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La dama de las camelias: lágrimas y aplausos

10 marzo, 2010
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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Ballet de la Ópera de París

Si no existiera, hoy, la Ópera Garnier en París, el mito hecho letra de la “dama de las camelias” acaso sería más pálido. Marguerite Gautier (Marie Duplessis, su nombre real) amaba intensamente el teatro, e iba cada noche, incluso ya muy débil, hacia el fin de su corta vida. Hombres la llevaban en andas a su palco.

Si bien el Palais Garnier se construyó años después de su muerte, es el escenario ideal para sentir el mito y el fantasma, como si lo hubiese habitado siempre. Pocas historias, por demás, son tan “parisinas” como la de esta cortesana con alma de artista que inmortalizó Alexandre Dumas, hijo.

Creí que estos ecos se despertaron con una delicadeza tan inusitada como fuerte en la temporada de “La dame aux camélias”, de John Neumeier, por el Ballet de la Ópera de París, durante el pasado mes de febrero. No diré que en el aire había olor a camelias, no, que esto era un recurso de Antony Tudor, en su “Lilac Garden”: perfumaba el teatro con lilas. Pero la excitación del público flotaba, y enardecía.

Nos podrá gustar menos o más este título de Neumeier, estrenado para el Ballet de Stuttgart en 1978 (con Marcia Haydée), y que la compañía francesa posee en su repertorio desde 2006. “El tiempo pasa”…y más en lo coreográfico, como en el cine, que en otras artes. Diez años, incluso, son una eternidad para avejentar a un estilo, que aquí es el más “clásico” de Neumeier, y todavía bastante pleno de las influencias de John Cranko.
 
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Delphine Moussin  – Sébastien Mathé, Ópera National de Paris


Pero esto es el “ojo” del crítico, que no suele coincidir varias veces con la respuesta que una obra determinada provoca en el público, al que no por gusto se le llama “respetable”.
Y cuando el crítico incluso experimenta que su análisis “frío” es desbordado por la emoción, y se seca algunas lágrimas (específicamente, en el pas de deux de Marguerite con Duval padre – Andrei Klemm, artista invitado-; y en el pas de deux de la “ruptura” con Armand), no queda sino decir que se ha presenciado un título quizás imprescindible en el ballet de las últimas décadas, que llena teatros…y purifica, en el sentido de la energía transformadora del arte.

A olvidarse de las contenciones, y a decir: ¡viva John Neumeier!, ¡viva el Ballet de la Ópera de París!, que, ciertamente, la compañía de ballet más antigua del mundo acusa una sensibilidad distintiva para iluminar a la “poesía” de Neumeier.

Se perdona que el ballet, en un prólogo y tres actos (para casi tres horas de duración), sea demasiado largo, aunque la habilidad dramatúrgica del norteamericano que dirige hoy el Ballet de Hamburgo haga que en otro plano el tiempo se evapore. Desmiente así una máxima que de las novelas y las obras de teatro, al ser utilizadas en danza, sólo hay que tomar una parte…

Se le “perdona”, asimismo, que insista en el juego de espejos con la historia de “Manon Lescaut”, aun si ya está contenida la referencia en la novela de Dumas, y que uno, en la función que vimos, se complazca en el brillo, cada vez más, del danseur étoile Mathias Heymann como Des Grieux.

Nada a “perdonar”, por el contrario, en el uso de la música de Frederic Chopin, quizás la “única” que podía ser, que la de, digamos (para continuar en el “tono” del mito y de la propia escena de la Ópera), “La Traviata” de Verdi, pese a su indicador en el imaginario artístico, excede la introspección que es la marca de Neumeier.

Los diseños de escenografía y vestuario de Jürgen Rose (“habitual” de Cranko) son acertadamente “clásicos” (para el romanticismo de “La dama de las camelias”, una falta de “estilo” sería un crimen, porque el mismo es la imagen, todavía, del arte del ballet, en tanto concomitancia temporal, como saben), pero menos cargados que en otras obras suyas.

Apuntaba que dos pas de deux lograron que se enjugaran lágrimas. (Ya mencioné a Klemm, el padre, en lo que la ópera de Verdi corresponde al “sacrificio”.). La danseuse étoile Delphine Moussin, Marguerite, conmovió sin apenas esfuerzo, siendo ella misma. ¿”Milagro”? Sin duda: ese donde no hay interpretación escénica, sino carne, sustancia real.

Karl Paquette, recientemente promovido a danseur étoile tras “Cascanueces” el pasado 31 de diciembre, pese a su innegable capacidad interpretativa y a su presencia más romántica que nunca, acaso no era la pareja ideal para la fina Delphine, pero en el tercer acto, cuando los amantes se re-encuentran inútilmente, pues Marguerite abandona a Armand durante el sueño, alcanzó el impacto.

Más lágrimas y aplausos.

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Delphine Moussin  – Andrei Klemm – Sébastien Mathé, Ópera National de Paris

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