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Kaguyahime por el Ballet de la Ópera de París

10 febrero, 2013
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El regreso de la princesa plateada de la luna.

El Ballet de la Ópera de París está presentando en el Palais Garnier “Kaguyahime” de Jiri Kylián, desde el pasado 1 de febrero y hasta el próximo 17 de febrero. Se trata de la reposición de esta obra, que entró al repertorio de la compañía en junio de 2010, en una nueva producción, tras su estreno en 1988 en el Nederlands Dans Theater.

Si mi entusiasmo no fue sosegado en esa entrada al repertorio en 2010, ver “Kaguyahime” por la segunda vez acaso permitió mejor detenerse sobre el poder de la escenografía de Michael Simon, quien también firma las luces. En éstas, el contraste de luces y sombras es magistral. Especialmente, en el efecto casi enceguecedor del resplandor de la Luna, con cuya luz Kaguyahime debe regresar a ella, de donde había descendido a la tierra.

colaboradores  Kaguyahime por el Ballet de la Ópera de París
“Kaguyahime” Ballet de la Ópera de París
Charles Duprat/Opéra national de París

La idea que rige la escenografía es, no obstante, simple: utilizar los propios elementos del teatro, como los tubos, sus luces, barras, suelos en plástico, espejos, logias de maquillaje. Pero, por ejemplo, esos tubos y barras se balancearán, lo cual instala una sensación sutilmente feérica.

Los dos conjuntos tradicionales japoneses, el de percusión llamado Kodo, y el de instrumentos de viento de la corte denominado Gagaku, se mantuvieron, en “pas de deux” con el conjunto de percusión occidental, dirigido por Michael de Roo, quien a su vez es la batuta de todo este “diálogo” musical entre Japón y Occidente, la base querida y trabajada por el compositor de la partitura (1985), Maki Ishii, cuyo aliento visionario inspiró a Kylián para crear una obra de impactante pureza.

El estreno parisino de 2010 tuvo lugar en la Ópera Bastille. Ahora, la reposición se trasladó al Palais Garnier. Las dimensiones bastante espectaculares de la producción se ajustan a lo vasto de la Bastille. Sin embargo, el escenario más reducido de Garnier creo le aporta una cierta “condensación” visual que incide en esa línea de “síntesis” abstracta que caracteriza sobremanera la adaptación del cuento japonés del siglo X (es tan popular en Japón como los de los hermanos Grimm o Charles Perrault entre los occidentales), según el coreógrafo de origen checo.

En 2010, ya me había impresionado la quietud espiritual y hasta metafísica de los tres integrantes del conjunto Gagaku: Mami Tsunoda (instrumento: ryuteki), Mayumi Miyata (sho), y Katsuhiko Tabuchi (hichiriki). Hieráticos en su vestuario tradicional, se sientan en un estrado en medio del foso de la orquesta. A la izquierda, los siete instrumentistas occidentales, vestidos en negro. A la derecha, los siete japoneses vestidos en blanco. Es la transposición al foso de que, sobre la escena, los aldeanos están vestidos de blanco, en tanto los de la ciudad, los aristócratas, de negro.

La relación foso-escena no se detiene ahí, en ese plano simbólico, sino que se vuelve dinámica en el segundo acto (una hora y diez minutos de duración para los dos actos, sin intermedio). Cada uno por su parte, los principales percusionistas de cada conjunto (Christophe Vella y Eiichi Saito) suben al escenario, apresurándose sobre el estrado para tocar sus respectivos tambores. Luego, se le unirán algunos otros de su grupo. Son los momentos más frenéticos, en los que literalmente el corazón se dispara con el sonido, uniéndose ambos ritmos.

Cuando Michael de Roo fue en 1984 a interpretar “Monochrome”, otra obra de Maki Ishii que también utiliza los singulares tambores japoneses, le pidió al responsable de la tropa Kodo si lo podía ayudar. El japonés estalló en risas. Roo comprendió años más tarde el por qué de esa hilaridad: “¡Tocar un tambor tradicional japonés exige muchos años de formación y un entrenamiento digno de un atleta olímpico!”

En efecto, Eiichi Saito tiene como un poseído que desplegar sobre la escena (donde mejor desde luego se pudo apreciar) fuerza y flexibilidad notables. Acaso esta característica bastante física del “Kodo” hizo que Kylián los hiciera subir al escenario.

La partitura se basa en los contrastes entre el “pianissimo” del Gagaku, un mundo en suspensión e imperceptiblemente tembloroso, como si se oyera el soplo íntimo del cosmos; y los “fortissimos” apabulladores y paroxísticos de la percusión, lo que es también cósmico en su esencia del ritmo… si se desencadena.

