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El pabellón de Armida



25 julio, 2007
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Isis Wirth
Nacionalidad: Cubana Ocupación: Crítica de ballet. Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza. Ver más información

La función inaugural de la primera temporada de los Ballets Russes tuvo lugar el 18 de mayo de 1909 en el Teatro Chatelet de París, como sabemos. Días antes, los preparativos eran frenéticos. Pávlova no llegaría para la primera función. En ésta, a Karsavina le bastó un minuto y medio para cautivar al “tout Paris” en una variación de “El pabellón de Armida”.

El diario Le Figaro describía así un ensayo:“ Transportan la escenografía, los hombres cosen y martillan (…) El joven delgado, que parece un maestro de esgrima, vestido con una túnica de algodón, es Michel Fokine, maétre de ballet y reformador del ballet ruso. La muchacha trigueña, graciosa, con ojos almendrados, piel de marfil, que evoca sueños orientales, es Vera Karalli, de Moscú (…) Esa belleza misteriosa y concentrada, que parece habitada por la gracia infinita, es Tamara Karsavina (…) Entre los hombres, el extraordinario Nijinsky, un Vestris moderno (…) Fokine da unas palmadas, cesa el parloteo, y todos van a sus posiciones. Van a ensayar “El pabellón de Armida”, de Tcherepnin. Los agudos ojos de Fokine no pierden ningún detalle (…) Uno por uno, los bailarines desaparecen, la escena se vacía. Cuando reaparecen, están vestidos en ropas de calle, y hablan, hablan, hablan. De qué hablan?. De París… Pero mientras hablan, no dejan de marcar con sus dedos los pasos que bailarían mañana”.

Diaghilev había orquestado la publicidad a los bailarines en los periódicos como Èl lo entendía. Los primeros bailarines de la compañía eran Fokine y Mordkine, y no Nijinsky. Pero Diaghilev, enamorado ya, vendió el producto. El cartel que anunciaba la temporada reproducía un dibujo de Anna Pávlova, firmado por Serov: la silueta, de perfil delicado, se alargaba sinuosa. Pese a que este cartel se hallaba en casi todas las paredes de París, nadie de la prensa preguntaba por Pávlova, sino por Nijinsky : “Parece que hay un prodigio, un muchacho formidable…”

Pávlova no llegaría para la primera función. En ésta, a Karsavina le bastó un minuto y medio para cautivar al “tout Paris” en una variación de El pabellón de Armida.

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La orquesta de Moscú no arribó sino el 16 de mayo a París, y la gran noche seria el 18. Eso sí, llegaron sin contratiempos…exceptuando un oboísta que se fue a Smolensk pensando que iba a París. Con escaso tiempo para ensayar los músicos con los bailarines, nadie podía salir del teatro ni para comer. Diaghilev hizo traer platos de un restaurante cercano, y se improvisaron mesas sobre los bailes de ropas.

En la gran noche, Gabriel Astruc, el empresario francés en “joint venture” con Diaghilev, tuvo la idea de sentar solamente a bellas jóvenes en la primera fila de los balcones. Y alternando las  rubias con las trigueñas. Esto contribuyó a la fascinación del público, sobre todo el masculino. Una brillante operación de mercadeo. Las muchachas, actrices y bailarinas, procedían de los teatros nacionales de París. Astruc sentó a las bailarinas de la ”pera en las plazas más privilegiadas. Y no se sabe cómo, pero Isadora –of course, Duncan- fue también incluida!. Sin duda, su figura maciza desentonó entre tanta ligereza.

En el pas de trois de El pabellón…, Nijinsky, cuando Karsavina y Baldina se retiran, en vez de correr tras ellas como estipulado, decidió acaso en una fracción de segundo saltar en vez de hacer la carrerita. Este salto decidió la suerte no sólo de la noche, si no de las siguientes temporadas de los Ballets Rusos, y la del propio Diaghilev.

Si los Ballets Rusos conmocionaron el mundo de la danza, habría que comenzar por este salto que decidió todo lo que vendría luego. Fue el primero de esos saltos legendarios de Nijinsky: el público lo veía elevándose, pero no se percataba de cuando regresaba al suelo. Los espectadores no supieron cómo reaccionar: enmudecieron y garraspearon, pero enseguida estallaron en una ovación incontenible. Diaghilev supo en ese momento que el futuro le pertenecía.

Nijinsky había ejecutado su salto oponiéndose a la coreografía de Fokine, quien aunque no desdeñaba la escuela clásica, manifestaba su aprensión contra el virtuosismo. Qué había pensado su admirada Isadora, sentada como “bella mujer” en el público, feroz enemiga del ballet?. Pero a quien le podía importar lo que pensase Duncan, si la suerte ya estaba echada.

El público no se contentó con delirar en aplausos. Al final, inundó la escena para preguntarle a Nijinsky cómo lograba mantenerse en el aire. “Oh, es muy fácil: uno se eleva y después se detiene allí arriba”.

Al día siguiente del éxito, se conocieron dos hechos que prefigurarían también la suerte venidera. Vera Karalli había desaparecido con el tenor Sobinov, y Mavrine, el secretario personal de Diaghilev, había huido con la bailarina Olga Feodorova. La moscovita Karalli podía haber sucumbido a su tenor, pero, celosa, fue acaso el triunfo de Karsavina quien la empujó a escaparse.

Así le dejó el camino libre a ésta. Mavrine, por su parte, había ya constatado como su jefe se obsesionaba con Nijinsky.

Y el propio Diaghilev le había dicho que Feodorova era la “única mujer” de quien podría enamorarse…

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