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La muerte de Serguéi Diáguilev

22 julio, 2007
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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Muerte en Venecia.

La muerte de Serguéi Diáguilev y las disputas posteriores entre sus dos últimos amantes.

Por entonces, su diabetes empeoró, y había perdido el gusto a la vida, pese a su “liason” con el joven y bello Lifar.

Dicen que para los novelistas, lo importante no es tanto escribir una buena novela sino encontrar un buen titulo. Thomas Mann acaso es un acertado ejemplo con su “Muerte en Venecia”. Entre otras “muertes venecianas”, la de Diaghilev es representativa de tal imaginario con la ciudad de los dogos: el creador de los Ballets Rusos “tenía” que morir en Venecia.

En el momento de su muerte, el 19 de agosto de 1929, al amanecer, tres personas estaban en su cuarto del hotel: Serge Lifar, Boris Kochno (sus dos últimos amantes) y Missia Sert, quien había venido desde Paris con Coco Chanel en el yate del duque de Westminter, luego del telegrama de Diáguilev: “Vengan urgente. Estoy enfermo“. Chanel, sin embargo, no estuvo presente cuando su amigo murió.

La salud de Diáguilev se había deteriorado en los últimos tiempos. La diabetes que padecía empeoró considerablemente, y quedaba poco de su legendaria energía. Había perdido el gusto a la vida, pese a que vivía una “liason” con el joven y bello Lifar.

Curiosamente, la relación entre ambos había comenzado en Venecia, cinco años antes, el 20 de agosto. El amor, el otro lugar común del imaginario occidental en relación con Venecia.

Desde que Lifar arribó a los Ballets Rusos, proveniente de Kiev, Diáguilev comenzó su acoso.

El inexperto Lifar se resistía. Un día, en la playa de Montecarlo, Diaghilev lo detuvo y le dijo: “Si yo lo he detenido, jovencito, es en vuestro interés. Yo me intereso en usted después de cierto tiempo. Yo quiero ayudarlo a desarrollar su talento, pero usted no se da cuenta y huye de mí como una bestia salvaje. Haga lo que quiera. Si usted piensa que le voy a suplicar de rodillas, se equivoca”.

Y, como Lifar no respondió, Diáguilev perdió los estribos, y rojo de cólera, le gritó: “¡Se equivoca completamente conmigo, jovencito!”

De vuelta a París, Lifar, de 19 años, quiso regresar a Kiev, decía él, y prometió a Diáguilev retornar en dos meses. Pero, viendo la reacción turbulenta de Diáguilev, le dijo de pronto que su partida era definitiva.

Diaghilev tomó una silla y la lanzó contra la pared: “¿Usted tiene el coraje de decirme eso? Fui yo quien lo hizo venir de Rusia. Fui yo quien ha intentado que aprenda a bailar. Y ahora, que yo cuento con usted, me dice que se va. Todo su porvenir depende de mí. Pero, sí, váyase, no me gustan los ingratos. ¡Váyase al diablo!”.

Esto quizás impresionó a Lifar, pues aceptó ir a Italia, a perfeccionarse con Cecchetti, según idea de Diáguilev. Entonces, el empresario renovó su acoso. Sus telegramas iban y venían (“Estoy en Turín”, “Mañana llego a Milán”), hasta que finalmente se encontraron en Venecia en el verano de 1924, y, también finalmente, Lifar cedió.

Cuenta Vladimir Fedorovski en “La historia secreta de los Ballets Rusos” cómo fue la muerte de Diáguilev.

Unos días antes, Lifar, quien pasados esos cinco años, ya amaba a Diaghilev, se alarmó con el pedido de su tocayo de cambiar la posición de su cama de enfermo. Era un signo de muerte inminente.

El 18 de agosto, Lifar hizo venir un cura ortodoxo de la iglesia griega.

Diáguilev entró en coma. Cuando “dio su último suspiro”, Lifar estaba a su lado derecho, Kochno (su secretario, el rival de Lifar), a la izquierda. Missia Sert, a sus pies.

Y, una vez muerto, de la tragedia a la comedia: Lifar y Kochno pasaron a disputarse el cuerpo sin vida. Rodaron por tierra, y se mordieron como perros. Kochno tuvo que contentarse con ocuparse del funeral junto con Missia, y Lifar se encerró solo con el cadáver.

No obstante, en el entierro, Lifar y Kochno volvieron a encontrarse en la primera de las tres góndolas, en la que iba el féretro. El cortejo arribó al cementerio ruso de la isla San Miguel, los dos portaron el ataúd, de rodillas, hasta la tumba…a la cual intentó lanzarse Lifar.

Se decía que Diáguilev le tenía miedo al agua porque una gitana en Petersburgo le había dicho que moriría en el agua.

Modo de ver una “muerte en Venecia”.

Balanchine, sin embargo, opinaba acerca de esta profecía: “¡Tonterías! Porque Diáguilev hubiese podido, también, morir en París”.

the ballet russes colaboradores  La muerte de Serguéi Diáguilev
Sergei Diaghilev. Photo: Getty

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