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Les Étoiles pour le Japon : una gala memorable

4 junio, 2011
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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El pasado 31 de mayo el Palacio de los Congresos de París acogió la gala « Les Étoiles pour le Japon », « Las estrellas para Japón », destinada a ayudar a las víctimas de la catástrofe natural en el país del sol naciente, dirigida y realizada por Sherwood Productions gratuitamente, como lo fue la participación de un sin dudas impresionante elenco de grandes figuras del ballet mundial.

Más allá de su hermoso carácter, por la noble faena caritativa, el éxito de la gala apuntó no sólo al poder de convocatoria con el que se le respondió a la abatida nación asiática sino además al muestrario variopinto, no exento de brillantez y de diversos momentos climáticos, de mucho entre lo que más vale en la danza clásica hoy por hoy.

Sí, fue una noche casi infinita…, cuatro horas de duración, en total. Hubo que apurarse para no perder el último metro. Pero estos maratones bulímicos se las arreglan siempre para dejar un saldo más o menos positivo.

La reseña, por tales características se impone detallada, según el orden del programa. Se abrió con “Suite de Danses –Pas de Trois”, de Iván Clustine, música de Federico Chopin, a cargo tres parejas (primera división) de la École de Danse de la Ópera de París. Un agradable “aire” según “Las sílfides” de Fokin.

Luego, el pas de deux del tercer acto de “La bella durmiente”, a cargo de Maria Kochetkova (San Francisco Ballet) y Serguei Polunin (Royal Ballet de Londres). Se trató de una “pareja dispareja”, en el sentido en que ella es pequeña, y él, elegante, clásico, es bastante alto. El desempeño de Kochetkova fue correcto, y fue sobre todo Polunin quien encandiló con sus “quintas” cerradas y las magníficas recepciones de sus saltos, amplios y elevados. El bello y carismático Friedemann Vogel (Ballet de Stuttgart) escogió el solo “Mopey” –música de Johann Sebastian Bach-, de Marco Goecke.

“Expresionista” a su manera, las cualidades plásticas de Vogel se limitan por la mayor parte del tiempo a realmente darle su espalda al público. Tanto Bach como Vogel meritaban más.

A continuación, advino uno de esos momentos climáticos, aunque de un tranquilo sosiego estético: el adagio del segundo acto de “El murciélago”- Johann Strauss II-, de Roland Petit, quien como más tarde el viejo Béjart, demostraría que pareciera que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, respecto de la coreografía actual. Interpretada esta construcción “neoclásica” por Olga Esina y Roman Lazik, del Ballet estatal de Viena, sorprendió por su frescura intacta. La revelación fue Esina, una bailarina tipo Zakharova, a quien sin embargo había visto ya en Viena. De línea impecable, pura y diáfana, fue un rayo de luz.

Decepcionante, el pas de deux del Cisne negro, con Dmitry Gruzdev y Fernanda Oliveira, del English National Ballet. Él, salta y se desplaza aceptablemente. Ella, con una teatralidad acaso no del mejor gusto y port de bras poco trabajados, evidenció buen giro en la variación y no obstante no logró completar los fouettés sino que los remplazó a la mitad con ronda de piqués.

Si bien “Sinatra Suite” –con música, claro está, de la “Voz”- fue creada por Twyla Tharp para el ruso Baryshnikov, sus compatriotas Tatyana Gorokhova (Ballet de Novossibirsk) e Igor Zelensky (Mariinsky), no mostraron comprensión de ese “estilo”, que se ha hecho viejo por demás.

Otra cima vendría con “Light”, de Maurice Béjart, con música de Antonio Vivaldi, a cargo de los deliciosos, inefables Katerina Shalkina y Julien Favreau, del Béjart Ballet Lausanne. ¿Por qué unas coreografías envejecen del todo, incluso en poco tiempo, y otras no, aunque se perciba que en definitiva pertenecen a otra época? Esa noche, el viejo Béjart volvía a dar una lección.

Los fuegos requeridos del pas de deux “El corsario” no faltaron con Ashley Bouder (New York City Ballet) y Jason Reilly (Ballet de Stuttgart), para cerrar la primera parte. Arrojado y exótico Reilly. Pero estilísticamente este pas de deux no es para ninguno de los dos, pese a la bravura de ambos. A no olvidar, no obstante, las piruetas à la seconde de Bouder, su velocidad “comme il faut” y unos fouettés con dobles y triples que nos resarcieron respecto de los del Cisne negro.

