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La Sirenita por el Ballet de Hamburgo

12 noviembre, 2007
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La Sirenita es el propio Andersen.

John Neumeier había estrenado este ballet, sobre Hans Christian Andersen, en marzo de 2005 para el Real Ballet Danés, dedicado a la reina Margrethe II.

Ahora lo ha retomado con su compañía, el Ballet de Hamburgo, pero la partitura original de Lera Auerbach ha conocido algunos cambios en la versión alemana.

El foso de la orquesta en Copenhaguen fue inusualmente grande: de unos cien músicos entonces, a los aproximadamente 70 que impuso Hamburgo. Auerbach –nacida en Siberia, residente en Nueva York- redujo y concentró la obra, y le confirió a algunas escenas “otra energía”.

Ya sabemos que Neumeier no se va a limitar a seguir la historia como ésta se ofrece. Le va a buscar “otra vuelta de tuerca”. Basado en que los estudiosos de la obra de Andersen consideran que la Sirenita es probablemente la autobiografía que no escribió como tal, Neumeier desarrolla esto a partir de que el escritor se devastó con la boda de su amigo Edvard, a quien amaba. El Príncipe de La Sirenita es Edvard, y ella es el Alter-ego del propio Andersen: el amor que no es correspondido. En el ballet, el Poeta (Andersen), el magnífico Lloyd Riggins, introduce y guía el cuento, de la mano de su creación, la irredenta Sirenita. Los dolores como cuchillos que ella siente en sus piernas humanas, el sacrificio al que se ha sometido para obtener en vano el amor del Príncipe y un otro mundo que desea –insiste Neumeier-, diferente al suyo, son esos “ sufrimientos sobre los que uno ni habla ni con su más querido amigo”, según le decía Andersen en carta a Edvard poco antes de su matrimonio.

Reloj en mano, conté durante la duración de los dos actos (135 minutos, sin el intermedio) cuándo comenzaría a aburrirme: ello no sucedió. Sobre todo, el ritmo del segundo acto es el más terso y trepidante. La habilidad narrativa de Neumeier –su especialidad- aquí se consuma. Estructura dramática y coreográfica –esta vez, se baila bastante- van de la par, pero lo fundamental es la visión de Neumeier: la “estructura” es su pensamiento. La tensión proviene de cómo explota el tema en su profundidad psicológica, y conmueve porque hace ver que la Sirenita es el sueño imposible, aún más trágico – sólo desde el punto de vista temático- que en la misma “Giselle”.

Hay un cierto gusto en el segundo acto a “El lago de los cisnes” de Matthew Bourne, pero ello puede estar justificado por la complacencia en las numerosas citas musicales e incluso del repertorio del ballet en las que se prodiga la partitura de Auerbach, por demás adecuadamente funcional, sin falla. A señalar, el uso del “misterioso” instrumento theremín, inventado por el físico ruso Lev Termen en 1919, para dar voz a la atracción de la Sirena, en la tradición de Ulises.

Si no hubiese sido porque Silvia Azzoni (la Sirenita) tomó la delantera en el segundo acto, habría pensado que la obra se había construído sobre la fuerte personalidad del delicioso Carsten Jung, el Príncipe.

Los diseños de escenografía, vestuario y luces, firmados por Neumeier, son de un gusto ejemplar, y el peligro del Kitsch al que conduce ese mundo perdido del mar es sorteado con ingenio y con ese extra del talento plástico del coreógrafo que denominan “poesía”.
Lo único que me molestó es que a veces el Poeta apareciera con un oso de peluche en la mano. Contraproducente, porque esta obra tan diáfana y delicada no necesitaba de esa niñería manida para connotar la “Sehnsucht”.

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