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Kenneth MacMillan

16 abril, 2007
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Kenneth MacMillan, el gran coreógrafo inglés, tuvo una muerte tan dramática como muchas de sus obras. Murió entre bambalinas, mientras se reponía "Mayerling", el 29 de octubre de 1992. Su legado en el ballet es indiscutible. Estableció una nueva forma de crear ballets con un lenguaje sin tapujos y una exposición casi morbosa de situaciones reales que, hasta ese momento, no se veían en un escenario.

Por Fátima Nollén (Londres)

Kenneth MacMillan, el gran coreógrafo inglés, tuvo una muerte tan dramática como muchas de sus obras. Murió entre bambalinas, mientras se reponía "Mayerling", el 29 de octubre de 1992. No sólo el Royal Ballet, la casa donde se educó y de la que fue director y coreógrafo lo recordó este año, sino también, un sinfín de instituciones de la danza en Inglaterra y en el mundo, se unieron a la celebración internacional -que durará hasta octubre del 2003-, con seminarios y presentaciones de sus obras.

Su legado es indiscutible. Estableció una nueva forma de crear ballets con un lenguaje sin tapujos y una exposición casi morbosa de situaciones reales que, hasta ese momento, no se veían en un escenario: sexo, violaciones, suicidios, drogadicción, y todo el espectro de pasiones concomitantes. Presentadas así, en crudo, como en la vida misma. No le faltaron detractores, pero eso no lo disuadió. Siguió esa línea creativa, con la que tal vez se liberó de sus fantasmas de la infancia, mientras construía los más bellos pas de deux del siglo XX.


Al morir, dejó los derechos de todas sus obras, unas sesenta, a su esposa, la pintora australiana Deborah MacMillan, quien vela celosamente por la precisión con que cada una se lleva a escena. "Estas producciones son enormes, y a veces, los diseños necesitan ajustes. Por otra parte, la profusión de personajes obliga a una supervisión del estilo y del espíritu de la obra", cuenta Lady MacMillan, y aclara que no toma las decisiones sola, ya que se lleva muy bien con la flamante directora del Royal Ballet, Monica Mason, quien trabajó muchos años junto a MacMillan. "Es bueno estar en el ensayo, porque ella me puede preguntar qué opino de esto o aquello; si es correcto para nosotros", ejemplifica.

El recibir la custodia de los derechos, no la tomó por sorpresa. Ella estuvo siempre involucrada en las producciones. "Era Kenneth MacMillan y asociada, desde el segundo año de estar juntos. Me ocupaba de hacer los contratos, así que no fue un shock -recuerda-. En los últimos años de su vida (1986/87), cuando su salud ya estaba debilitada debido a un cáncer de garganta, comencé a representarlo en los estrenos, tal como ocurrió con ‘La Bella Durmiente’ con el American Ballet Theatre. También fui a Chicago, cuando estaba montando esta obra con Nicholas Georgiadis (diseños) y un equipo en el que participaba Monica Parker (notadora de sus ballets). Básicamente, lo representaba durante su ausencia por el tratamiento. Lentamente, él me fue involucrando en su trabajo porque no estaba bien."

Lady MacMillan aclara que siempre sintió gran respeto por el trabajo profesional, por ello, independientemente de cuánto se vea involucrada en las obras, jamás lo vería desde el punto de vista del bailarín profesional. "No tengo esa preparación", enfatiza varias veces y aclara que su rol de custodio es asegurarse de que las personas correctas estén en esas posiciones profesionales, que siempre haya un muy buen "notador" que enseñe los pasos, y mientras sea posible, un productor para ayudar al "notador" con los bailarines, especialmente en lo referido a la interpretación del trabajo. "Me aseguro también, de que se contrate a los iluminadores apropiados. Dado que mi trabajo profesional son las artes visuales, es allí donde creo que tengo una opinión válida. Respecto de la precisión de los pasos, jamás interferiría." Pero es verdad que tiene su opinión sobre si los pasos están siendo lo suficientemente bien bailados, pero lo comentará sólo con los profesionales a cargo de esos bailarines, porque considera que "no hay nada peor que los amateurs que, porque son apasionados por algo, sienten que pueden opinar como un profesional".
     

