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La Source – Ballet de la Opera de París

30 octubre, 2011
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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“La Source”: viaje a un pasado de esplendor romántico.

El Ballet de la Opera de París ha estrenado “La Source”, coreografía de Jean-Guillaume Bart, en la Opéra Garnier, que se mantendrá hasta el próximo 12 de noviembre.

Antes de continuar, se impone decir que no se trata de una “reconstrucción” del ballet homónimo de Arthur Saint-Léon, con música de Ludwig Minkus y Léo Delibes, estrenado en la Opera de París en 1866.

Con la misma partitura (versión de Marc-Olivier Dupin), aun si los tres actos y cuatro escenas de la creación de 1866 se han reducido a dos actos y tres escenas, y aun si algunos pasajes de Minkus se han sustituido por otros menos conocidos de la obra de Delibes, Jean-Guillaume Bart ha creado un otro ballet, sin ninguna referencia “arqueológica” ni lingüística. (La labor de reconstrucción hubiese resultado ardua puesto que los archivos de “La Source”, que alcanzó 69 representaciones, desaparecieron con el incendio de la ópera de la rue Le Peletier en 1873.) Asimismo, el libreto original de Charles Nuitter ha sido re-trabajado por el actor y director de escena de la Comédie-Française Clément-Hervieu Léger y el propio Bart. Notablemente, se eliminaron dos personajes.

Se trata de una obra “à part entière”. Pero hay más.

Es una creación de lujo, no solamente porque el autor de los diseños de vestuario (exquisito) sea el conocido modisto francés Christian Lacroix, o porque Swarovski haya contribuido a la realización de los trajes. (El brillo de esas piedras de cristal es agradablemente reconocible.)

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Charline Giezendanner (Dadje) – Photo Anne Deniau, Opéra national de Paris

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Myriam Ould-Brahamn (Naila), Josua Hoffalt ((Djemil), Muriel Zusperreguy (Nouredda.)
Photo Anne Deniau, Opéra national de Paris

Lo es también porque además de la participación ya señalada de Lacroix y de Clément-Hervieu Léger, se unió al equipo como diseñador de la escenografía el actor de la Comédie-Française Eric Ruf, quien además de gran actor (y uno de mis preferidos en el “Français”) es un reputado escenógrafo. Sus diseños para “La Source” ostentan una cualidad original: juega con la misma tradición iconográfica de la Opera Garnier, la más íntima y propia al teatro (sus colores particulares, por ejemplo, como el del terciopelo rojo, su cortina o el oro viejo), para situar los disímiles ambientes con maestría evocadora y refinada. Este juego remite a la visión de continuidad de la tradición que encarna “La Source”.

Y, desde luego, Jean Guillaume-Bart, ex-danseur étoile de la Opera y actualmente profesor de ella, quien ya había firmado piezas para el Jeune Ballet de France, la escuela del English National Ballet, la École de Danse de la Opera de París, o una versión de “El Corsario” para el Teatro Federal de Ekaterinburg en Rusia, y que ahora con esta “Source” que era un proyecto suyo desde al menos 1997 (“mi sueño de niño, expresó. Algunos dicen ‘ver Venecia y después morir’, yo lo traduzco por ¡‘montar La Source y morir!”), demuestra ser un coreógrafo a quien hay que tener en más que consideración.

“La Source” es un ballet romántico, alineado en la vertiente orientalista: tiene lugar en el Cáucaso “exótico”. Su trascendencia más conocida es la del “Retrato de mademoiselle Eugénie Fiocre”, de Edgar Degas. Mademoiselle Fiocre fue la Nouredda de la creación. Su retrato, en la interpretación de la obra, fue el primer lienzo que Degas realizó sobre el tema de la danza. Ya sabemos el resto de la historia…

No sin recordar a Ondina (pero también a “La sílfide”, presente sin dudas en Saint-Léon y Nuitter), el libreto cuenta que Naila, el espíritu de la fuente, se enamora del cazador Djemil, quien ama a Nouredda, prometida al Khan de Gengeh. Cuando Naila se percata que no puede ser la rival de Nouredda, se sacrifica, muriendo, para que Djemil y Nouredda puedan amarse en plenitud. La pasión humana ha sido más fuerte que el mundo del “más allá”, de la mano éste de los espíritus de la naturaleza. Lo terrestre ha vencido a lo ideal impalpable. Sin embargo, este triunfo se concreta paradójicamente por la intervención de lo sobrenatural, aun si por medio del sacrificio de Naila, a su vez poseída por lo humano, al enamorarse de Djemil.

