un hito, ¿de qué manera, a su criterio, la danza masculina ha estado dominando el ballet en las últimas décadas, a lo que usted ha contribuido particularmente?
VM: Depende de la época. Siempre ha sido diferente. Incluso, en los últimos 20 años. Podría ser porque las nuevas estrellas todavía no están aquí…Son como olas, arriba y abajo. Todo el mundo está a la espera de lo que va a venir. ¿Quiénes son los nuevos? José (José Manuel Carreño) y yo estamos todavía ‘luchando’. ¡Bienvenido al club de los “viejos”!, podremos decir en unos años, pero aún no. Desde luego, siento que el cuerpo no es el mismo que el de 10 años atrás. Pero es la compañía la que me permite continuar, la que me energiza, que hace que no me detenga, y que insista en la “lucha”. Empujar, empujar, empujar…

Pero más allá de las referencias que hace con respecto a su edad, el “ballon” todavía está ahí…
VM: Sí. Es que primero que todo, me gusta bailar. Cuando estoy en escena, olvido todo. Cualquier cosa que no vaya bien en la casa, por ejemplo. No es que tenga problemas en casa, pero si acaso olvidé apagar la calefacción, o si el perro no está bien… ¡Todo desaparece!

María Callas decía que su magia interpretativa consistía en que la conciencia se ausentaba por completo. La primera vez que lo vi bailar fue en Viena, en 1995, en “El lago de los cisnes”. Hasta el día de hoy, cierro los ojos, lo veo.
VM: ¡En Viena! Entonces fue la versión de Nureyev. ¡Oh, millones, millones de pasos! Él quería hacerlo todo complicado. En “La bella durmiente” hay una variación de ¡once minutos! Nureyev era un obsesionado con el trabajo. Lo cual está muy bien, por supuesto. Pero él traducía “trabajo, trabajo, trabajo” en “vamos por más, vamos por más, vamos por más”.

Entre los coreógrafos con los que ha trabajado, ¿con cuál se identifica más?
VM: He trabajado con tantos coreógrafos…No con Cranko ni con MacMillan, porque ya habían muerto, lamentablemente. Pero, con Uwe Scholz, Forsythe, Patrice Bart, Sasha Waltz, Kylian… Pienso que no es el nombre, ni la cantidad. Desde luego, Scholz, Nacho Duato, Sasha Waltz han creado especialmente para mí. ¡A mí me gusta todo! Soy una persona muy positiva y abierta. Si hay que cantar, hablar, ¡hagámoslo! Lo he pasado maravilloso. Uno tiene que experimentar. Pero soy, naturalmente, un bailarín clásico.

Es también un coreógrafo de éxito. ¿Cuál es su acercamiento a los clásicos, a la tradición?
VM: No puedo decir que sea un coreógrafo. Sí, he hecho “Un baile de máscaras”, sobre la música de Verdi, y “Cinderella”. Y versiones de “La bella durmiente” y “La bayadera”. Pero se trata de versiones. ¿Por qué no tratar? Puedo decir que trato de hacerlas. En este sentido, lo que me propongo es hacer que el público regrese a verlas. Por ello, hay que editar, cortar, sintetizar. Porque tanto el público como los bailarines, ¡ambos!, tienen que disfrutar, viendo y bailando. Los clásicos no pueden hoy día ser tan largos. Hay que gozarlos.

¿Cómo ve su rol de director de una compañía? ¿Cuáles fueron los retos que encontró cuando se hizo cargo y cuáles son sus objetivos ahora?
VM: Cuando llegué a Berlín, la compañía entonces era una; luego, en 2004, vino la unificación de las tres existentes en Berlín. Pensé: ¿por qué no tratar algo nuevo? En un momento determinado, me sumergí de lleno en la faena, y ahora no puedo detenerme. Creo que puedo lograrlo; o sea, el trabajo como ‘Intendant’: el buró, las reuniones, la dirección. Quiero llevar al Staatsballett Berlin a un nivel internacional, y mostrarlo en todo el mundo. Ya hemos efectuado tournées en España, Suiza, Japón. Y quiero traer coreógrafos. El problema es que tenemos muchas funciones. ¡Si cierran la Ópera por trabajos de renovación, entonces viajaremos más! Nuestra agenda es muy intensa, llena completamente. Por primera vez desde hace cinco años que estoy en Berlín, ¡hay tres días libres! a partir del 26 de diciembre próximo. Ya los bailarines han reservado los pasajes para visitar sus países de origen. Recuerdo que el 31 de diciembre de 2005, había bailado dos veces durante el día: una el príncipe, y la otra, Carabosse, en “La bella durmiente”. Llegué a casa a las 11.50 p.m. Suerte que había preparado todo con anterioridad. ¡A las doce de la noche, tomé el champagne, brindé por el nuevo año, y me fui a dormir!

