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El gran amor de Mr. B (Georges Balanchine)

17 junio, 2007
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Georges Balanchine y su desmesurado amor por Suzanne Farrell. La influencia de esta relación en el New York City Ballet, el casamiento de Farrell con Paul Mejía y las pasiones dentro y fuera de la escena.

En 1968, los neoyorquinos veían frecuentemente a Georges Balanchine, Suzanne Farrell y el también bailarín del New York City Ballet, Paul Mejía, cenar juntos en algunos restaurantes. Desde unos años antes, la compañía conocía su “período Farrell”, o sea, el del reino de Suzanne, por cuanto encarnaba la estética del maestro, era su musa inspiradora y existía una relación personal.

En 1968, los neoyorquinos veían frecuentemente a Georges Balanchine, Suzanne Farrell y el también bailarín del New York City Ballet, Paul Mejía, cenar juntos en algunos restaurantes. Desde unos años antes, la compañía conocía su “período Farrell”, o sea, el del reino de Suzanne, por cuanto encarnaba la estética del maestro, era su musa inspiradora y existía una relación personal. Si bien todavía hoy Suzanne Farrell resplandece como la gran intérprete balanchiniana, hay algunas referencias de que no era tan perfecta técnicamente como Balanchine pretendía. Por ejemplo, que su salto no era tan alto y entonces durante los “años Farrell” Balanchine intencionalmente disminuía la atención a los saltos durante las clases cotidianas.

La vida diaria de Balanchine con su esposa, la ex-bailarina Tanaquil Le Clercq, paralizada por la poliomielitis, se hacía cada vez más difícil para ambos desde que Tanaquil había desarrollado una notoria habilidad para manejar la silla de ruedas. Se había convertido en maître del Dance Theatre of Harlem y había adquirido un nuevo grupo de amigos. Balanchine, cuya tierna responsabilidad hacia ella había sido más que ejemplar desde que contrajo la enfermedad en una gira en Dinamarca, acaso no se sentía ya tan atado. Pero fue la ternura que a su vez Balanchine mostraba por Farrell lo que condujo al divorcio de la pareja, que finalmente se pronunció en febrero de 1969.

Evidentemente, la idea de casarse con Farrell estaba en sus planes. Pero su bailarina preferida no tenía los mismos planes. Paul Mejía era un joven bailarín, nacido en Lima, Perú, en quien Balanchine tenía grandes esperanzas como intérprete y coreógrafo. En septiembre de 1968, el New York Post escribió: “El mundo del ballet está emocionado con el romance de Suzanne Farrell con un hombre de su misma edad”.

Después de que el divorcio de los Balanchine fue pronunciado en febrero, el coreógrafo viajó a Hamburgo, Alemania, para una puesta en escena de una ópera de Glinka. En su ausencia de New York, Suzanne Farrell y Paul Mejía se casaron el 21 de febrero en la Iglesia de San Pablo. Lincoln Kirstein, el eterno cómplice de Balanchine, era padrino. Y no sólo él lo había “traicionado”: muchos miembros de la compañía estuvieron presentes en la boda, incluida la muy leal Barbara Horgan.

Balanchine poseído por la rabia le dijo a Horgan que lo habían “traicionado”, y que viniese a Hamburgo. Aquí, Horgan se encontró con un Balanchine desesperado, jurando que nunca volvería a Estados Unidos. Y sus futuros proyectos eran absurdos: no imprimir más los nombres de los bailarines en los programas; pedirle un ballet georgiano a Kachaturian; ir a Persia en octubre y darle 20 de sus ballets al Bolshoi.

Sin embargo, para la temporada de primavera en abril, Balanchine volvió a Nueva York. Entonces recordó que cuando Paul Mejía era un estudiante en su escuela, había notado que un “principal” de la compañía lo consideraba atractivo. Balanchine pensó que era una pena que un muchacho fuese “iniciado” en esa manera, sin permitirle conocer primero cuáles eran sus inclinaciones naturales. Por ello, advirtió a su madre, y por supuesto, se produjo un gran “stop”. Ahora Balanchine, que había recobrado su sentido del humor, decía: “Ninguna buena acción queda sin castigo”. El castigado había sido él mismo.
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Suzanne Farrell cuanto encarnaba la estética del maestro, era su musa inspiradora y existía una relación personal entre ambos.


Balanchine, contrariamente a Diaghilev con Nijinski tras su boda, no tomó represalias contra la pareja. Pero en el “casting” de la temporada no había roles para ellos dos en ningún ballet.


El siguiente 12 de mayo los Mejías renunciaron a la compañía, aludiendo la ausencia de roles. Balanchine telefoneó a Patricia Neary para que volviese e interpretase el “Hijo pródigo”. Neary rompió el contrato que en ese momento tenía y se presentó en Nueva York. Había sido Neary quien años atrás había abandonado a Balanchine, cansada de los privilegios que se le otorgaban a Farrell, que en su opinión eran injustos pues ella se aplicaba con devoción al maestro. “Me voy porque usted ha ido demasiado lejos”, le dijo a Balanchine, quien respondió: “Yo tengo derecho a amar”.

En todo caso, el que Farrell no estuviese más quizá refociló a los bailarines con buena elevación, que volvieron a tener más tiempo para los saltos en la clase. © 2007 Danza Ballet

 

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