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"Kenneth era muy interesante -confiesa Deborah MacMillan-.  Era como un canal a través del cual las cosas surgían." Foto: Charlotte MacMillan. 


Deborah MacMillan, admite que se acercó al ballet como una entusiasta recién a los 20 años y no se podría comparar con quienes empezaron a entrenar a los diez años. Considera inconcebible marcarle los errores o defectos a una bailarina. Aun más, aunque conoce todos los pasos, desconoce sus nombres. Como ella define, siempre fue consciente de ser una "venida de afuera en un mundo de alto nivel profesional."


El poder de esta mujer es tal, que puede retirar una obra del escenario. Durante el breve período en que Ross Stretton dirigió el Royal Ballet, llegó a amenazar con quitarles el derecho de representar las obras de MacMillan, si no se deshacían de él. Claro, hubo otras cuestiones, pero el directorio de la Royal Opera House, tembló de sólo pensar en la posibilidad de que obras que fueron parte de su marca registrada, como "Romeo y Julieta", "Manon", "Mayerling", "Judas Tree", "Song of the Earth", "Winter Dreams", entre otras, desaparecerían de su repertorio.


"Sería muy estúpida si no sintiera miedo de este poder. Cualquiera que trabaje en las artes del teatro, si no siente ansiedad, terror y aprehensión, jamás podrá brindar algo bueno, no importa qué lugar ocupe. Pero por otro lado, tengo un enorme grupo de apoyo que me dice que no tenga miedo de preguntar la opinión de otros. Y lo que aprendí de este mundo es único, como el hecho de que, a pesar de lidiar con egos enormes, es increíblemente generoso a la vez. Una mezcla extraña de competitividad y altruismo. Y el mejor ejemplo es cuando se ve a alguien sobre quien se ha creado un rol, pasar ese rol a otra generación junto con toda la información íntima y relevante de ese personaje, con la intención de que sea interpretado igual o mejor todavía. Es conmovedor ver que crecieron con la idea de que se aprende algo para pasarlo alguna vez. Como si heredaran algo, pero en vez de poseerlo, son sólo guardianes de los pasos."


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"Song of the Earth", forma parte de una lista de alrededor de sesenta creaciones  que integran el repertorio MacMillan.  Foto: Bill Cooper.  Gentileza del Royal Ballet de Londres y Arena-Pal Images.

Un perfil para el recuerdo

¿Cómo era este escocés que quedó huérfano de madre a los 11 años, comenzó a estudiar ballet gracias a una beca, y que logró desarrollar su creatividad bajo el ala protectora de Ninette de Valois? ¿Cuál era su espíritu y su comportamiento a la hora de crear las obras que hoy, cientos de bailarines desean interpretar?


"Kenneth era muy interesante -confiesa quien fue su compañera durante 20 años-. Era como un canal a través del cual las cosas surgían. No era particularmente analítico o capaz de verbalizar lo que estaba haciendo, y eso lo ponía muy nervioso, porque cada vez que trabajaba en una nueva obra parecía estar aterrorizado, en el sentido de que consideraba lo que hacía como un rompecabezas gigante para el cual tenía que encontrar las piezas. Como si de algún modo se encontrara frente a algo que ya existía, pero que estaba desordenado. Y su misión era organizarlo. Kenneth era un hombre obsesivo, y altamente motivado como todos los grandes artistas, a veces, en detrimento de sus relaciones personales porque produce una personalidad muy focalizada en su interés. A veces era un hombre muy gracioso, era divertido estar a su lado y siempre sorprendente. Creo que él se veía a sí mismo como un hombre de teatro. Se irritaba con los constreñimientos de la danza que otra gente le imponía y él lo evitaba. La gente acostumbraba decir que era un hombre muy tímido, que no hablaba. Pero yo creo que su lenguaje era justamente ése. Él hablaba en voz alta a través de sus coreografías y tal vez no estaba preparado para abrir la boca y decir las mismas cosas."

