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En Munich, la Ballettfestwoche

21 abril, 2008
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colaboradores  En Munich, la BallettfestwocheCada año, siempre en el mes de abril, el Bayerisches Staatsballett presenta la Ballettfestwoche,  la “semana de fiesta del ballet”, suerte de festival que propicia la ocasión de estrenar títulos, presentar la tradicional Gala Terpsícore (esta vez la VII, dedicada a John Cranko) e invitar a otros bailarines, como, por ejemplo, a Svetlana Lunkina y Dmitry Gudanov, del Ballet Bolshoi de Moscú, quienes interpretaron “El lago de los cisnes” firmado por Ray Barra en 1995 para la compañía bávara.

Por colaboradores  En Munich, la Ballettfestwoche Isis Wirth (Alemania)

El programa de estrenos consistió en dos, “Cambio d’abito”, de Simone Sandroni sobre música de Johann Sebastian Bach, “Violakonzert/II” de Martin Schläpfer, director del Ballet de Mainz, , sobre el Concierto para viola y orquesta de Sofia Gubaidulina, y un estreno sólo en el Ballet de Munich, “Adagio Hammerklavier” (1973), de Hans van Manen, remitente al tercer movimiento de la Sonata para piano op. 106 de Ludwig van Beethoven.

“Cambio d’abito”, para 14 bailarines, es fútil y endeble. Pertenece a esa categoría de obras que confunden la abundancia visual (en este caso, los cambios de vestuario, y éste en sí mismo, ¡mucha ropa regada por doquiera!, como indica su nombre) con hacer danza, la cual, naturalmente, no brilla por su abundancia. Hay humor, al menos, las banales carreritas, movimientos simples, y la música del viejo Bach sólo es “traducida” por medio de la gestualidad de los brazos.

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Violakonzert, de Martin Schläpfer, por el Bayerisches Staatsballett – Foto: Charles Tandy


¡Qué placer contrastarlo luego con Hans van Manen! Ya es un “clásico”, y en “Adagio…” me recordó a Jerome Robbins. Con su peculiar capacidad para visualizar las notas, este título (para tres parejas: Séverine Ferrolier, Tigran Mikayelyan, Roberta Fernandes, Lukas Slavicky, Lucía Lacarra y Cyril Pierre) se desliza como si la fuera la metáfora de una belleza lejana. Lacarra, como siempre, con ese poder de iluminar todo lo que baila. Es una de las bailarinas más sensibles que puedan verse.

Sin ser una pieza coreográfica mayor, “Violakonzert/II” de Schläpfer posee la muy apreciable virtud de lograr hacer carne y fraseo a la música de uno de los compositores más emblemáticos de nuestro tiempo, la rusa-tártara Gubaidulina. Este concierto, que data de 1996, apunta a la intensidad y al pathos de la “música absoluta” con que pudiera definirse a la compositora. Conocida por su religiosidad “musical” ( “…la recomposición de la integridad espiritual por medio de la composición de música”, ha dicho), Schläpfer la sigue con comprensión instintiva. Utiliza a una parte considerable del ensemble del Bayerisches Staatsballett, por medio de cuerpos de baile femenino y masculino –bien estructurados- que se alternan con los solistas de ambos sexos también (subrayo a Alen Bottaini y Tigran Mikayelyan entre los hombres). La lección de Balanchine está presente, pero no desde el punto de vista estilístico ni de “lenguaje” sino conceptual, en cuanto a aproximación y devoción por la música. Salpicada con frecuencia de pasos académicos, es una pieza sofisticada. A señalar los adecuados diseños de rosalie.

–En recuerdo de John Cranko.

Sin duda, la Gala Terpsícore, en recuerdo a John Cranko (1927-1973) y su estancia como coreógrafo principal del Ballet de Munich entre 1968 y 1972, fue emotiva. Ya el Ballet de Stuttgart había conmemorado ampliamente el 35 aniversario de su muerte, y ahora era el turno de los muniqueses. El director del Bayerisches Staatsballett, Ivan Liska, la condujo, y la antigua directora de la compañía, Konstanze Vernon, quien trabajó con Cranko, conquistó  con su rememoración. Y, como es usual, en estos eventos, filmes y despliegue de fotos.

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Soloist From Bolschoi-Ballett, Moskau Svetlana Lunkina en El lago de los cisnes – Foto Charles Tandy

Cranko no es “santo de mi devoción”, estimo que ya acumula el paso del tiempo, pero su importancia en el ballet europeo fue extensa y de cierta manera lo continúa siendo. Lo bueno de esta gala fue mostrar ciertas piezas no conocidas ampliamente, que ponen de relieve la coherencia del pensamiento coreográfico del sudafricano, y hasta una versatilidad (como en los tres fragmentos de “Brouillards”, 1970, sobre Claude Debussy, donde brilló ese magnífico Friedemann Vogel, del Ballet de Stuttgart), o una neta influencia de Balanchine (en “Katalyse”, 1961, sobre Dimitri Shostakovich), asi como también un redondo aburrimiento (pas de deux de “The Lady and the Fool”, 1954, música de Giuseppe Verdi, interpretado por Ambra Vallo y Tyrone Singleton, del Birmingham Royal Ballet; y el “Ebony Concert”, 1970, música de Igor Stravinsky), o la banalidad (“Salade”, 1968, de Darius Milhaud); y asimismo una cierta belleza crankiana (“Aus Holbergs Zeit”, 1967, con Séverine Ferrolier y Lukas Slavicky). Menos bello, pero elevado nuevamente por Lucía Lacarra junto a Marlon Dino, lo fue “Legende”, 1972, música de Henri Wieniawski.

