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“La Ballerine et El Comandante” de Isis Wirth: Extractos en exclusiva


27 marzo, 2013
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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“La Ballerine et El Comandante” de Isis Wirth

Histoire secrète du Ballet de Cuba, de Isis Wirth, de pronta aparición en François Bourin Éditeur.

Extractos del capítulo “Rouge Ballet” del libro La Ballerine et El Comandante.

Lo más determinante fue sin dudas la gira soviética, a fines de 1957 y principios de 1958, en la que Alicia Alonso bailó sucesivamente en Leningrado, Moscú y Kiev. Una carta dirigida por Carlos Rafael Rodríguez* a la bailarina, el 30 de diciembre de 1981, es por completo elocuente respecto de esa gira. “Recuerdo en este momento, escribió, tu firmeza política de los días difíciles, cuando se trataba de poner en peligro la supervivencia del Ballet de Cuba o someterse a los requerimientos de Batista y su camarilla; y también, cuando muchos te quisieron quitar la idea de bailar en Moscú, pensando que con ello te enajenabas de los medios artísticos norteamericanos. En ambas ocasiones pudimos contar contigo, y me enorgullece haber sido tu interlocutor y ‘comisario político’ de aquellos momentos. Por todo ello, gracias de nuevo”. Dicho de otra manera, el Partido Socialista Popular (comunista) jugó un rol esencial en la inspiración sino en la organización de esa gira, de la cual Alicia Alonso no ignoraba la dimensión política.

En realidad, Alicia no fue la primera bailarina cubana en viajar a la URSS. La joven Menia Martínez la había precedido. De una cierta manera, ésta era una prueba de la excelencia de la Academia de Ballet Alicia Alonso, en la que había estudiado entre 1952 y 1955. La calidad de la enseñanza recibida le permitió obtener una beca para continuar su formación en la célebre academia Agrippina Vagánova, donde se graduó en 1959.

¿Debía Menia su beca a que sus padres eran militantes del Partido Socialista Popular? Menia Martínez ha sostenido siempre que su estancia en la Unión Soviética no fue facilitada por ninguna intervención cubana. De hecho, no había sido el estado cubano dirigido por Batista quien la había promovido. Pero hubo una intervención en su favor. Ella había participado en 1952 en el festival internacional de la juventud de Varsovia, un encuentro que los comunistas organizaban regularmente. El Ballet Bolshoi había ofrecido una función, y se le aconsejó acercarse a la bailarina soviética Nina Timofeieva. Ésta, que entonces era una comunista “ejemplar”, le escribió una carta de recomendación a la intención de la ministra soviética de cultura Ekaterina Furtseva. ¡Y el poeta comunista cubano, Nicolás Guillén, premio Stalin, hizo de cartero, entregándole personalmente la carta de Timofeieva a la ministra!

Menia poseía un gran encanto. Su presencia “latina” viró al revés a la escuela de ballet de Leningrado. No se limitaba a lo clásico, y no se hacía rogar para bailarle a sus camaradas danzas cubanas, cuya carga erótica contrastaba con el rigor soviético. Dotada de una muy bella voz, fue solicitada para grabar un disco con una orquesta clásica, y la invitaron a cantar en la prestigiosa sala Chaikovsky de Moscú.

Rudolf Nureyev, alumno de la misma academia, fue subyugado por la joven cubana, quien devino su partenaire en varios ballets. Los dos eran inseparables. Menia tenía no obstante, una rival en Xenia Pushkina, cuyo marido, Alexander, era el reputado profesor de Nureyev. La pareja había en cierta forma adoptado al joven y talentuoso tártaro. Venía regularmente a su apartamento, donde se sentía en casa, a pasar veladas en las que no solamente se hablaba de ballet…Julie Kavanagh, una de las biógrafas de Nureyev, ha sostenido que fue con Xenia con quien Nureyev perdió su virginidad. Aun si era homosexual, Nureyev no era insensible al encanto femenino. La extraordinaria pareja escénica que luego conformó junto a Margot Fonteyn, mostró considerablemente el afecto y la ternura de las que era capaz. Xenia no lo dudaba y estaba muy celosa de Menia.

