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La danza y el ballet

Lo Real de Israel Galván: uno de los más grandes bailarines que puedan verse

17 febrero, 2013
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He demorado voluntariamente la escritura de la reseña de “Lo Real” de Israel Galván, que ví el pasado 12 de febrero (y se extiende hasta el 20 del mes) en el Teatro de la Ville de París. Quería dejar pasar el tiempo, para someter a la prueba de éste mi entusiasmo. Mientras veía, esa noche, a Israel Galván bailar, me habitó la certidumbre de que estaba frente no sólo a un muy grande bailarín flamenco, sino a uno de los más grandes bailarines del siglo XXI. Y, acaso, pleno de ese misterio que también suele definir la excepcionalidad de un artista de la danza en cualquier tiempo.

Porque si se le otorga a alguien el calificativo de “grande”, y luego se acepta cuando nunca se ha visto ni se podrá ver, ello ocurre debido a la obra de la imaginación, de la mano de algunas certezas, digamos “documentales”. Así, puede convenirse en que María Taglioni haya sido quizás la bailarina que más elevación haya poseído. Pero no lo podemos verificar…y poco importa. Mientras veía a Israel Galván bailar, especialmente en esos instantes en los que sí, la revelación desciende (con algunos atisbos que permitieron comprender a ese “le danseur des solitudes” del filósofo Georges Didi-Huberman), me dije que, quizás en el porvenir, cuando se hablase de Israel Galván como un grande, la imaginación de las generaciones futuras continuaría perpetuando las evidencias de la nuestra.

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“Lo Real” de Israel Galván © Javier Del Real

Quería dejar pasar el tiempo, a ver si mi emoción, mi vehemencia se atemperaban. O si, por el contrario, las imágenes conservadas –cierto que con fruición- en la memoria visual se mantenían incólumes, en vez de diluirse. Sucedió que esos gestos –y esa dinámica- atesorados en la memoria, aun en la fragilidad del tiempo preciso y evanescente que constituye tanto la fuerza como la debilidad del arte de la danza, en vez de difuminarse, resplandecían intactos. Israel Galván es uno de los bailarines más extraordinarios que hayamos visto.

“Lo Real”, un espectáculo de dos horas de duración sin intermedio, estrenado en diciembre de 2012 en el Teatro Real de Madrid. Aborda el genocidio del pueblo gitano por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Es un tema escabroso, y puede ser polémico desde el punto de vista de su representación. Sin embargo, el baile vence sobre la muerte. Acaso el título de “lo real” se refiere a que, por primera vez, Israel Galván debía confrontar –y asumir- muertes que fueron reales. Los espectros y la agonía de los exterminados se instalan, sobremanera, en el cuerpo de Israel Galván, como si fuera una suerte de medium por el que llegan a nosotros.

(Inevitable, también, el pensar en las víctimas del Holocausto judío, la Shoah. Nadie debe ignorar que a los dos pueblos que los nazis quisieron exterminar, por motivos que consideraban “raciales”, fueron el judío y el gitano. Como dice el bailarín en las notas al programa, en conversación con Pedro G. Romero, su director artístico: “Yo me llamo Israel, hay nombres que te marcan como una piedra”.)

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Pero no hay nada macabro. Lo que hace Israel Galván es guiar a esos fulgores apagados. Se comunica con esas savias incorpóreas, como si las fuera a buscar en las profundidades tectónicas en las que descansan, y de sus vísceras oscuras les extrae luz, la de la memoria y la de la vida, por medio de sus propias entrañas; esas entrañas que definen al arte flamenco, y lo hacen al mismo tiempo inenarrable e inexplicable, incluso para sus mismos intérpretes. A no ser sino por una potencia genética, acumulada desde la instalación de los gitanos en Andalucía, aunque también hunde sus raíces en la noche de los tiempos.

Acompañado por más de una docena de bailaores, cantaores, músicos y actores, bajo la conducción estructural del flamenco se presenta una construcción musical, la cual incluye músicas anónimas, cultas, populares. La coreografía y el guión musical de Israel Galván es lo determina la estructura, cuyos intercalados disponen y ordenan sea el silencio, alteraciones rítmicas, o diversas citas musicales. De modo que se va entretejiendo esta trama musical, a partir de la “causa” coreográfica.

El resultado es de una fluidez y una fuerza remarcables, con varios momentos paroxísticos, incluso en la superposición de la “escritura” musical.

Por la primera vez, Israel Galván comparte la escena con dos grandes bailaoras de su generación, Belén Maya (hija de Mario Maya, uno de los maestros de Israel Galván) e Isabel Bayón, quienes asumieron el estilo del coreógrafo, es decir, ese flamenco “heterodoxo”, o “fusionado” con otros signos.

Al cante, principalmente Tomás de Perrate (cuya familia, como se recordará, está instalada en la provincia de Sevilla desde el siglo XIV; es una de esas inmensas cepas del cante), habitado en permanencia por el “duende” –que no deserta porque se haga un flamenco que no sea “clásico”-, y David Lagos. En la guitarra, Juan Gómez “Chicuelo”. Otros instrumentos son el saxofón, el piano, la percusión y el violín. La “banda de gitanos y judíos” está a cargo del grupo Sistema Tango. Todos permanecen todo el tiempo en escena, tomando la delantera de ésta según los requerimientos puntuales. Esta disposición “informal” no le resta ni un ápice de espesura dramática a la pieza.

Israel Galván no “deconstruye” el flamenco, ni tampoco lo aparea banalmente (¿cuántas “danzas-fusiones” pueden conocerse, efímeras o no?) con otras prácticas corporales. Se trata de algo mucho más profundo. En principio, lo complica, con esos pies más enrevesados, y un hálito endemoniado. Luego, está la plástica, cuya acuidad es punzante. Israel Galván crea una escritura nueva, que sí, es esencialmente flamenca, es su alfa y omega, pero atravesada, solicitada, re-compuesta e inspirada por diferentes signos y simientes. Como un gran maestro de la pintura o la música, que sobre un definitorio saber y/o hacer clásico, haya transformado su arte con otras energías rítmicas o compositivas, y lo extendiera hacia otras construcciones. Y todo, con claridad.

Y el bailarín en sí, ya lo decía, es extraordinario. Las piernas aceradas y finas, pueden ser como flechas de azogue, si no se derriten en el taconeo frenético. El torso de Israel Galván es un mundo aparte, un valor añadido. Los brazos, en su dominio, pueden parecer tan poderosos como las piernas en tanto entidad expresiva. Como si la atención se focalizara sobre una parte determinada del cuerpo del bailarín, destacándose así (cual un pintor que sube el tono de un color), en una especie de “zoom”.

Las vibraciones que emite el cuerpo de Israel Galván, independientemente de la concentración en “zoom” en una parte, son altísimas y constantes.Esa intensidad eléctrica que desprende incide en la sala.

Hasta las manos de Israel Galván “emiten” de esta manera. En el final, han venido todos y se colocan detrás de unas vigas tipo columnas. Levantan unas paredes, que paulatinamente van a ir impidiendo que veamos que están tocando y bailando. Las luces se van reduciendo, y solamente pueden percibirse las manos de Israel Galván, que tocan sobre la viga. Aun si son un punto diminuto, la energía que sale de ellas es alucinante. Es sobre esta visión transfiguradora que cae el telón.

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