La Bayadera del Ballet de la Ópera de París. Mathias Heymann, nace una estrella

La temporada de “La Bayadera” en el Ballet de la Ópera de París, a la que ya hizo referencia “Danza Ballet®” con un muy enjundioso artículo de Carolina de Pedro Pascual sobre la versión de Rudolf Nureyev que baila la compañía francesa, terminó justo el 2 de junio con el nombramiento de un nuevo danseur étoile, Stéphane Bullion, en el rol de Solor, que ya informó “Danza Ballet®”.

Y, el 31 de mayo, creo que nacía una estrella, aun si es danseur étoile desde el 16 de abril del pasado año. Me refiero a Mathias Heymann, Solor, junto a la danseuse étoile Dorothée Gilbert como Nikiya.

No es la primera vez que reseñamos entusiastamente las interpretaciones de Heymann. Dotado de una elevación bastante inusual, y de una acendrada esencia clásica, típicamente “parisina”, ha sin embargo crecido en los últimos meses, a pasos agigantados.

Desde el primer acto, esas cabriolas dobles y una prestancia escénica sutil, pero de una seguridad pasmosa, como si solamente le bastara el baile y nada más, auguraban una noche mágica…en lo que a este Solor le correspondía, eso sí. (Y al cuerpo de baile, probablemente el mejor del mundo, al menos en este “reino de las sombras”: una experiencia realmente “nirvanática”, por el pasmoso mecanismo de precisión de cada pie, cada pierna, cada port de tête, cada línea…)

En el segundo acto, voló en el gran manège. ¿Alcanza su salto un metro o más? Y es inaudible, suave como el resorte de un gato, pero con una elegancia que desarma. Sólo puedo pensar en el poder de, por ejemplo, un Carlos Acosta, a quien todavía veo “detenido” en el aire en ese propio segundo acto, y en la misma versión de “La Bayadera” en la Ópera de París muy pocos años atrás.

Ay, cabría decir: cuidado, Acosta. Heymann está a esa misma “altura”; aunque, por supuesto, ninguna comparación es apropiada, y en lo estricto artístico haya naturales diferencias, estimaría que Heymann ya es por derecho propio, revelado quizás en esta “Bayadera”, un formidable “rival” no sólo para sus magníficos, ¡ cómo!, colegas “étoiles” en la compañía francesa, sino para cualquier gran figura masculina en el mundo del ballet actual que se tenga a bien mencionar.

Y el clímax llegó en la difícil (conocidas son las endiabladas “dificultades” de la coreografía de Nureyev) variación del tercer acto, rematada por el espeluznante salto final.

Este extraordinario Solor, con quien el público se “desencadenó” como recuerdo haber pocas veces visto en la Ópera de París, apoya su juego escénico fundamentalmente en su prestación técnica y estilística, como ya sugería. Justo porque no necesita mucho más, dada esa reciedumbre clásica que parece venir de tiempos antiguos… Sin embargo, se vale de una interpretación fina, sosegada y comprensiva per se. El “problema” es que aun en esta contención dramática brilla tanto, que hizo palidecer a su Nikiya, Dorothée Gilbert, quien pese a su impecabilidad técnica y a la rapidez de sus giros, no pudo hacer mucho para contrarrestar armónicamente el influjo arrasante de Mathias Heymann.

Cierto que Gilbert anteriormente había interpretado sólo el rol de Gamzatti, que se trataba de sus primeras Nikiyas. Pero aún no hay interiorización del personaje (nada fácil, dicho sea; casi una suerte de Giselle), la mímica no es convincente –hubiese preferido a los bellos ojos de Gilbert menos abiertos-, los brazos no sugieren los estados de ánimo con suficiente elocuencia, la “variación de la serpiente” no fue acaso prístina. Hubo momentos dramáticos, no obstante, como el final de la pelea con Gamzatti. Gilbert mejoró notablemente en el tercer acto, abstracto, desde luego, es decir, más “fácil”. Su adagio fue irreprochable.

La première danseuse Ludmila Pagliero, de origen argentino, parecía más confortable espiritualmente en el baile en pareja con Mathias Heymann. Tuvo algunos “traspiés” en los fouettés, pero aunque no es del todo imponente (Gamzatti es asimismo un rol teatral que demanda de fuste) el balance fue positivo, por tratarse de sus primeras Gamzatti, y especialmente porque pareció “responder” a Heymann, aun si tan sólo algo más que Gilbert.

Que si esta “Bayadera” tuvo un nombre fue el de Mathias Heymann, y el “anónimo” del cuerpo de baile.

También, acaso (que el tiempo de su variación es corto), el del premier danseur Emmanuel Thibault en el “Ídolo dorado”, remitente a Shiva, el dios de la danza en el panteón hindú. Tan virtuoso en el maquillaje dorado que usa en todo en el cuerpo como en su ballon, Thibault rebota como una bola…

La ejecución de la Orquesta Colonna, bajo la dirección de un enérgico pero sensible y atento, Kevin Rhodes, le otorgó bastante espesura a la partitura de Ludwig Minkus. Y, como siempre, uno se extasía contemplando el verdadero sueño oriental de Nureyev, en los diseños de Ezio Frigerio y Franca Squarciapino.

Ésta la más bella y refinada producción de “La Bayadera”.

Ballet Opéra Paris “Bayadère” Nureyev. Dorothe Gilbert and Mathias Heymann in the roles of Nikiya and Solor.

Mathias Heymann interprète Solor dans La Bayadère. © Little Shao/OnP

Mathias Heymann dans Afternoon of a Faune de Jerome Robbins. © Agathe Poupeney/OnP

© 2005 Danza Ballet®