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Los adioses de José Martínez al Ballet de la Opera de París


17 julio, 2011
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colaboradores  Los adioses de José Martínez al Ballet de la Opera de París

 

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En el cierre de la temporada 2010-2011, el pasado 15 de julio en la Opera Garnier, tuvo lugar la despedida oficial –aunque regrese como estrella invitada el año que viene, en “Oneguin” y “Appartament”- del danseur étoile José Martínez, nacido en Cartagena (España) en 1969, y quien a partir del próximo 1 de septiembre será el director de la Compañía Nacional de Danza de su país natal.

Para sus adioses, Martínez escogió el interpretar por primera vez -¿y última?- el personaje de Baptiste en su propia coreografía “Les Enfants du Paradis”, que el Ballet de la Opera de París había estrenado el 21 de octubre de 2008.

Por colaboradores  Los adioses de José Martínez al Ballet de la Opera de París
Isis Wirth (París)

“Les Enfants du Paradis” es la adaptación –realizada por el cineasta François Roussillon y Martínez, sobre el guión original de Jacques Prévert- del filme homónimo de Marcel Carné, considerado “el más gran filme francés de todos los tiempos”. Concebido y filmado durante la Ocupación de Francia por los nazis, entre 1943 y 1944, se estrenó sin embargo tras la Liberación, en marzo de 1945.

La idea de la película no partió no obstante ni de Carné ni de Prévert, sino del actor Jean-Louis Barrault –intérprete de Baptiste en el filme, y hecho personaje del ballet, pues sus recuerdos abren y cierran el mismo-, interesado en la figura del célebre mimo francés Jean-Gaspard Baptiste Deburau, distinguido incluso por Théophile Gautier. Deburau, fue la primera gran figura del arte de la pantomima, entonces un género netamente popular.

Barrault también se interesó en el actor Frédérick Lemaître, el “rey del melodrama” en el Boulevard du Temple, también conocido como “Boulevard du Crime”, en el París romántico (sobre 1830, precisamente) anterior a Hausmann.
 

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José Martínez como Baptiste. Foto Julien Benhamou, Opéra national de París
 

El otro personaje histórico del filme es Pierre-François Lacenaire, dandy anarquista, asesino, poeta, autor teatral, que murió en la guillotina en 1836. Prévert fue quien se interesó por este singular personaje, lo cual decidió que emprendiera el guión del filme.

En el “Boulevard du Crime”, vibraba el París de entonces, punto neurálgico de las manifestaciones artísticas populares. Era apreciado, sin embargo, por los “burgueses” y por escritores como Gérard de Nerval, Gautier, o artistas como Gustave Doré, Honoré Daumier; el propio Victor Hugo hizo gestiones –infructuosas- para que Lemaître fuera admitido en la Comédie-Française…

El origen de este género “popular” de la pantomima remite a que los actores no poseían el derecho a expresarse con la palabra, pues ésta, según lo heredado del Ancien Régime, estaba reservada a los teatros “privilegiados” como la Comédie-Française.

La trama del filme es compleja. Cuatro hombres (Baptiste, Lemaître, Lacenaire y el conde de Montray) se disputan los favores o el corazón – en el caso de Baptiste- de la bella Garance –a quien finalmente nadie podrá conquistar-, e intervienen en la intriga historias paralelas como la de Nathalie –en triángulo con Baptiste y Garance, se casará con el mimo y le dará un hijo-, o la de Madame Hermine, atraída por Lemaître.
 

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Clairemarie Osta – Foto Julien Benhamou, Opéra national de Paris

La nieta de Prévert, Eugénie Bachelot-Prévert, otorgó el derecho del guión de su abuelo para el ballet, tras habérselos negado a varias comedias musicales. En cambio, exigió que el ballet trasladara fielmente el filme, lo cual se logró casi plano por plano, sobre todo en el primer acto. (Las tres horas de la película, fueron “condensadas” en aproximadamente dos horas y quince minutos, en dos actos, sin el intermedio.) Hubiera sido preferible, desde luego, que no existiera esta imposición, con tal de que lo es propio a la danza pudiera desarrollarse más libremente. La única libertad que se tomó Martínez fue la de transformar a Lemaître en “bailarín virtuoso”, y a estos efectos la pieza teatral “Robert Macaire” es un ballet, que tiene lugar a inicios del segundo acto. Y voilà, con su perfume balanchiniano, es lo mejor de toda la obra. Combinaciones complejas de pasos en las diagonales, manejo impecable del espacio. Martínez acusa, aquí, un pensamiento coreográfico innato. Si continúa su carrera como coreógrafo, debiera sobre todo privilegiar este tipo de composición. Que el “ballet narrativo” es escabroso, aunque en este caso debamos a “Les Enfants du Paradis” como un homenaje –ciertamente logrado- a Carné y a Prévert, y a su estilo “poético-realista”.