Alicia Alonso, por su parte, no tenía ninguna razón para temer a Menia: la alumna de Fernando había venido a Leningrado a estudiar; la directora del Ballet de Cuba, arribaba con la aureola de su reputación de bailarina estrella. Si Rudolf Nureyev parecía amar tiernamente a Menia, era a Alicia a quien contemplaba con veneración, deslizándose escondido en los salones donde la prima ballerina trabajaba para admirar su técnica, durante los días que pasó en la Venecia del norte.

El 31 de diciembre de 1957, Alicia bailó “Giselle” en el Teatro de Ópera y Ballet de Riga. El siguiente 7 de enero, lo hizo en el Kírov de Leningrado, en compañía del célebre Vladilen Semionov; luego, diez días más tarde, fue en el Bolshoi de Moscú. Por primera vez, una bailarina venía de más allá del Atlántico. Entonces en la URSS, su prestigio todavía estaba vinculado del todo a su trabajo con el American Ballet Theatre. Los críticos soviéticos se referían, con admiración, a su “pirouette americana”.

Esta gira no fue solamente una consagración artística para Alicia Alonso. La prima ballerina le extrajo lecciones importantes para el futuro de su compañía y su destino personal. Había visto lo que podía proporcionar el soporte de un estado socialista. No se trataba solamente de subvenciones, sino de un compromiso infinitamente más grande, que le otorgaba a la cultura una dimensión política. Alicia pudo ver que se le aseguraría reinar en la danza en Cuba, y extender su influencia bastante más allá. Se trataba nada menos que de una cuestión de poder y gloria. Louis XIV, el rey bailarín, ¿no lo había mostrado en todo su resplandor en Versalles?

La Cobra Negra no quería satisfacerse con ser una bailarina maravillosa. No quería, además, parecerse a Yuri Grigorovitch, que reinaba en el Bolshoi pero era odiado porque no era considerado el mejor entre ellos. Alicia pretendía a la vez obtener el poder sin compartirlo y la admiración sin límites.

En ese mismo momento, la historia cambiaba en Cuba. Los Barbudos descenderían de la Sierra Maestra, y expulsarían a Batista. Fidel Castro y sus hombres lo lograron. Entonces, habría que hacer su elección. Alicia no dudaría: estaría del lado de la revolución, porque la revolución sería para ella. Era apenas una apuesta. La trayectoria de la bailarina desde hacía casi una década la conducía a ello. Pero, paradójicamente, si Alicia escogía el comunismo, muchos entre los que la habían iniciado en el arte en el que triunfaba, ¡habían huído de él!

Extractos del capítulo “Los beneficios de la revolución”.

La función del 15 de septiembre de 1956, en el mitin organizado por la Federación de Estudiantes Universitarios para apoyar al Ballet, fue la última aparición de Alicia sobre la escena en la isla, antes del triunfo de la revolución castrista. Si se le cree a la historia oficial del régimen, ella había dicho entonces que no bailaría más en Cuba mientras Batista estuviese en el poder. La bailarina, su marido y su cuñado, no se precipitaron, sin embargo, a la Sierra Maestra para unirse a los rebeldes. Quizás Alicia esperaba saber con certeza de qué lado la historia iba a inclinarse. El 30 de octubre de 1958, el periódico venezolano El Nacional, publicado en Caracas, le dedicaba un artículo a la bailarina bajo el título: “Alicia Alonso ha salido de Cuba y no piensa regresar”. Se leía: “Interrogada sobre la situación política en su país, dijo que para ella, Batista, Grau, Prío y Fidel Castro, eran la misma cosa, y que nunca había votado”. Así, la bailarina se mantenía en una situación stricto sensu apolítica, desprovista de convicciones -sino es que éstas resultaban de su ambición personal y las oportunidades a aprovechar. Lo que no le impidió afirmar más tarde que “durante la lucha en la Sierra Maestra”, reuniones de apoyo al Movimiento 26 de julio tenían lugar discretamente, a puertas cerradas, en la sede del Ballet. “Una vez, cuenta ella, la policía vino a hacer un registro, pero no encontraron nada. Habíamos escondido el material comprometedor bajo la escalera de mármol”.

