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Espectáculo de la Escuela de Danza del Ballet de la Ópera de París por su tricentenario

20 abril, 2013
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colaboradores  Espectáculo de la Escuela de Danza del Ballet de la Ópera de París por su tricentenario

En el marco de las celebraciones por el tricentenario de la escuela francesa, creada por Louis XIV en 1713, el 17 y 18 de abril (función que ví) subieron a la escena de la Ópera Garnier sendos espectáculos de la Escuela de Danza, antes de una gala que tendrá lugar hoy sábado 20 de abril a las 19 y 30 horas, con la escuela anfitriona acompañada de sus invitadas, las “escuelas de ballet del siglo XXI”: la rusa del Bolshoi, la danesa, la inglesa, la de la Accademia alla Scala (Milán), la Canada’s National Ballet School, y las de John Cranko en Stuttgart y John Neumeier en Hamburgo.

El programa del 18 incluyó: el estreno de “D’ores et déjà” de Béatrice Massin y Nicolas Paul; “La nuit de Walpurgis” de Claude Bessy sobre Léo Staats; “Aunis” de Jacques Garnier, en incorporación al repertorio de la Escuela; y “Péchés de jeunesse” de Jean-Guillaume Bart.

Se festeja a Louis XIV, que es decir, la escuela francesa, y por extensión, nuestro arte.

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La nuit de Walpurgis, coreografía de Claude bessy sobre Léo Staats © Francette Levieux/OnP

En la introducción al programa de mano, Élisabeth Platel, directora de la Escuela, escribió que todas las cuatro obras presentadas necesitan “una coordinación particular y un rigor en el épaulement que proviene directamente de la danza barroca”. Esto es, el origen del “código académico” con Louis XIV.

Sylvie Jacq-Mioche, quien enseña la historia de la danza en la Escuela, apunta, también en el programa de mano, que tras Pierre Beauchamps (el maestro de Louis XIV a quien el monarca le encargó la codificación en la Academia Real de Danza, a partir de 1661), la descendencia de maîtres de ballet comienza a diseñar lo que se llama “escuela francesa”. “El trabajo se disfraza con elegancia retenida, el esfuerzo se oculta bajo la apariencia de lo natural, la marca sensible de lo innato aristócrata. A medida que se produce el aburguesamiento de la sociedad, a partir de finales del siglo XVIII, la danza ‘seria’ o ‘noble’ se tiñe con lo demi-caractère, más abiertamente virtuoso. No obstante, los profesores exigen siempre a sus alumnos el acabado del movimiento, la rapidez elocuente de la parte inferior de la pierna, el rigor en la intención. La Escuela no ha dejado de impregnar a sus alumnos con este estilo reconocible”.

Y como los maestros franceses expandieron su arte en Europa (por ejemplo: Noverre, Didelot, Perrot, Saint-Léon, Petipa, los Bournonville), Sylvie Jacq-Mioche concluye con esta frase: “Así, podemos decir que la danza clásica, con sus rostros en la actualidad múltiples, extrae su esencia común de los deseos de una gran rey”.

En el artículo “Vean como Francia baila” de Ariane Bavelier, aparecido en Le Figaro el pasado 8 de abril, es cuestión de si la escuela francesa de ballet es el último emblema de una pericia típicamente nacional. Bavelier expresa que el estilo francés en la danza clásica se señala por: “su elegancia, el trabajo de la parte inferior de las piernas, el contacto con el suelo, la precisión y el cincelado del detalle, el aspecto aristocrático del cuerpo, el port de tête, la inteligencia del pie, el deseo de no aparecer ligado a la tierra como el común de los mortales. Y la corrección, también”.

La coreógrafa “barroca” (declinada en lo contemporáneo) Béatrice Massin y el coreógrafo Nicolas Paul (“sujet” en el Ballet de la Ópera, y organista), se unieron en el estreno de “D’ores et déjà”, con extractos de las Indes Galantes (1735) de Jean-Philippe Rameau. Nicolas Paul ya había interpretado en 2004 “Bach Suite-2” que Francine Lancelot creó 20 años antes para Rudolf Nureyev. Dijo Paul: “Mi humilde experiencia barroca, en ‘Bach Suite-2’, me ayudó a entender a la danza clásica”.

Lo cierto es que es una pieza fascinante, para una suerte de solista y 17 más (todos muchachos, para subrayar que en tiempos del Rey Sol la danza era un asunto esencialmente masculino), quienes durante media hora se invierten en un estilo “mixto” entre lo barroco, la danza contemporánea, y lo clásico.

Como escenografía, un marco de cuadro, barroco por supuesto, alude al diálogo con el pasado.

Del vocabulario barroco, encontramos: las posiciones (“quebrados”) de las manos, las glissades, la marcha, los ornamentos en el trabajo de los pies, en los batidos, sobre el cou-de-pied. Ahora bien, se contorsionan, en el piso o no. Es decir, ahí aparece lo contemporáneo. Es un trabajo interesante de imbricación (en la misma frase, en ocasiones) de la “belle danse” con lo contemporáneo. Me inclino a considerar que esa es la escritura, sobre todo, de Béatrice Massin: cómo el movimiento “barroco” se transforma en un lenguaje “actual”. La faena de Nicolas Paul puede remitir más bien a la presencia, también en la misma escritura, del “lenguaje clásico”. El principio de la “danza geométrica” de la época fundacional ha demostrado ser un vehículo terso y elocuente para trascender hacia otra expresividad, personal en sí misma.

