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Les Étés de la Danse: Paul Taylor Dance Company (II)

23 junio, 2012
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Entre puras luces y una sombra.

El programa de la noche del 21 de junio en el Teatro Nacional de Chaillot incluyó “Aureole” (opus 30, 1962); “Big Bertha” (opus 50, 1970); “Roses” (opus 82, 1985); y “Company B” (opus 96, 1991).

Gracias a Les Étés de la Danse, París está de fiesta. Ver esta retrospectiva, que se extenderá hasta el 28 de junio –cada noche con un programa diferente- de la obra de Paul Taylor es un lujo.  (El festival continúa con la Alvin Ailey American Dance Theater entre el 25 de junio y el 21 de julio, en el Teatro Châtelet.)

Si “Esplanade” (opus 61, 1975) es una obra maestra –que ya comentamos en la reseña anterior-, “Aureole”, cuyo quincuagésimo aniversario se celebra, no lo es menos. Calificado como el “ballet blanc” de la “modern dance” por su estilo “clásico” en el sentido de danza pura, es una joya resplandeciente de musicalidad y movimiento suave con una cualidad que parece “envolver” a las notas de Händel (Allegro del concerto grosso en do mayor; larghetto del concerto grosso en fa mayor; andante, non presto del concerto grosso en do mayor y extractos del oratorio “Jephtah”).

El propio Paul Taylor cuenta: “En la época –los años sesenta- la ‘modern dance’ guarda sus distancias con el lirismo, y toda música melódica, que brinda demasiada seguridad. Se prefiere entonces a Bartok, y para el American Dance Festival que me pide una obra, no era cuestión de hacer algo ‘pasado de moda’. Siempre reticente a seguir las tendencias de la moda, escogí a Händel”.

Para cinco bailarines (Michael Trusnovec, Amy Young, Michelle Fleet, Francisco Graciano y Heather McGinley), sus 17 minutos de duración se caracterizan por las numerosas entradas y salidas de los intérpretes, tanto que, en el decir de Paul Taylor, “los momentos más ‘interesantes’ se pasan tras bambalinas, cuando los bailarines tienen que correr en la oscuridad detrás de la cortina, para pasar de un lado a otro del escenario y no llegar tarde a su siguiente entrada. Sobre todo después de algunas colisiones hurañas, aparecen en escena con una amplia sonrisa, mostrando una serenidad angélica”.

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“Company B”, Francisco Graciano. Foto: Paul B. Goode
Paul Taylor Dance Company (II)

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“Company B”, James Samson. Foto: Paul B. Goode
Paul Taylor Dance Company (II)

Aunque es vivaz y parece rebotar todo el tiempo, tal “serenidad angélica” es su sello. Es una obra radiante, habitada por la gracia. Se comprende por qué es mítica. Ahí está el estilo de Paul Taylor: esa fluidez armoniosa, el gran tono, los acentos musicales de la mano de todo el cuerpo, líneas cuidadas (con construcciones plenas de inventiva), la danza entendida como jubilación y gozo. “Aureole” proyecta luz en quién la ve.

Cada uno de los bailarines es una personalidad en sí mismo, y recuerdo que el nivel físico exigido es alto. Todos fueron impecables; destacaría al bello e intenso Michael Trusnovec, a la fina Amy Young y a ese dotado de Francisco Graciano.

No pudiera concebirse un contraste más profundo entre la luminosidad de “Aureole” (pero también con el lirismo elegíaco de “Roses” o la explosión de vida de “Company B”) y lo oscuro, extraño y aterrador de “Big Bertha”. Uno siente en las tripas el malestar que provoca.

Una gentil familia de americanos medios (el padre, la madre y la hija) viene a divertirse al parque de atracciones de Luna Park. Se detienen frente a un organillo que emite melodías. De pronto, la muñeca autómata (llamada “Big Bertha”, en alusión a la gran pieza de artillería alemana de la Primera Guerra mundial, que fue sinónimo de destrucción masiva) que lo decora cobra vida, y bajo su dominio maléfico los tres humanos descienden al infierno, enloquecidos y fuera de control. El padre viola y mata a la hija, la madre quiere seducir a la propia “Big Bertha”. La mujer es aniquilada y “Big Bertha” se apodera del espíritu del padre, quien hace una especie de simbiosis con el diabólico autómata.

