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El Ballet en Cuba – I Parte



11 junio, 2007
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Célida Villalón
Nacionalidad: Cubana Ocupación: Crítica de ballet. Se radicó en Nueva York desde 1959 y escribe en en diversos medios. Uno de sus trabajos se publicó en la International Encyclopedia of Dance (Oxford University Press, New York, 1996). Ver más información

 

NOTAS PARA UNA HISTORIA (QUE HA SIDO VARIAS VECES ALTERADA).

“Cuando una mentira se repite varias veces, ésta se vuelve verdad”, asevera un dicho popular que todos conocemos.

 
El Ballet en Cuba – II Parte
 
El Ballet en Cuba – III Parte

Pro-Arte Musical y su Divulgación de Cultura en Cuba
 
 
En los últimos 48 años, muchas voces dentro de Cuba se han encargado de contar el pasado, específicamente sobre el desarrollo del ballet en nuestra querida patria, como a cada cual le ha convenido, omitiendo hechos que terminan desapareciendo de la verdadera historia por completo.  Esperamos que este recuento resucite las omisiones, y que éstas queden restituidas para siempre, ocupando  el lugar que legítimamente les pertenece en la historia.

La isla de Cuba es conocida, entre otras muchas características, por  el caudal de música surgido de su ambiente, peculiaridad que hace moverse a los insulares con un cierto ritmo muy personal, especialmente en el escenario. En materia de baile típico formal, no obstante, lo primero que se conoció en la isla ─ya en el Siglo XVIII─ fue la contradanza, proveniente de la «Country Dance» inglesa.  Después de adornarse con galas palaciegas en las cortes de Francia y España, la contradanza llegó a las Antillas y pronto se cubanizó: En compás de 6 x 8 engendraría más tarde la clave, la criolla y la guajira, y en 2 x 4, la danza, la habanera y el danzón.

En referencia específica al ballet, arte que proviene de una civilización  muy refinada, los historiadores locales citan varios nombres,  comenzando en 1803 y  extendiéndose hasta 1816, cuando hay noticias de la presentación en La Habana del ballet completo  «La Fille Mal Gardée», de Jean Dauverbal, con música de Hertel, que data de 1786.

Otros artistas continuaron apareciendo en el firmamento de la danza durante el siglo XIX, tales como los hermanos Ravel, Henrietta Javelli-Wells, Henri Wells, Adele Lehmann, y Mlle. Augusta (Caroline Augusta Fuchs, Condesa de St. James) . Esta última protagonizaría la primera versión completa de «Giselle», vista en Cuba por vez primera  en 1849.  Pero  la más notable entre todos los visitantes de esa época, sería sin duda alguna Fanny Elssler, una de las  luminarias de la era romántica, quien consecutivamente en 1841 y 1842, viajaría a la isla para deslumbrar al público de La Habana y Matanzas con su actuación. El triunfo mayor de la Elssler en Cuba resultaría ser, sin duda alguna,  «el zapateo», o  «buscapiés del país», que aprendió de un campesino del interior, llamado localmente  «guajiro».

El ballet no vuelve a tener resonancia en Cuba hasta 1903, cuando un conjunto compuesto totalmente por mujeres, presenta en el antiguo teatro Albisu, una versión de «Coppelia», de Delibes. Años más tarde, en 1915, la gran Anna Pávlova llega a La Habana, arrebatando al público con  «La Muerte del Cisne», que se convertiría en su tarjeta de presentación. Pávlova regresó a la isla dos veces más, en 1917 y 1918, acompañada nuevamente de su conjunto, para unirse a la temporada de ópera que regularmente ofrecía el empresario Bracale en el teatro Nacional (así llamado el antiguo teatro Tacón de La Habana, a partir de la instauración de la República, en 1902).

En los años siguientes, la danza clásica parecía solo ser practicada por aficionados, hasta que la Sociedad Pro-Arte Musical de La Habana,  pionera de las instituciones musicales de la isla ─ fundada por la ilustre dama María Teresa García Montes de Giberga, en 1918─, inaugura la primera escuela de baile de su clase en la isla, en agosto de 1931. Pro-Arte ─ como era conocida la organización dentro y fuera del país─, inició sus actividades  para darle continuidad a la vida artística cubana, que hasta entonces parecía existír en presentaciones  esporádicas de artistas y músicos selectos. Con la construcción de su propio teatro en 1928,  llamado Teatro Auditórium, la entidad, guiada por una directiva compuesta totalmente por mujeres, realizaría su mayor ambición: presentar en Cuba los mejores instrumentalistas, cantantes y bailarines del mundo, en temporadas de conciertos para sus asociados (que pagaban una reducida  cuota mensual), continuadas  ininterrumpidamente en dicho teatro hasta enero de 1961.