Uno de los grandes aciertos de esta “Source” es su dramaturgia, efectuada conjuntamente, como ya apuntado, por Clément-Hervieu Léger y Jean-Guillaume Bart. La legibilidad es extrema: realmente, no hay que echarle un vistazo a lo que se denomina “notas al programa”. Más aún, se logra el “suspense”, antes del desenlace. No se sabe cómo van a comportarse los personajes, síntoma del interés que se ha despertado, y uno sigue la trama con atención concentrada. (Es un triunfo, puesto que una de las críticas del estreno de 1866 consistió en que el argumento era muy complejo y no se podía seguir.) El desenvolvimiento de la historia va “guiando” a la coreografía, a la manera de una fusión.

Jean-Guillaume Bart es un coreógrafo que proclama a quien quiera oírlo (¿“el que tenga oídos para oír, que oiga”?) un cierto manifiesto clásico. Cree profundamente en las virtudes del lenguaje clásico, en su capacidad comunicativa y expresiva. Similarmente a Balanchine, estima que es más un “arreglista” que un coreógrafo. O sea, “arregla”, ordena los pasos de un vocabulario existente. Quizás por ello no es casual en “La Source” una cita a Balanchine, de las Esmeraldas de “Joyas”. Pero también son discernibles citas a “Giselle”, o incluso a “El lago de los cisnes”. Las citas, no obstante, no obedecen a la referencia en sí, sino a una necesidad. “Yo no invento pasos, dice Bart, pero los agencio según mi manera, mi pensamiento”. Y éste es sólido, y claro. Hay dexteridad y comprensión. Notable es su manejo de los grupos, tanto en los feéricos de los conjuntos de las ninfas que constituyen el séquito de Naila, como en los que apuntan a “danzas de carácter”, para las que Bart realizó una acuciosa investigación del folclor caucasiano. Notable, asimismo, el tratamiento coreográfico otorgado al elfo Zael (una suerte de Puck shakesperiano), y a otros cuatro elfos, caracterizados por la rapidez del trabajo de las piernas, con insistencia en la pequeña batería, los brisés, los saltos restallantes. Alessio Carbone, como Zael, alcanzó cuotas técnicas e interpretativas de un valor delicioso.

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Cuerpo de ballet – Photo Anne Deniau, Opéra national de Paris

Aunque Bart no se haya propuesto conscientemente un acercamiento al estilo romántico histórico –incluso, como ya señalado, hay una apropiación del estilo particular de “El lago de los cisnes”-, el resultado es romántico por derecho propio. Los port-de-bras parecen evadirse en su ligereza, en su cualidad aérea y descarnada. Quizás este acercamiento esencial a un pasado determinado de la historia de la danza clásica, en este caso el romanticismo, pueda ser más válido –sin por ello menoscabar la faena de las “reconstrucciones” y sus “arqueólogos”- que el proponerse rescatar un título como si se tratara de contemplar una obra en un museo de bellas artes. En otras palabras: por el camino de intentar crear otra obra, sin “reconstruirla” pero tampoco haciendo tabula rasa de la tradición que connota, acaso el resultado que se ha logrado es más interesante -¿y efectivo?-, pero ciertamente más vital y fresco, porque Bart no estaba limitado a ceñirse a un “estricto manuscrito lingüístico”, tan controvertido por la otra parte.

Bart, además, es intensamente musical. Por cierto, es raro que un mismo ballet ostente la firma de dos compositores en su partitura. Desde luego, no es el caso de varios ballets del siglo XIX que han llegado hasta hoy ostentando la firma de más de un compositor, incluso de varios, como es ese “puzzle” de “El Corsario”. Ello se debe, como sabido, a que en las sucesivas reposiciones de la obra en cuestión, se le agregaban fragmentos que el coreógrafo le pedía, según su necesidad (o lo que creía ser ésta: entonces, en el ballet, no existía el concepto de derecho de autor respecto de un título), a otro compositor.