Nunca ella hubiera actuado como lo hizo Margot Fonteyn. Con su marido, Roberto (“Tito”) Arias –político panameño, hijo de un ex-presidente, sobrino de otro, que había sido él mismo embajador en Londres- , la gran bailarina inglesa se precipitó a La Habana a principios de enero de 1959, precediendo en algunas horas la entrada triunfal de Castro en la capital cubana. La pareja se entrevistó personalmente con El Comandante dos días después, quien prometió su ayuda para derrocar al presidente panameño entonces, Ernesto de La Guardia. Así, un golpe de estado se fomentó con la ayuda de los cubanos. El 20 de abril de 1959, la estrella británica puso su yate a la disposición de los complotados para transportar armas, y permaneció a bordo durante la operación. Lo que sucedió a la mañana siguiente de la visita del duque de Edimburgo a Panamá; la ausencia de la pareja a la recepción dada en la embajada británica fue notada. Lo cual, al parecer, levantó las sospechas. El 21 de abril, la tentativa de putsch fue fácilmente frustrada y Margot Fonteyn fue arrestada y encarcelada. Enseguida alertado, el embajador británico obtuvo rápidamente que la artista –quien tenía el título de Dama del Reino Unido- fuese liberada y colocada en el primer avión para Miami, para finalmente llegar a Londres pasando por Nueva York.

Los Alonso, por su parte, decidieron ser más prudentes. En 1958, la Cobra Negra bailó con los Ballets Rusos de Montecarlo, con el que se presentó en el Metropolitan Opera House de New York. No regresó a la isla sino en febrero de 1959, una vez que la situación se había estabilizado.

Varios de sus conocidos y amigos se habían unido, sin embargo, a la guerrilla sin esperar el último momento. Lo que fue el caso de Antonio Núñez Jiménez, un geógrafo y espeleólogo acreditado, con quien Fernando exploró numerosas grutas de la isla. En ocasiones, Alicia los acompañaba. Después de la caída de Batista, Castro participó en una de esas expediciones; Alicia ha guardado una foto en su casa: se le observa rodeada de Núñez Jiménez y del Comandante. Los tres se ven muy contentos con su excursión. En 1951, Antonio Núñez Jiménez conoció a Lupe Velis, una alumna de la Academia de Ballet Alicia Alonso, que luego formó parte de la compañía. Se casaron el siguiente año. El científico había estudiado en Moscú, en la Universidad Lomonosov, y había simpatizado con el Movimiento 26 de julio desde su creación en 1953. La historia oficial cubana afirma incluso hoy que en el siguiente año, Batista ordenó quemar su libro Geografía de Cuba, que acababa de publicar. ¿Semejante pira tuvo realmente lugar? No se conocen otras en tal época, y no se entiende qué es lo que podía el autócrata temer en un libro de geografía. Lo cierto es que su autor perdió su empleo y el Ballet lo contrató como administrador, pidiéndole representarlo en sus giras en el extranjero. Luego, “subió a la Sierra”, alcanzó el grado de comandante del Ejército Rebelde y combatió bajo las órdenes de Che Guevara.

