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Les Étés de la Danse – Ballet de Novossibirsk

29 julio, 2010
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colaboradores   Les Étés de la Danse   Ballet de Novossibirsk
Una Bayadera memorable.

El festival de verano parisino, “Les Étés de la Danse”, inaugurado en 2005 con el San Francisco Ballet, propone cada año el encuentro del público francés con una notoria agrupación. En 2006, fue el Alvin Ailey American Dance Theater (que repitió en 2009); en 2007, el Ballet Nacional de Cuba; en 2008, Les Grands Ballets Canadiens.

Por colaboradores   Les Étés de la Danse   Ballet de Novossibirsk Isis Wirth (París)

Ahora fue el turno del Ballet de Novossibirsk, en Siberia, fundado en 1945, reputado entre las más importantes compañías rusas, tras el Bolshoi y el Mariinsky, y dirigido desde 2006 por Igor Zelensky.

La “troupe” siberiana regresaba a Francia 43 años después. En 1967 habían hecho una gira en el país, precedida por la visita a la capital de Siberia un año antes de Charles de Gaulle…

Durante este mes de julio, se presentaron (con varios programas) en el Teatro de Châtelet, ese que acogió el debut de los Ballets Rusos de Diaghilev en 1909. ¿Había una impresión de “déjà vu” en el aire? Al menos, estos otros rusos, por el nivel adorable de la compañía y su cierta tradición e incluso frescura, ameritan el recuerdo de aquellos de Diaghilev.
 

colaboradores   Les Étés de la Danse   Ballet de Novossibirsk

Ballet de Novossibirsk, "Bayadere" –  Photo Derechos reservados

Cerraron la temporada con “La Bayadera”, en la versión remitente al Mariinsky, desde luego. O sea, la de 1941 de Vakhtang Chabukiani y Vladimir Ponomarev, con los agregados de Nikolai Zoubkovski y Konstantin Sergueev, y esta puesta en escena de Zelensky data de 2007.

De entrada, digámoslo ya: los diseños de escenografía y, en parte, los de vestuario, bordean peligrosamente el Kitsch, si no es que lo representan en esta visión de pacotilla de la India. Pero los rusos la asumen, con la misma ingenuidad de tal “visión”, de modo que su candor sincero hace olvidar los entuertos plásticos.

Un candor similar al del apasionado director Andrei Danilov (de Novossibirsk), al frente de la Orchestre National d’ Île-de- France, extrayéndole a la partitura de Ludwig Minkus si bien lo que no posee en lo absoluto, al menos una corrección atentiva.

El cuerpo de baile femenino fue bastante espectacular, en lo que se requiere, en ese misticismo abstracto de la escena de las Sombras, en el tercer acto. El trabajo del torso, el delicado estilo en los port-de-bras, la sincronización y la homogeneidad de las líneas, son a señalar. Refinamiento e intrínseca comprensión, aquí no faltan.

Sin embargo, otras escenas, como la denominada “danza manou” del segundo acto, no logran convencer, y no se trata de ausencia de pericia… Prefiero, en este caso, una cierta “introspección”, más creíble en sus resultados estilísticos y hasta en un compromiso sorpresivamente más visceral, como los del Ballet de la Ópera de París, en la versión de Nureyev de “La Bayadera”, que, voilà, se volvió a ver en el pasado mayo en el Palais Garnier.

Donde esta “Bayadera” fue memorable, radicó en sus intérpretes principales, además de ese exquisito cuerpo de baile en el tercer acto.

Incluso, los que asumieron los roles del Rajá (Serguei Samoylenko) y el Brahmán (Evgueny Grashchenko), se destacaron por la acompasada espesura dramática, sin estridencia alguna, con la que otorgaron una verosimilitud necesaria.

La Gamzatti de Anastasia Kolegova, toda una revelación, brillante y poderosa, acaso habría podido hacer borrar que su rival “en el corazón” de Solor era interpretada por… Diana Vishneva, invitada del Mariinsky.

Kolegova le insufla a la decidida Gamzatti el ímpetu de una realeza, y hasta “superioridad” clásica en el sentido más profundo, que habitualmente no suele ser proyectado en este rol, presentado acaso con vulgaridad eminentemente secundaria.

Para el Ídolo dorado de Semyon Velichko, aplausos y más aplausos…Recepciones en el suelo tras los saltos, perfectas. Cuánto nos hubiese gustado verlo en el propio Solor, aunque fuese tan sólo por tenerlo más tiempo sobre la escena, pues ya con su impecable Ídolo efectuó la conquista plena.

Igor Zelensky, como Solor, demostró que, para él, el tiempo físico todavía no ha pasado, sobre todo en el manège de la variación del tercer acto. Su asunción del guerrero es tan aristocrática como la Gamzatti de Kolegova. Se vió a un puro príncipe, delicioso en su más allá de nubes (no sólo las del opio) y confusiones sentimentales.

Quien ofreció el equilibrio (asi como el puente dramático, y no sólo el del otro “elemento” del triángulo amoroso) entre estos dos seres “irreales” (aunque la Gamzatti de Kolegova es rotunda en su misma altanería), fue la Nikiya de la, sí, gran Diana Vishneva.

Lirismo irreprochable, suavidad, y un íntimo “sufrimiento”, matizado, que parecía venir de muy lejos. Sin embargo, son más nítidos expresivamente sus dos primeros actos que el tercero, el cual, en principio, suele ser más asequible.

Pero Vishneva es quizás la mejor Nikiya que he visto, en lo que respecta al “canon” de la escuela rusa.

Curiosamente, esta “Bayadera” tuvo lugar el pasado 20 de julio, cuando se cumplía el centenario de la muerte de Marius Petipa, su creador.

Su espíritu, sin dudas, tuvo que haber revoloteado esa noche, por la prosapia con que fue encarnado.

  



 

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