No puedo resistirme a citar a Béatrice Massin, en el programa de mano, refiriéndose a los intérpretes de su ballet: “Esos muchachos tienen la misma edad de Louis XIV bailando al Sol que se eleva en el ‘Ballet de la Nuit’…Es muy emocionante”.

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D’ores et déjà, coreografía de Béatrice Massin y Nicolas Paul © Francette Levieux/OnP

 

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D’ores et déjà, coreografía de Béatrice Massin y Nicolas Paul © Francette Levieux/OnP

Después de esta antigua “danse savante” (aun si atravesada por esas otras dos coordenadas), vino lo que pudiera llamarse la “antigua” escuela francesa, o al menos, un cierto apogeo estilístico de la misma, que remite a la evolución del romanticismo en el decurso del siglo XIX. Se trató de “La nuit de Walpurgis” de la ópera “Fausto” de Charles Gounod, una creación de 1859. La primera coreografía fue de Henri de Justament. Luego Léo Staats hizo una nueva versión, que re-trabajó tras su retorno a la “Maison” al fin de la Primera Guerra mundial. La coreografía actual (que entró al repertorio de la Escuela en 1978) es de Claude Bessy sobre la de Léo Staats.

Si “D’ores et déjà” fue sólo para muchachos, “La nuit de Walpurgis” lo fue sólo para muchachas, según la época en la que, como es sabido, los hombres escaseaban. No le falta su virtuosismo (un punto a señalar, el del empaque de las tres solistas, en los roles de Helena de Troya, Cleopatra y Friné, en tutús blancos), ni un perfume de Marius Petipa, especialmente en los diseños de grupos, a lo “Jardin animé”: ¿no provenía Petipa de esta escuela?

“Danse savante”, “antigua” escuela francesa…Le tocó el turno a lo (más) “contemporáneo” (1979), por medio de “Aunis”, coreografía de Jacques Garnier, que hacía su entrada en el repertorio de la Escuela. Jacques Garnier, decedido en 1982, fundó junto con Brigitte Lefèvre (hoy directora del Ballet de la Ópera) en 1972 el Teatro del Silencio en La Rochelle, cuando ambos se marcharon de la “Maison”. En 1980, Garnier fue llamado por la propia “Maison” para constituir un grupo de danza contemporánea en su seno. “Aunis” se integró al repertorio de este grupo en 1981, y en 1990 al del Ballet de la Ópera como tal.

Es un intenso pas de trois para tres muchachos, con una duración de 12 minutos, cuya música de Maurice Pacher es, digamos, folklórica-francesa, interpretada sobre la escena por Christian Pacher (acordeón diatónico) y Gérard Baraton (acordéon cromático). Maurice Pacher se refirió a las formas tradicionales del baile y la música en la región de Poitou, en tanto Jacques Garnier estaba nostálgico de su Vendée natal. La inspiración fue pues netamente folklórica, pero está punteada por técnicas contemporáneas. Es muy exigente, física y emocionalmente, demanda salto y rapidez. Si al final los tres terminan en el piso, pudo ser más que una metáfora.

Para cerrar, una obra “neoclásica”, en realidad clásica, si bien se siente a Jerome Robbins, y en menor medida a George Balanchine. “Péchés de jeunesse” (sobre sonatas de Gioacchino Rossini, 1804), de 33 minutos de duración, fue creada por Jean-Guillaume Bart (cuya “Source” con el Ballet de la Ópera todavía recordamos) para la Escuela en 2000. Se suceden pas de deux (a cargo de dos parejas), asi como las evoluciones de tres parejas más, y, también de seis otras parejas.

La musicalidad de Bart es extrema. Ha hecho un ballet bello, a pesar de que la repetición de determinadas constantes visuales pueden, en cierto momento, fatigar, pero el dinamismo de la composición azota como un látigo, cuando requerido. El vocabulario es clásico, y amplio. Los saltos restallan, como los pasos de batería, asi como portés no sin dificultad, pero en lo absoluto son acrobáticos.

Decía que no es una obra “neoclásica”, sino clásica: Bart echa mano de un lenguaje, se sirve de él, crea por medio de éste. Como sabe usarlo, hace que brille y que el resultado encandile. Con esta destreza, no necesita de “inventos” ni tampoco de la ayuda de “influencias”, incluso las “neoclásicas”. Bart se basta a sí mismo utilizando el lenguaje clásico.

La Orquesta de los Laureados del Conservatorio (que suele acompañar las presentaciones de la Escuela) estuvo bajo la batuta por Marius Stieghorst, asistente del director musical de la Ópera de París, quien también dirige regularmente los espectáculos de la Escuela. Su desempeño fue notable y apasionado, y las cuerdas en “Péchés de jeunesse” subyugaron.

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Péchés de jeunesse, coreografía de Jean-Guillaume Bart © Francette Levieux/OnP

 

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Aunis, coreografía de Jacques Garnier © Sébastien Mathé/OnP

 

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