Ahora bien, hay algo sobremanera interesante. En ese fresco de las artes del espectáculo que es el filme –lo cual retoma el ballet-, para las escenas de mímica Barrault recurrió a la complicidad de su maestro Etienne Decroux, quien además interpretó al padre de Baptiste. Decroux renovaría en el siglo XX al género, e influenció a figuras como Jerzy Grotowski, Eugenio Barba, Bob Wilson.

Según Franz Anton Cramer, “Esa obra maestra (el filme) del realismo poético, une todos los mitos, las esperanzas y las conquistas del arte francés de la mímica y de la representación. Reconstruye una época brillante de la historia cultural de Francia, y al mismo tiempo crea un estilo singular, abstracto y sobrio. Las escenas de mímica del filme, en las que Barrault encarna por medio del personaje de Baptiste la alegría y el sufrimiento, la ascensión y la caída tal y como lo hacía entonces Jean-Gaspard Deburau, condujeron a un renacimiento del arte del mismo que duró hasta los años 1970”.

Martínez conservó casi todas las escenas de pantomima del filme, que eran, en su opinión, “coreografías remarcables”. Las redujo, eso sí, con tal de observar la duración del ballet y adaptarlas al tamaño del teatro, según expresa. “Ciertos gestos fueron amplificados para ser visibles y comprensibles por el público a lo lejos”. Laurent Hilaire, en la actualidad maître de ballet asociado a la dirección de la compañía, fue quien realizó el desciframiento y adaptación a partir de la película.

Éste es el cierto “aire” de cine mudo que suele atravesar al ballet, y que ya había señalado en mi crítica del estreno. “Peligro” del que en su momento habría querido huir el propio Marcel Carné. Sin embargo, para esta segunda ocasión, ese “aire” no sorprendió, como si el trabajo de depuración y de integración en el estilo general se hubiese acrecentado.

La música, encargada a Marc-Olivier Dupin, es funcional y heteróclita, entre tonalidad y atonalidad, permeada por citas a Prokofiev, Ravel, Chaikovsky, el jazz, el tango.
 

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Despedida de Jose Martínez. Foto Julien Benhamou, Opéra national de Paris.

Los diseños de escenografía de Ezio Toffolutti pueden remitir a los decorados del filme, pero sobre todo insisten en la paleta del blanco y negro, la del filme. El vestuario –delicioso especialmente para Garance, y fiel por demás a la época- de la danseuse étoile Agnès Letestu, contrasta en su colorido con esa paleta.

Fue justo a Agnès Letestu, su cómplice en tantos ballets, a quien Martínez escogió para encarnar a su Garance. Poseída por el rol, Letestu otorgó su habitual luz. La danseuse étoile Clairemarie Osta como Nathalie ofreció el otro ángulo de la relación con intensidad. El Lacenaire del premier danseur Vincent Chaillet llegó hasta ser odioso. Fue no obstante, y con la excepción de José Martínez, el premier danseur Florian Magnenet como Lemaître la “estrella”, debido a su rol justo “virtuoso”, lo que por demás está contemplado en el guión. La altura y la capacidad de desplazamiento de sus manèges de grand-jetés fueron remarcables. Y su personalidad fresca posee las armas de un seductor de la escena.

Martínez, en tanto Baptiste, ofreció esas sinuosidades psicológicas, entre lo más luminoso y lo más sombrío y misterioso que han sido su marca como bailarín, y que han inspirado a más de un coreógrafo. Un gran artista decía adiós.

Fueron 20 minutos de ovación al final, con toda la compañía sobre el escenario. En el público, pude ver a Cyril Atanassoff y a Elisabeth Platel, entre otros. La emoción de José Martínez, y la de todos, estaba a flor de piel. Lo más desgarrador fue el último cierre de la cortina, que no se volvería a abrir más. La persistencia de los aplausos y los bravos buscaba, acaso inconscientemente, a que este último cierre de la cortina no se produjera. Pero había que salir del teatro. Eran los aplausos postreros, aunque regrese de nuevo a la Opera de París. Todos, y el propio José Martínez, sin dudas, queríamos eternizar esos aplausos, los aplausos de la Garnier, quizás hasta el infinito. Tanto para mantenerlo sobre la escena como para que siguiera escuchando esas ovaciones.

Nunca se hubiese deseado que la cortina cayera y no se abriera más.

¿Quién dijo que las despedidas eran bellas?
 

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Despedida de Jose Martínez. Julien Benhamou, Opéra national de Paris. 

 

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