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Gala de las Estrellas del Siglo XXI

3 octubre, 2010
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colaboradores  Gala de las Estrellas del Siglo XXI

Digámoslo de entrada: ninguna gala en el mundo del ballet, por brillante, o “espectacular” (lo que busca el público, que con gusto paga por los billetes) que sea, no será sino justo una “gala”, que en el mejor de los casos ofrece un “perfume” cuya esencia durará, con más o menos suerte, en el recuerdo.

Ninguna gala ofrecerá ni un “estado actual del mundo de la danza”, ni una visión “profunda” de determinadas tendencias coreográficas. Suelen estar concebidas, generalmente, como una vitrina de talentos, o de personalidades “de punta” (valga la palabra), y de “estrellas”, menos o más reconocidas y amadas.

Pero “Les Étoiles du XXI siècle”, “Las Estrellas del Siglo XXI”, de Sherwood Productions, que cada año tiene lugar en el Teatro de los Campos Elíseos de París, en las mismas fechas del mes de septiembre, y que en esta ocasión arribó a su 13. edición, no es sólo algo diferente por su constancia y su éxito sostenido, sino por la manera en que ha sabido establecer un diálogo con su público, fiel, entusiasta y agradecido.

Como constante ha sido en ella la participación de la española Lucia Lacarra, sin dudas adorada, del Ballet de Munich. Y en las últimas ediciones, del esplendente ruso Daniil Simkin, que ahora integra el American Ballet Theatre, y acaso una de las personalidades más interesantes, pese a su juventud, que hayan surgido recientemente en el ballet.

Cierto es, el programa de la gala parece gravitar alrededor de ellos dos, pero no es a lamentar sino lo contrario. El público, el “implacable”, los idolatra.

A señalar quizás que este año, el programa se alejó en algo de toda esa parafernalia “clásico”-virtuosa (entiéndase, pas de deux de “El Corsario”, “Cisne Negro”, “Don Quijote”…) para ofrecer más coreografías “contemporáneas” y “neoclásicas” (donde un “neoforsythismo” no puede faltar…), que sin embargo revelaron con más fineza las características expresivas, y de poderío escénico de varios de sus intérpretes. Notablemente, de la holandesa Ilja Louwen, tan recordada desde el Ballet de Zürich, donde bailó años atrás, acompañada por el no menos notorio Leo Mujic, el coreógrafo de las dos piezas que asumieron: “Passacaglia” (Heinrich Biber) y “Taste of a Lost Moment” (Giuseppe Torelli). Decididamente, la primera fue más acabada, más “flexible” en su estructura. La segunda, fue más manida, a pesar de la excepcionalidad física de ambos.

En ese mismo registro “contemporáneo” (pero más “neoclásico”), Aleksandra Liaszenko y Egor Menshikov, del Ballet Nacional de Polonia, interpretaron dos piezas de un insulso (y con perdón) Krzystof Pastor: “Tristan” pas de deux (Richard Wagner) y “Wie Lange Noch” (Kurt Weill). Pero ambos le otorgaron una nota cálida, bastante emotiva.

Las coreografías para Lucia Lacarra (acompañada, como es habitual, por Cyril Pierre, también en el Ballet de Munich), están hechas para ella, para poner en valor lo que la distingue con un particularismo en el que los coreógrafos suelen refocilarse, en un caso de adecuación estilística al ya “sello” de Lacarra: la frágil flexibilidad no sólo de sus piernas…, su legato, su delgadez extrema, su elegancia y hasta una espiritualidad que la ilumina. Naturalmente, se trata, para ella, de “adagios” y “elegías”: “Adagio for Strings” (Samuel Barber), de Gérard M. Bohbot; y “Elegy” (of course!, Arvo Pärt), de Raimondo Rebeck. Pero, en el primer título, Lacarra logró un raro momento de emoción, sosegada pero intensa, que son la razón de ser de la danza teatral.

Me decepcioné (aunque tampoco me esperaba otra cosa) con Jian Zhang y Bin Hao, del Ballet Nacional de China. En el pas de deux de “La bella durmiente” fueron impecables, sí; su ejecución fue correcta, casi irreprochable, pero nada más. Fue el “enchaînement” de ejercicios escolares. Ni alma, ni comprensión del estilo, ni siquiera identificación…Si el ballet clásico se reduce así a este descarnado “academicismo”, podría morir irremediablemente. Aunque, por dicha, no es así, sino un caso especial…

Todavía más decepcionante aún (que falto de sustancia y todo, el pas de deux de “La bella..” ofrece sus resortes intrínsecos), una (hiper-consabida) coreografía sobre una canción (Lynda Lemay), “A l’ heure que il est”, de Fei Bo. Aunque aquí los chinos mostraron candor y más facilidad expresiva que en el pas de deux de Petipa, la pieza es de esas que parecen haberse hecho para una fiesta de fin de curso en una escuela de ballet.

Los rusos del Ballet Bolshoi, Ekaterina Krisanova y Andrei Merkuriev (con una melena rubia que recuerda a Alexander Godunov), electrizaron más el ambiente con el pas de deux de “Esmeralda” (Cesare Pugni) de Jules Perrot y Marius Petipa, pero sobre todo con ese heroico “Spring Waters” (Serguei Rachmaninov) de Assaf Messerer. Aquí está todo de ese antiguo –e histórico- sello del Bolshoi: lo acrobático, los saltos, los “portés” peligrosos. En una palabra: atletismo puro. Pero demostraron que eso “es lo de ellos”, por medio de la asunción convincente, por lo honesta, de Krisanova y Merkuriev.

Y llegamos a Daniil Simkin, el “nuevo Baryshnikov” (se le parece físicamente, incluso). La cualidad de su baile no radicaría en sus saltos complicados, los giros vertiginosos, en fin, el brío del virtuosismo, sino en la capacidad expresiva que le insufla, que no es sino su propio ser de artista. Si es el ícono del público, que contiene la respiración cuando aparece, no es tan sólo porque se esperan sus delicias técnicas. Simkin siempre entrega algo de sí mismo.

Su padre, Dmitrij Simkin, le firmó una coreografía bastante previsible, tallada para él, “Fallen Angel” (Mozart), algo “kitschy”, pero que funciona porque es el “padre y el hijo” por medio del “espíritu santo” del baile de Daniil.

Y de la otra parte, interpretó, junto a esa revelación que fue Yana Salenko (del Ballet de la Ópera de Berlín), “Chaicovsky pas de deux” de Balanchine. Ella es veloz, segura, plena de control, encanto y carisma. Aventuro que puede otorgar luz no importa en qué ballet del repertorio, incluso en los registros contrarios a lo “clásico”.

Y si se quería ver a Simkin saltando y girando como un demonio resplandeciente, allí lo tuvieron los espectadores. Aun si con la prestancia que impone el estilo Balanchine.

Pese a que si no hubiera sido por los rusos del Bolshoi y por Daniil Simkin y Yana Salenko, los fuegos pirotécnicos del virtuosismo “clásico” que suelen alimentar a muchas entre las galas, no habrían estado presentes en esta edición de “Les Étoiles…” de los Campos Elíseos, la cual se deslizó, como apuntado, hacia lo “contemporáneo”.

Pero considero que ello es válido, que en definitiva esta gala anual del otoño parisino es una cita inevitable.

Y no sólo de piruetas, fouettés y doble sauts de basque vive siempre el hombre.

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Daniil Simkin. NYC Dance Project

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Ballet Barcelona - Carolina de Pedro Pascual

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