"También creo que tuvo mucho coraje a pesar de la enorme cantidad de críticas. Cuando recién comenzó como coreógrafo, el ballet clásico en Inglaterra, como una forma de arte establecida, estaba en su infancia. Es decir, había habido grandes bailarinas clásicas, muchas de ellas venidas del grupo de Diaghilev, pero fue a De Valois a quien se le ocurrió por primera vez organizar una compañía nacional con apoyo y protección. Kenneth comenzó a cuestionar esto y se asustaron. Lo interesante es que, así y todo, tuvo la posibilidad de desarrollarse en un ambiente muy discreto y protector. En cambio, los coreógrafos de hoy, a pesar de ser aceptadas sus propuestas más fácilmente, están obligados a tener éxito rápido, los presupuestos son enormes, por lo que casi no se les permite la experimentación sin justificar el presupuesto."

A pesar de ser tan audaz en sus creaciones y en el lenguaje, MacMillan dejó de bailar porque repentinamente comenzó a tener miedo de enfrentar al público desde el escenario. "Por esos extraños misterios de la psiquis, sin embargo, continuó con su trabajo, sin saber muy bien qué buscaba, hasta que el trabajo estaba finalizado", relata Deborah, quien considera que sus miedos estaban relacionados con su sufrida infancia.

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"Manón", una de las obras emblemáticas del coreógrafo, se  representará en varios  países durante esta temporada-homenaje. Foto gentileza de Marianela Urlezaga.

A la hora de crear un nuevo ballet, MacMillan siempre puso el énfasis en la gente, en las relaciones personales. Era un apasionado por el cine y siempre intentó que sus ballets se movieran en forma continuada como en un film. Flashbacks y proyecciones en el tiempo, forman parte de la estructura de sus coreografías. "La intención era que la audiencia aceptara abrir su mente mientras estaban sentados mirando una producción -comenta-. La propuesta era jugar con escalas, tiempo real y teatral, y caracterizaciones, al igual que en las películas. Hoy, el público ya no tiene más inconvenientes con eso. Kenneth siempre decía que sus ballets eran ‘un contrato con el público: yo voy a hacer esto y ustedes van a tener que prestar atención y entrar en esta experiencia’. Lo cual significa tener muy en cuenta al público y, sin subestimarlo, pensar que tal vez no van a entender algo. El objetivo era incomodar al público, hacerlo pensar. MacMillan reforzó el poder del ballet clásico y de su lenguaje, lo rescató de una perfección cristalizada para poder decir con él todo tipo de cosas."

Un estilo que continuará

Los derechos de sus obras pasarán, en el futuro, a la hija de ambos, Charlotte, quien es fotógrafa y creció rodeada por el mundo de la danza creado por su célebre padre. Hace tiempo que va a los ensayos y se involucra con los diferentes aspectos del legado.

Con la intención de perpetuar la pureza del estilo, muchos bailarines del Royal Ballet comenzaron a tomar cursos de entrenamiento en producción y notación para continuar con la labor de quienes actualmente cubren esas tareas, a fin de resguardar la tradición de estos ballets.

No cualquier compañía de ballet puede adquirir los derechos de las obras de MacMillan, por el sólo hecho de pagar una cierta suma de dinero. En general, Monica Parker or Julie Lincoln (notadoras), son las encargadas de estudiar si sus huestes están capacitadas para asumir la producción, luego de que la compañía demuestra el interés. Y tal vez consideren que en vez de un ballet, pueden hacer otro de mejor manera. Lady MacMillan confía en su criterio para aprobar la extensión de una licencia por 3 años. Todos estos contratos son revisados permanentemente.