Al crear Pro-Arte una escuela de baile de importancia unánimemente reconocida, no sólo estaba introduciendo un arte relativamente nuevo para la cultura insular, sino que también ─y esto era lo primordial─ iniciaba la afición por el ballet clásico. La escuela estaba destinada a ser, indudablemente, la fragua en que se formaría más de una generación de bailarines y profesores cubanos.

El profesor ruso Nicolai Yavorsky, que llegó a La Habana como parte del personal artístico de la Ópera Privé de Paris, presentada por Pro-Arte a sus asociados en 1930,  fue nombrado director de la escuela,  y en diciembre de  1931, ofreció la primera función con sus alumnas, que iniciaría una tradición no interrumpida hasta 1961. En aquella lejana presentación tomaría parte la pequeña Alicia Martínez del Hoyo, hoy conocida mundialmente como Alicia Alonso.

En 1933 apareció entre el vasto alumnado femenino de la escuela, el primer estudiante varón: Alberto Alonso Rayneri, quien dos años más tarde sería invitado por el Coronel Vassili De Basil, junto a otra alumna, Delfina Pérez Gurri, a unirse al elenco del Ballet Russe de Montecarlo, en París.  Delfina proseguiría por otra senda artística, mientras Alberto permaneció con la compañía (conocida más tarde como Original Ballet Russe de De Basil) hasta 1941, llegando a ser un destacado bailarín de carácter.

En 1936, otra figura masculina surgiría en la escuela: Fernando Alonso Rayneri, quien siguió los pasos de su hermano menor, y debutó como bailarín ese mismo año, junto a Alicia. En 1937, Fernando cambió rápidamente el curso de sus intereses, mientras Alicia protagonizaba la versión completa de «El Lago de los Cisnes», con coreografía de Yavorsky. Esta sería la última aparición de la Alonso como alumna, ya que poco después partiría hacia Nueva York, en donde contraería matrimonio con Fernando. (Para evitar confusiones, llamaremos a los tres Alonso en este escrito por sus primeros nombres).

En 1938, Yavorsky cesó como director de la escuela, y en su lugar fue nombrado el maestro  búlgaro, Georges Milenoff, posición que ocupó hasta 1941. No obstante, en 1940, Milenoff montó una obra con música del compositor cubano Eduardo Sánchez de Fuentes, titulada «Dioné». Alicia y Fernando regresaron de EE.UU. donde trabajaban con el Ballet Caravan, para interpretar los roles principales. Aunque «Dioné». fue escenificada con elementos totalmente cubanos, no puede llamarse al intento el primer ballet cubano, por ser de estilo clásico, y la historia un cuento de hadas. Milenoff abandonó su posición poco después.

Con motivo de la conflagración que azotaba al mundo en 1941, Alberto regresó a su patria con su primera esposa, la bailarina canadiense Patricia Dense Meyers, conocida dentro del Ballet Russe como Alexandra Denisova, danzarina de gran elegancia y notable expresividad escénica. En el otoño de ese mismo año, la pareja se puso al frente de la escuela de Pro-Arte.

También por esa época habían retornado a Cuba, Alicia y Fernando, ya entonces miembros del (American) Ballet Theatre (ABT) de Nueva  York, obligados por trastornos en la vista que  Alicia había comenzado a padecer. Alicia sufrió dos operaciones de desprendimiento de retina en Nueva York, a manos del afamado oftalmólogo español, Dr. José R. Castroviejo. En Cuba fue sometida a otras dos cirugías  más, por el Dr. Gustavo Alamilla, quien prescribió un descanso total en cama que duraría aproximadamente tres meses. Ya en 1942, recuperada, bailaba “Las Sílfides” de Fokine/Chopin, en el Auditórium, junto a Denisova y Fernando. 

La intensa labor de Alberto y Denisova en la escuela de Pro-Arte dio inicio a lo que un periodista llamó «la época de oro del ballet en Cuba (republicana)». Un amplio salón de clases fue instalado en la casona colonial que la organización había adquirido anexa al teatro, y la matrícula, incluyendo varones,  comenzó a escalar.

 
colaboradores  El Ballet en Cuba   I Parte

Folleto de la Escuela de Pro-Arte, con el nuevo currículo para el curso 1941-1942

En el palco escénico del Auditórium, la organización no sólo presentó infinidad de obras con los alumnos de la escuela, sino que en distintas temporadas, se unían a ellos, además de Denisova, Alicia, y los hermanos Alonso, otras estrellas de la talla, como John Kriza y Maria Karnilova (1944), Rosella Hightower, Alpheus Koon y Simon Semenoff (1945), André Eglevsky, Marjorie Tallchief, Barbara Fallis, Fernand Nault, Robert de Voye, Kenneth Davis, Stanley Herbertt y Roy Tobias (1946), Igor Youskevitch (1947), Alicia Markova y  Michael Maule (1958).

 

 

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