La danseuse étoile Agnès Letestu (Kaguyahime) comienza a descender de la Luna, con los pies flexionados, como también la rodilla en la pierna que se extiende hacia adelante, para avanzar parcimoniosamente. Mientras cambia de pierna de apoyo, se cubre la cara con los brazos.

Cinco “aldeanos” (señalo entre ellos a Allister Madin), la pretenderán inútilmente: la arrogante Kaguyahime les pide lo imposible.

Los bailes de “aldeanos” y “aldeanas”, en la siguiente escena, son muy vivos, con la fluidez y lo “blando” de la danza contemporánea para “unir” pasos académicos virtuosos, como saltos briosos y giros: es lo que exige lo demoníaco del ritmo.

Anteriormente, una vez que Letestu había finalizado su descenso a la tierra, y se disponía a un pas de deux de quietud plástica con uno de los cinco pretendientes, no podía decir si estaba con zapatillas de puntas o no, habida cuenta que se pueden tener y los pasos sobre las puntas pueden efectuarse después , lo que no es el caso aquí, donde se baila a media punta: son los bellos pies de la escuela francesa, específicamente los de Letestu, quienes producen ese “espejismo” visual de que se está calzado con puntas.

Sino, a señalar el grand-plié para Kaguyahime en posición lateral: es un “signo” plástico distintivo.

El primer acto finaliza hacia la escena del combate, entre los “aldeanos” y los “aristócratas” (entre los que destaco a François Alu). Es un aquelarre sonoro y físico, de una intensidad que transporta. Quizás el “ruido” podría ser insoportable para algunos oídos, pero la proyección del movimiento en consecuencia supliría los reproches de tal sensibilidad auditiva, con esas tiradas al piso, las volteretas, los giros de azogue.

La violencia entre ambos bandos continuará en el segundo acto, y se conoce otro clímax sonoro-danzario (es cuando los dos percusionistas principales suben a escena): el frenesí es vertiginoso, bailan entre sí, hombres y mujeres, de cada lado. Y no se detiene. Cuando puede pensarse que tendría que advenir el momento en que se detenga, suben por el estrado más percusionistas. La explosión de todos los ritmos lo lanza a uno mismo a quién sabe qué dimensiones, como una paráfrasis de esa tercera que buscaba Maki Ishii.

Hasta que cae un telón, para cambiar la escena. El emperador (Mikado, interpretado por el premier danseur Vincent Chaillet) ha tenido noticia de esos enfrentamientos y quiere comprender la causa, que no es otra que la belleza resplandeciente de Kaguyahime a quien se disputan. Él mismo sucumbirá a ella, y su desconsuelo no tendrá cura. Se regresa al “pianissimo” de los vientos japoneses. Kaguyahime se deshace en movimientos de sabor bejartiano (a recordar que la coreografía data de 1988, y que Kylián también ha solido tomar de otros coreógrafos, como Paul Taylor: ¿ qué hay de malo en ello?), como lo será su pas de deux con Mikado.

Vuelvo a admirar los pies de Letestu, aunque ya naturalmente ¡sé que no calza puntas! Los dos acompañantes (Aurélien Houette y Mathieu Botto) de Mikado, serán encomendados por éste para impedir la fuga de Kaguyahime. El “fortissimo” regresa, y las logias de maquillaje se desplazan. Otro pas de deux (aun bejartiano) con Mikado, y las logias se retornan: son espejos y la luz ciega. Es la Luna llena y Kaguyahime tiene que partir. Vencido, Mikado-Chaillet se retira, bajando, muy digno, por el estrado al foso. Comienza un sinuoso solo de Letestu, con attitudes con pie “flex” de espaldas, asi como arabesque penché de frente. Y se va yendo, exactamente como descendió pero ahora de espaldas al público, alternando pasos con la pierna flexionada delante, y las manos sobre el rostro.

La indicación del disco del luna es el mismo tambor, iluminado, sobre el que tocó Eiichi Saito.

La tierra ha perdido irremisiblemente a la princesa de la Luna. Los dos mundos, el de arriba y el de abajo, aunque pudieran comunicarse, continuarán separados.

Una reflexión filosófica que se halla en el cuento japonés, pero que Kylián despojó para reducirlo a un núcleo poético, de la mano de una escritura coreográfica que aunque 25 años después pueda en algunas de sus frases parecer “daté”, continúa funcionando con pasmosa eficacia.

colaboradores  Kaguyahime por el Ballet de la Ópera de París
“Kaguyahime” Ballet de la Ópera de París
Charles Duprat/Opéra national de París

 

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“Kaguyahime” Ballet de la Ópera de París
Charles Duprat/Opéra national de París

 

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