Mientras tanto, una biografía de Kenneth MacMillan está en proceso de publicación para el año próximo, a cargo de la periodista Jan Parry del diario The Observer.

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Kenneth MacMillan en un ensayo con Darcey Bussell y Jonathan Cope  antes del estreno de "Prince of pagodas", en 1989. Foto gentileza del Royal Ballet Londres.


Entre los primeros bailarines del Royal Ballet, tal vez dos figuras resultan hoy un modelo para el público británico: los ingleses Darcey Bussell y Jonathan Cope.

Desde muy jóvenes integraron la compañía, Bussel en 1988 y Cope en 1982. Ambos de siluetas altas y estilizadas, tuvieron el privilegio de trabajar varios años con Kenneth MacMillan, quien creó roles para ellos.

Danza: ¿De qué manera, trabajar con MacMillan, cambió sus vidas a nivel profesional?
Darcey Bussell: Kenneth me empujó a la vista del público muy temprano en mi carrera, lo que fue una oportunidad increíble para mí. Al trabajar con él experimenté todo tipo de sentimientos, ya que fue un período de transformación para mí que pasó del terror al regocijo.

Jonathan Cope: Siempre se interesó en pedirnos los pasos y movimientos que pudieran expandir o adaptar para concretar las ideas que tenía en su cabeza. De este modo, él siempre tenía el ingrediente único salido de cada bailarín, lo cual los hacía especiales. Aprendí rápidamente que los pasos eran sólo el comienzo.

D: ¿Qué aprendieron de él como bailarines?
DB: Cómo expresarme y cómo no reprimirme.
JC: Que todos sus ballets tienen una naturalidad que no se ve con frecuencia en los clásicos. Sus obras se apoyan sólidamente en la química entre los bailarines. No se necesita ser un gran técnico para aparecer fantástico en una pieza de MacMillan.

D: ¿Cuál es su "MacMillan" favorito o cuál de sus roles disfruta más?
DB: Tengo varios ballets favoritos, pero "Romeo y Julieta" y "Song of the Earth" son los más especiales.
JC: "Manon", "Mayerling", "Gloria", "Réquiem". Todos tienen una música maravillosa. Buena música y buena coreografía son mi combinación preferida.

D: ¿Cómo describiría la personalidad de MacMillan?
DB: Sutilmente manipulador, extremadamente inteligente, pero para nada arrogante.
JC: Extraño, depresivo por momentos. Perfeccionista. Miraba todo desde distintos ángulos para obtener la opinión de todos.

D: ¿Cuál considera que es su mejor legado al mundo de la danza?
DB: Todo su trabajo y su habilidad para escoger los repartos. Jamás olvidaré mi trabajo con Kenneth, fue una experiencia maravillosa.
JC: Su naturalidad para hablar coreográficamente.
         
Por Fátima Nollén (Londres)
Fuente Danza Hoy

Fátima Nollén
Es periodista y locutora. Estudió ballet y se graduó como Profesora Superior de Danzas. Dejó de bailar para dedicarse al periodismo en medios gráficos, radio y televisión. Escribió para publicaciones especializadas como la Revista Ballet y Magazine Danza &Ballet, de la que fue Jefa de Redacción y por la que recibió el "Premio al Merito Profissional" del concurso Bento em Danca en Brasil. Participó de la organización de concursos de danza en la Argentina y también fue jurado en el Festival de Danza de Joinville, Brasil, país donde residió cuatro años como corresponsal de la estación televisiva ATC de la Argentina. Desde allí comenzó a escribir para la revista BalletinDance, tarea que continuó desde Nueva York -donde trabajó como periodista de Radio Única-, y ahora desde Londres. En el 2002 se unió al equipo de DANZAHOY en Español como corresponsal en la capital del Reino Unido.

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