Los autómatas han producido siempre en el imaginario estas pesadillas metafísicas. Pero uno no entiende muy bien la puesta en relación de la grotesca muñeca con los instintos más bajos o los deseos reprimidos. Quizás en la época de su creación (1970), era otra cosa. ¿O se trató tan sólo de que Paul Taylor quiso provocar? “El ballet que comienza en comedia y termina en tragedia”, no es agradable y no deja de estar permeado por el Kitsch, acaso consustancial al ambiente de feria.

Sus intérpretes fueron: Robert Kleinendorst (Big Bertha), Sean Mahoney (Mr. B), Eran Bugge (Miss B) y Laura Halzack (Mrs. B), quien fue perturbadoramente sensual.

Eso sí, la musicalidad de Paul Taylor se manifiesta, en su exhaustividad, hasta con las notas de organillos que se conservan en el Melody Museum de Saint-Louis.

Con “Roses” (que se presenta por primera vez en París), todo volvió a la “normalidad”. Sobre el “Idilio de Sigfrido” de Richard Wagner y el Adagio para clarinete y cuerdas de Heinrich Bärman, durante 25 minutos, primero cinco parejas (Amy Young, Sean Mahoney, Michelle Fleet, Robert Kleinendorst, Laura Halzack, James Samson, Parisa Kohbdeh, Francisco Graciano, Heather McGinley y Michael Apuzzo), vestidos ellas de traje largo negro y en gris ellos, evolucionan en un elegante y lírico idilio. Las luces de Jennifer Tipton contribuyen a la atmósfera ideal. Hay algunos elementos acrobáticos (sobre todo, en el suelo), y saltos difíciles pero lo más significativo es la plástica acendrada de los brazos, con los ángulos rectos – o en círculos algo quebrados- que crean los brazos contrapuestos de las parejas, asi como las figuraciones de los cuerpos extendidos en el suelo. A estos dúos evocadores de la emoción amorosa, le sucede un pas de deux que sugiere una relación más profunda, como si el amor se hubiese consagrado. Vestidos en blanco, Michael Trusnovec y Eran Bugge espolean cuotas “poéticas” aún más altas. La sensación de belleza es inefable. Es el mundo de un ideal estético del que no se quisiera salir.

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“Aureole”, Michael Trusnovec. FotoTom Caravaglia
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“Roses”, Sylvia Nevjinsky, Patrick Corbin. Foto Lois Greenfield
Paul Taylor Dance Company (II)

Si salimos, es para entrar en la América de los años cuarenta, durante la Segunda Guerra mundial, de la mano de las canciones de las Andrews Sisters (“cuando tengo gorrión, me pongo a las Andrews Sisters”, dice Paul Taylor). A través de 28 minutos, los 13 bailarines (Young, Kleinendorst, Samson, Khobdeh, Mahoney, Jeffrey Smith, Bugge, Graciano, Halzack, Jamie Rae Walker, Aileen Roehl, Michael Novak y McGinley) interpretan indistintamente las diez canciones, sea en conjuntos, en solos, en contraposición de un solista masculino o femenino con el elenco contrario, y en ensemble al principio y al final. El vestuario de Santo Loquasto es sobrio pero elocuente de esa época “dorada” de los cuarenta. Sí, pasan en un segundo plano las sombras de los soldados enviados a combatir en la guerra, pero ello no le resta un ápice a la euforia – y a su humor- desbordante de “Company B”, otra explosión de optimismo, algo tan americano en definitiva. El tono atlético prevalece, con decisión acrobática en el solo del expresivo Francisco Graciano (canción: “Tico-tico”), mientras que James Samson (con las mujeres) y Eran Bugge (con los hombres) fueron deliciosos. No menos, Laura Halzack (la más “ballética”), Parisa Khobdeh, Aileen Roehl o Amy Young.

El baile recurre asimismo a los ritmos de entonces: el be bop, el lindy hop, el jitterbug. Paul Taylor transciende tal (rica y nostálgica) materia en una escritura sin falla, en esta otra celebración suya a la vida.

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“Big Bertha”, Amy Young, Michael Trusnovec, Eran Bugge. Foto Paul B. Goode
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