Usted es famoso por su maravilloso salto. Y no quisiera preguntarle el “secreto” porque no tiene sentido. Usted salta como un…
VM: ¡Gato! (susurra ahora). Fue mi maestro quien me dijo: “Tienes que ver a los gatos cómo saltan, cómo aterrizan sin que se los oiga”. Es muy difícil, le puedo decir que es endiabladamente difícil.

Staatsballett Berlin, De ninfas y pastores

Si bien la coreografía de “Sylvia” de Frederick Ashton en 1952 para el Royal Ballet, fue la que más popularizó la obra que Léo Delibes había compuesto para la Ópera de París en 1876, ello no significa que, aún así, la “Sylvia” de Ashton esté exenta de problemas. El primero, que ya en 1876 era un volver atrás a los temas mitológicos que el ballet del siglo XIX había desechado.

Lo que ha continuado atrayendo en el título –como a George Balanchine– es la delicada partitura, la cual hizo sentir “avergonzado” a Tchaikovsky cuando la escuchó en 1877: “Si la hubiese conocido antes, no hubiese escrito ‘El lago de los cisnes’ “, confesó. De su parte, Ashton contaba que en sueños, Delibes le pidió devolver su “Sylvia” a la vida. Al día siguiente, comenzó a ordenar los pasos.

Un argumento pastoral, extraído de “Aminta” (1573) de Torquato Tasso, que Ashton intentó simplificar en la frase: “Un muchacho que ama a una muchacha, la muchacha es capturada por un malvado, la muchacha es devuelta al muchacho por un dios”. Aún con esta simplificación en espíritu, hubiese sido necesario tan sólo subrayar la música y la danza –donde radica la excelencia de la creación de Ashton. Su debilidad apunta a que hay todavía demasiados faunos, dríadas, náyades y compañía, sin contar la incursión en el tercer acto de esta Arcadia idílica de los dioses Ceres, Perséfone, Apolo.

Ashton redujo en 1967 los tres actos a uno, y antes de su muerte en 1988 pensaba en una nueva versión. En 2004, Christopher Newton, que había trabajado con el coreógrafo, puso en escena para el Royal Ballet la producción original, que en 2005 asumió el American Ballet Theatre y ahora el Staatsballett Berlin que dirige Vladimir Malakhov.

Ashton inteligentemente optó por un refinado “pastiche”. La calidad del movimiento no choca en tanto “moderna”, pero tampoco por ser “démodé”. Amoroso conocedor del vocabulario clásico, lo iluminó escrupulosamente en un estilo distintivo –un cierto epítome de lo “inglés” en el ballet–, al que todos los bailarines de la compañía berlinesa respondieron con justeza. El típico trabajo de pies de Ashton, rápido y neto, no faltó en esta comprensión. Demostradas las credenciales versátiles del conjunto. Cada vez más acendradamente clásicos, los de Berlín acometieron “Sylvia” con una holgura y seguridad reservada a los grandes.

Acaso sí faltó la facilidad para pasar sin apuros entre un distanciamiento respecto de esta historia arcaica y la entrega que por el contrario la haga creíble hoy día.

El pastor Aminta (Vladimir Malakhov) que ama a Sylvia (Polina Semionova), ninfa consagrada a Diana, quien lo hiere mortalmente con su flecha, para ser a su vez herida de amor por la flecha de Eros (Rainer Krenstetter). El malvado Orión (Ibrahim Önal), deseoso de Sylvia, la rapta. Gracias a Eros, Aminta se salva, reencuentra a su ninfa y Diana finalmente les permite su amor. Como vemos, no hay mucha urgencia dramática… Por ello es inusual que el Aminta de Malakhov conmoviera tranquilamente debido a los matices que le supo insuflar. ¡A este rol, sin conflictos! Les otorga a sus saltos y a sus piruetas una cualidad fantástica, lo mismo que a su fraseo.

El rol de Sylvia fue creado para Margot Fonteyn. Semionova posee en consonancia esa claridad de sentimientos, autoridad y dulzura; es celestial y serena. Su entendimiento de la línea es instintivo. De tipo lírico, su variación del tercer acto fue un derroche de musicalidad. El adagio, un raro momento. Malakhov y Semionova son una pareja más ideal que esta Arcadia trasuntada.

Asimismo pujantes, el Orión de Önal y el Eros de Krenstetter. Mas “Sylvia” no sería plena sin la importancia que Ashton le concedía al cuerpo de ballet. Aquí se revela la fuerza de los berlineses. Técnica encomiable y pareja, bien acoplada y dispuesta. © 2007 Danza Ballet.

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Vladimir Malakhov
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