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Homenaje a Jerome Robbins en París


12 octubre, 2008
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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En París, “Homenaje a Jerome Robbins”, con un Millepied importante.

Que el Ballet de la Ópera de París haya abierto su temporada en el Palais Garnier con un “Homenaje a Jerome Robbins”, mientras todavía su compañía huésped, el New York City Ballet, se presentaba en la Ópera Bastille con programas que incluían títulos de Robbins, como se sabe coreógrafo desde su creación en 1948 del NYCB, no podía ser sino, más que un “clin d’oeil”, justo lo que la palabra indica: un homenaje merecido.

La primera función de la temporada del Ballet de la Ópera es la ocasión del desfile de la escuela y la compañía, un acontecimiento que sólo por él mismo ameritaría el viaje para verlo, con independencia del programa. El “Défilé” es una apoteosis, hecha representación, del estilo y la gran raza de la escuela francesa. Sobre la Marcha de la ópera “Los troyanos” de Hector Berlioz, durante 15 minutos desfilan, primero, los alumnos de la escuela de la Ópera (que dirige Elisabeth Platel), y sucesivamente, el cuerpo de baile, los “premiers danseurs”, las “étoiles”. Lenta pero intensamente, la belleza que se contempla se transforma en emoción: he aquí una esencia del arte del ballet, la de la realeza.

El programa abriría con “En Sol”, creado para el NYCB en 1975 y que el mismo año el Ballet de la Ópera de París incorporaría en su repertorio. Sobre el Concierto para piano y orquesta en sol mayor de Maurice  Ravel, con resonancias jazzísticas, hay aquí, en un decorado soleado de playa, ese Robbins que intentaba “divertirse” artísticamente con casi todo, en este caso con ciertas referencias a Broadway, donde Robbins fue tan importante. Para seis mujeres y seis hombres, y una pareja (la esplendente Marie-Agnès Gillot, acompañada por Florian Magnenet), lo más significativo es el pas de deux, plenamente lírico, de una belleza rara.

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En Sol – Jerome Robbins – Photo Sébastien Mathé

Luego, lo más interesante del programa: el estreno mundial de “Triade”, del francés Benjamin Millepied, con la música, especialmente encargada por la Ópera, del norteamericano Nico Muhly, de 27 años. Solamente, un piano y dos trombones: la “tríada”. Influencias, seguramente, de John Adams, Steve Reich, o de Philip Glass. Millepied, uno de los coreógrafos con más consistencia y enjundia de la actualidad, es, como sabemos, bailarín y coreógrafo en el NYCB. Otro “clin d’oeil”, y por demás, es la segunda vez que es invitado a coreografiar para la Ópera de París, tras el “Amoveo” (2006), de Glass, donde encontraría a Muhly en tanto director de la orquesta.

Con simple decorado, donde predomina el negro, y vestuario también simple pero de colores vivos, dos parejas (Marie-Agnès Gillot, nuevamente; con Audric Bezard; y Laetitia Pujol con Marc Moreau), sin que haya argumento alguno, expresan determinados “sentimientos”: es, desde luego, la “manera” de Robbins, el psicólogo, que casi siempre necesitaba de una “idea dramática” para estructurar sus ballets.

Millepied ha expresado: “La herencia artística de Robbins está íntimamente anclada en mí. Trabajé con él desde los 16 años, y hoy, todavía, bailo su repertorio cada temporada. (…) Por medio de este homenaje, es la huella que él dejó en mí lo que yo deseo traducir: re-transcribir, con el vocabulario que me es propio, su manera de transponer las relaciones humanas en sus títulos y esa aprehensión particular que él tenía de la música”.

Sin duda, el vocabulario de Millepied le es propio. Podrá utilizar pasos clásicos inevitablemente, incluso en presencia suficiente, pero hay otra sustancia en ellos, si no es que los “rodea” o los desvía, como en ciertos penchées y posiciones de brazos, con una intención que  -he aquí lo más notorio- no es de referencia, sino la expresión de la imaginación (riquísima) visual del coreógrafo, que se acomoda a conveniencia a lo ya existente: toma lo que quiere, pero siempre le imprime su marca.

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The Concert – Jerome Robbins – Photo Sébastien Mathé.

Y, nuevamente, donde está Marie-Agnès Gillot (aquí, con una plasticidad que tiene que haber inspirado a Millepied , y viceversa), ella reina. Poco tendría yo que decir sobre “In the Night” (1970), uno de los ballets más bellos de Robbins, y probablemente del siglo XX, sobre la música de Chopin, a no ser por la experiencia de verlo interpretado, acaso en la forma más sensible posible, por un “todos Étoiles” (Clairemarie Osta, Benjamin Pech, Agnès Letestu, Aurélie Dupont, Nicolas Le Riche) y el premier danseur Stéphane Bullion.

Para finalizar, el hilarante “The Concert” (1956), el primer ballet que Robbins coreografiara sobre Chopin. Nada más alejado, no obstante, de la atmósfera poética de “Dances at a Gathering” y “In the Night”. Se trata de una sátira descarnada, justo subtitulada: “Las desdichas de cada cual”, de los espectadores que asisten a un concierto de piano y dejan demasiado volar su “imaginación”. Robbins fue implacable, tanto que para los años cincuenta acaso no era el momento para esta obra, que, naturalmente,  la emprende también con el ballet clásico. El resultado es de una comicidad irresistible. A señalar, entre los intérpretes, a la “Bailarina” de la étoile Dorothée Gilbert, el “Hombre con bufanda” de Stéphane Phavorin, la “Muchacha en cólera, con espejuelos” de Laure Muret, el “Marido” de Alessio Carbone, y y el “Estudiante tímido” de Emmanuel Thibault.

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“In the Night”, cor. de Jerome Robbins, con Marie-Agnès Gillot y Stéphane Bullion. Photo Sébastien Mathé.

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