La segunda parte comenzó, a su vez, con otra cima de la noche: un largo pas de deux de “La dama de las camelias” de John Neumeier, con música de Chopin, por Sue Jin Kang y Marijn Rademaker, del Ballet de Stuttgart. El rubio Rademaker contrastaba con la asiática Marguerite Gautier de Jin Kang. Qué compenetración expresiva no obstante, entre ambos. Avasallaron con un dramatismo profundo, un verdadero “melodrama” que alcanzó notas líricas. Continuó Carlos Acosta (Royal Ballet de Londres), la figura central de la gala en razón de que fue el último que salió a saludar y recibió la ovación en consonancia. Acosta escogió el solo de “Russell Maliphant Two”, del coreógrafo del mismo nombre, sobre música de Andy Cowton. La “originalidad” de esta pieza radica en que Acosta tiene que evolucionar tan sólo en un metro cuadrado de luz, y aunque la intensidad de Acosta siempre conmueve y se haya movido vertiginosamente en lo reducido de su espacio, este título posee alguna familiaridad con “Mopey”…

De nuevo tendríamos a Igor Kolb (Mariinsky), acompañado por Elena Kuzmina (Ballet Eifman), en su “especialidad” para las galas, “El espectro de la rosa”. Ciertamente, es uno de los mejores “espectros” que se puedan ver. Combina misteriosamente una pujanza masculina con el estilo evanescente de la creación de Fokine. Y de nuevo, que varios bailarines se apegan a obras fetiches para las galas, el admirado Andrei Merkuriev (Bolshoi) en el banal “Adagio” –J.S. Bach- de Alexei Miroshnichenko. Lo que le aporta un toque de distinción a la coreografía es la sensibilidad de Merkuriev.

A continuación, una coreografía, “Grand Pas de Deux”, de Christian Spuck, sobre música de Rossini, que si bien es un pastiche de lo “clásico”, destinado a hacer reír- lo que logra-, podía haber tenido una construcción más sólida. Pero se mostraron dotados para este “estilo” Elisa Carrillo Cabrera y Mijail Kaninskin, del Ballet estatal de Berlín. También, de la compañía berlinesa que dirige Vladimir Malakhov, Shoko Nakamura y Michael Banzhaf ofrecieron un pas de deux de “Caravaggio”, coreografía de Mauro Bigonzetti sobre música de Bruno Moretti. A la coreografía, insidiosa, la salva lo plástico, de la mano de un considerable trabajo de piernas.

Y, again, Lucia Lacarra junto a Marlon Dino (Ballet estatal de Munich) en un caballo de batalla de la bailarina vasca para las galas: “Thais”, de Roland Petit, música de Jules Massenet. La frágil Lacarra siempre emociona y agita finos resortes desde su interior. Pese a la particularidad siempre elocuente de los gemelos Jiri Bubenicek (Ballet de la Semperoper de Dresden) y Otto Bubenicek (Ballet de Hamburgo), a los que se les unió el donostiarra Jon Vallejo (Semperoper) en “Canon” (Johann Pachelbel) de Jiri, la pieza es anodina.

Ya la noche era larga, y los inmensos, ambos inmensos, Mathieu Ganio e Isabelle Ciaravola, del Ballet de la Ópera de París, acometieron con esa luz que emiten cada uno por separado pero que se acopló con armonía, una “edición” de “Les Enfants du Paradis”, de José Martínez, música de Marc-Olivier Dupin. La “edición” podía haber sido más corta.

Había que cerrar, of course, con el pas de deux de “Don Quijote”. Aunque ya Andrei Merkuriev (quien tuvo que sustituir a Dimitry Gudanov) y Evgenia Obraztsova (Mariinsky) estaban cansados, lograron las maravillas habituales. Obratzsova intercaló à la seconde en los fouettés, y Merkuriev, pese a que podía seguir girando en la coda, se detuvo para cederle el lugar a ella.

Pese a los inevitables altibajos, fue una gala magnífica.

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