Y, claro está, esos Crankos imprescindibles: un ya demasiado adobado pas de deux “del balcón” de “Romeo y Julieta”, 1958 en principio, con los nada particulares Heather Ogden y Nehemiah Kish, del National Ballet of Canada; un todavía, sí, ¡excelente!, pas de deux del primer acto de “La fierecilla domada”, 1969, Kurt-Heinz Stolze, con la personalidad de Greta Hodgkinson (National Ballet of Canada) y Alen Bottaini, perfecto para el rol; y el pas de deux del cierre de “Oneguin”, 1965 en principio, P.I. Chaikovsky, con una grande Julie Kent (American Ballet Theatre) junto al impecable Robert Tewsley.

¿Lo malo de esta gala? Su duración: tres horas y media…

–Un “Lago” algo frío.

La Ballettfestwoche culminaría con “El lago de los cisnes” de Ray Barra, nacido en San Francisco de padres españoles, antiguo bailarín, por cierto, de John Cranko en Stuttgart, donde creó los roles de “Romeo y Julieta” y “Oneguin”, entre otros. Esta versión de “Lago”, firmada en 1995 para el Bayerisches Staatsballett, es pálida, el pathos de Chaikovsky no está bien servido, y aunque sea “sobre el original” de Marius Petipa y Lev Ivanov, le falta consistencia coreográfica. Eso sí, es preferible a esas otras versiones “libres” que suelen pulular, porque el hilo clásico se mantiene con un decoro estimable (es un “Lago de los cisnes”como lo podemos “concebir” generalmente), pero no hay hálito ni empuje.

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Violakonzert, de Martin Schläpfer, por el Bayerisches Staatsballett – Foto: Charles Tandy


Los cuatro actos son condesados en dos, con sus correspondientes cuatro cuadros, o sea, dos “actos” del original en uno. La acción se ha trasladado a un reino prusiano de la segunda mitad del siglo XIX. ¿Por qué? ¿Para hacerlo más “contemporáneo” porque ese tiempo es más cercano a hoy que el del libreto de partida? En fin, se sabe que los creadores de versiones gustan de dejar su marca epocal. En todo caso, el vestuario del escocés John Macfarlane para los prusianos de la corte es de muy buen gusto, como en los tutús de los cisnes, un tipo de “romántico” pero hasta la rodilla –con la excepción de Odette-Odile, en “clásico”- , que remite al “original”, sabor “auténtico” que trató de explotar Barra estilísticamente en los ensembles blancos. Y es hermosa la escenografía asimismo de Macfarlane, especialmente en los cuadros segundo y tercero.


Me pareció innecesario utilizar la evocadora obertura, que se basta por sí sola, para una especie de prólogo, con Von Rothbart (poderoso Marlon Dino, su estatura y sus rasgos faciales son muy apropiados para el maléfico), Siegried  y Odette. Pero no es tan grave como el final, donde Odette sucumbe a las garras de Von Rothbart, el príncipe cae al piso, desesperado, y viene a ser consolado por su madre, la reina (Silvia Confalonieri) que aquí tiene el nombre de Luisa (clin d’oeil a la historia prusiana), acompañada por la corte que contempla estupefacta pero fría, como debe ser una corte, desde luego, pero no hay aquí efecto dramático, justo en el momento que más lo demanda, el que creo decide la suerte de un “Lago”, pues es la magnitud de la tragedia irresoluta lo que nos vamos a llevar a casa.

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Lucía Lacarra en Violakonzert – Foto: Charles Tandy


La música del “Chaikovsky pas de deux” de Balanchine –que pertenece, como se sabe, al tercer acto en la partitura de Chaikovsky- se usa para el pas de six del primer acto, imbricado con la función del pas de trois en otras versiones. Las danzas de carácter del tercer acto se han reducido a tan sólo la “española”, la “rusa” y la “italiana”, o sea, los “napolitanos”, pero no hay…carácter.


Y se introduce el personaje de Charlotte, la novia de Siegfried, innecesaria también, a no ser porque su intérprete, Ivy Amista, es deliciosa y sutil.

Svetlana Lunkina, del Bolshoi, es un cisne untuoso, flexible, fino, de espléndidos épaulements, un port-de-tête real, manos y port-de-bras mágicos. Coordinada, de altos passés, se “pasea” con soltura y precisión las variaciones del segundo acto, no así la temible coda de los fouettés del tercer acto. De un empaque y una plástica maravillosos, su adagio fue prístino. Un cisne blanco impoluto, pero su Odile no tuvo voluntad alguna de seducción ni de dominio. Más calor y malignidad se echaron de menos. Su elemento es tan sólo el “blanco”.

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Soloist From Bolschoi-Ballett, Svetlana Lunkina en El lago de los cisnes – Foto Charles Tandy


Dmitry Gudanov fue un Siegfried eminentemente “clásico”, contenido, sobrio, aunque con la capacidad suficiente para otorgar el tono atormentado y dubitativo, y nada más, a no ser su corrección técnica sostenida, con limpia variación y coda en el tercer acto.


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