Por el contrario, para la creación de “La Source”, el entonces director del Ballet de la Opera, Émile Perrin, le pidió al vienés Ludwig Minkus, ya establecido y famoso en Rusia, una parte de la partitura, y la otra, al joven compositor francés Léo Delibes, para lanzarlo, aunque ya se reconocía su talento. (Hoy, la sucesora de Perrin, Brigitte Lefèvre, no vaciló en llamar a tal pléyade de talentos diversos, y sobre todo, confió en lo que “La Source” podía revelar.) Como en su estreno de 1866, hoy se reconoce con facilidad el estilo de cada compositor. (En la distribución actual, el primer acto es de Minkus; el segundo, de Delibes, y en éste, la segunda escena, la del Sacrificio, de los dos.) A señalar la interpretación de la Orquesta de la Opera nacional de París, dirigida por Koen Kessels.

Respecto de las interpretaciones de los bailarines (yo ví el segundo elenco), además de la ya apuntada del premier danseur Alessio Carbone como Zael (fue un cierto héroe de la noche, y sus manèges del segundo acto permanecerán en la memoria), la de la première danseuse Myriam Ould-Braham como Naila es sobresaliente. Evanescente, frágil, incorpórea (todos los adjetivos que los críticos del siglo XIX usaban, son aplicables, y mi intención es ser anti-hiperbólica, pueden creerme) pero también brava (no duda en “tirarse” a los brazos de su partenaire desde una buena distancia), aclara variaciones y adagios con una prestancia que parece provenir directamente del siglo XIX. El espíritu del romanticismo se hizo carne y habitó entre nosotros. Ould-Braham fue un halo de luz. Uno podía pellizcarse para comprobar si no se estaba soñando…”Sueño”, “rêverie” si se quiere, al que Ould-Braham contribuye –y excele- más que nadie en su calidad de protagonista, pero es también propiciado por el cuerpo de baile de las ninfas, y naturalmente, por la construcción coreográfica de Bart: los “lifts” de los adagios son de calidad dibujada, y sin embargo, parece desaparecer Ould-Braham en el aire…

El premier danseur Josua Hoffalt como Djemil confirmó de nuevo que es un favorito. Alto, de bella línea, elegante, virtuoso (giros à la seconde sostenidos, saltos elevados, manèges elásticos), debe continuar haciendo carrera, lo mismo que esta revelación de Ould-Braham.

Christophe Duquenne, también premier danseur, dio todo el carácter exigido a Mozdock, el hermano de Nouredda. Ésta, a cargo de la première danseuse Muriel Zusperreguy, fue la asunción más pálida, pero correcta en definitiva.

Es probable (aclaro que especulo, no he leído ninguna crítica sobre la obra, lo cual tampoco hago antes de escribir la mía) que a algunos les pueda parecer “La Source”, aunque la disfruten, un ejercicio si no vano, mecánico, en tanto se suceden con intensidad escenas, pas de deux, variaciones de solistas, conjuntos. A quienes les produzca esta sensación, es porque no han aprehendido, aún, lo clásico. Quien tiene, como siempre, la palabra que cuenta, es el público. Y éste se expresó, arrobado. Creo no equivocarme si le vaticino a esta “Source” un éxito creciente.

Pueden congratularse Brigitte Lefèvre, Jean-Guillaume Bart y todo el equipo, asi como la compañía en general. Han realizado un viaje al pasado del esplendor romántico, el suyo propio, y de ninguna otra compañía. Que las sombras y los espíritus no por gusto deben permanecer en la Opera Garnier, pero sin metafísica alguna –aunque sea justo la sustancia del romanticismo- es la tradición viva de la “Maison”, y de la escuela francesa, la que se ha manifestado.

El Ballet de la Opera de París ha podido mostrar, así, que es ese cierto “non plus ultra” de la danza clásica.

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Alessio Carbone (Zael) – Photo Anne Deniau, Opéra national de Paris

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Myriam Oull-Braham – Photo Anne Deniau, Opéra national de Paris
 

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