Julio Martínez Páez, el médico ortopédico de la academia y de la compañía –dirigía, además, una asociación de apoyo al Ballet- , también tomó la decisión de combatir a Batista en los rangos de los Barbudos. Era un viejo comunista, puesto que había ya pertenecido al primer partido comunista cubano, y se había hecho amigo de Fidel Castro en la Universidad. En la guerrilla, alcanzó el rango de comandante. En el maquis, había hablado con Fidel Castro sobre la situación del ballet y el interés que el podría tener si lo sustentaba.

El 15 de febrero, un mes y medio después de la toma de La Habana por Castro, Alicia Alonso reencontraba al público cubano, en una función de gala otorgada, según el programa, “en honor del Ejército Rebelde y del gobierno revolucionario”. Ahí se precisaba que “la vida artística mundial [tenía] necesidad del renacimiento del Ballet de Cuba”. Fidel Castro, nombrado oficialmente primer ministro ese día, asistió a la función acompañado por Raúl y el comandante Camilo Cienfuegos. Julio Martínez Páez, devenido ministro de salud, hizo un discurso solemne en el que subrayó “la actitud patriótica de Alicia Alonso, que había rehusado ser un instrumento de la tiranía de Batista”.

En esa función, el Ballet presentó Las Sílfides, de Michel Fokine, Cuatro fugas, del músico cubano Edgardo Martín, y El cisne negro, bailado por la prima ballerina e Igor Youskevitch. ¿Castro fue seducido por la representación? Sus orígenes familiares no eran precisamente los que hubiesen podido atraerlo a la alta cultura; su padre, un gran propietario rural, era un gallego, un rústico, y su madre era hija de campesinos muy pobres. Pero algunas semanas más tarde visitó a Fernando Alonso en la noche. Venía acompañado por Antonio Núñez Jiménez. Alicia no se encontraba, había regresado a Estados Unidos donde debía bailar.

Castro, como de costumbre, tenía mucho que decir sobre casi todo. Los tres hombres hablaron de muchas cosas y ya era muy tarde cuando el Líder Máximo pensó que era tiempo de marcharse. Entonces se acordó, súbitamente, del motivo por el que había venido. Se viró hacia Fernando y le preguntó a quemarropa: “¿Para reorganizar el Ballet de Cuba, cuánto necesita?” Fernando garabateó algunos cálculos y respondió: “100 000 pesos”. Fidel dijo inmediatamente: “Les doy 200 000 pesos y ustedes deben hacer una buena compañía”. La revolución le ofrecía a Alicia cinco veces más de lo que Batista le había negado. Corrió el rumor, en 1959, de una liaison entre la bailarina y el Líder Máximo. Pero no fue nunca probada, contrariamente a otras que apuntan a las relaciones mantenidas por la prima ballerina con varios hombres, comenzando por su partenaire Igor Youskevitch. La liaison es aún menos probable ya que la Cobra Negra rechazaba por adelantado todo lo que pudiera hacer creer que su éxito se debía a otra cosa que no fuese su talento. Así, había mantenido a distancia al multimillonario cubano Julio Lobo. Locamente enamorado de ella, el “rey del azúcar” hubiese estado listo a firmar cheques en blanco para mantener al Ballet…También Lobo había cortejado a otras artistas -de Hollywood- como Joan Fontaine y Bette Davis, o la nadadora Esther Williams. ¿No se decía que llenaba de champán las piscinas de las estrellas que quería conquistar?

Por su parte, el Ballet había hecho público un manifiesto en el que expresaba su apoyo y su adhesión total a “la epopeya de la revolución cubana guiada por Fidel Castro”. Un auténtico pacto era firmado entre la bailarina y El Comandante. Cada una contaba con el otro para alcanzar sus objetivos.

* Carlos Rafael Rodríguez, eminente figura del Partido Socialista Popular, se unió a Fidel Castro ya en la Sierra Maestra. En 1976, fue hecho vicepresidente del consejo de estado y de ministros.

colaboradores  La Ballerine et El Comandante de Isis Wirth: Extractos en exclusiva
Foto Antonio Núñez Jiménez

 ©2013 Danza Ballet

 

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