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Los Ballets Trockadero de Montecarlo en París

5 octubre, 2012
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Irresistibles Trocks.

Desde el pasado 25 de septiembre y hasta el próximo 7 de octubre los Ballets Trockadero de Montecarlo se presentan en el mítico Folies Bergère de París. Y esta compañía única, ¿no es menos mítica? Surgida en 1974 en New York, en plena efervescencia entonces de “lo gay”, es difícil clasificarla.¿“Camp”?, sí. ¿“Drag show”, espectáculo gay? Ciertamente, no es un espectáculo gay. Algo hay de “drag show”, pero en mucho lo trasciende.

Se trata, como nadie debe ignorar, de ballet, donde todos los roles de ambos sexos son interpretados por hombres, con la intención no de apropiarse de los roles femeninos porque los desean sino para efectuar una parodia, que se extiende también a los roles masculinos.

Se trata sobremanera de un espectáculo para “entendidos”, balletómanos o no, pero con el suficiente conocimiento –o hábito de ir al ballet- para apreciar los chistes, las referencias y lo paródico,  sea sutil o no. Para hacer esto, es decir, poseer la cultura y el interés por hacerlo, hay que amar bastante al ballet. Valga para quienes en nombre de un hiper-clasicismo detestan a los Trocks, aunque supongo sean los menos. Que los Trocks son irresistibles.

Cada engranaje de las presentaciones de los Trocks responde a esa voluntad  humorística y paródica, la cual incluye los diseños de escenografía (ay, ese castillo de “El lago de los cisnes”…) y vestuario. Y desde que, antes de abrirse el telón, “anuncian” los cambios en el programa, sin olvidar los evocativos nombres (¡ninguno es gratuito!) de las bailarinas y bailarines (casi todos rusos), con biografías hilarantes.

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BALLETS TROCKADERO The Dying Swan ©Sascha Vaughn

Cito una, por ejemplo, la de Ida Nevasayneva (Paul Ghiselin): “Verdadera bailarina socialista para todos los integrantes de la clase obrera, surgió tras su triunfo en el concurso de Varna, donde obtuvo la medalla de plástico especialmente creada para el Mal Gusto. La Camarada Ida se convirtió en una heroína de la Revolución cuando atravesó sin esfuerzo un campo minado, y en pas de bourrée; y más tarde cuando lanzó una zapatilla-bomba en un banco capitalista”.

Como, similarmente, se anunció antes de que abriera el telón, que las bailarinas que faltaban era debido a que habían sido fusiladas por los soviéticos…

El programa abrió con un “plato fuerte”, también para los Trocks: el segundo acto de “El lago de los cisnes”. Éstos, con guantes blancos y en tutús largos, con la excepción de Odette. Benno (Pepe Dufka/Raffaele Morra) y Sigfrido (Mischa Youlovsky/Trystan Merrick) se enredan en su relación, no menos que éste con Odette (Marina Plezegetovstageskaya (sic)/ Roberto Forleo, y el dúo amoroso con Von Rothbart, ese gran cómico de Paul Ghiselin en su vertiente masculina de Velour Pilleaux. (Cada bailarín es a la vez un “personaje” femenino y masculino.)

Los Trocks respetan la coreografía, ya dije que se trata de ballet, y el nivel es alto y cuidado. Los “gags” apuntan a errores que pueden producirse, exageraciones, el subrayar una conducta, o una posición, es decir, hacer caricatura balletística, como los hilarantes “Cuatro cisnes” con sus movimientos de cabeza…

La caricatura y el juego también se extienden a la pantomima, y es éste el aspecto que considero el más refinado –sí, el más refinado- del “estilo” de los Trocks. No dejan de burlarse, desde luego, de la pantomima, pero para el que conoce el significado de esos gestos, es una delicia. Desgraciadamente, el público no avisado se pierde esas sutilezas. (Es fácil darse cuenta quiénes entre los espectadores son más o menos conocedores, por el momento en que se ríen unos y otros, aunque hay muchos instantes en que la risa es unánima: es lo que ha hecho el éxito, digamos, “popular” de los Trocks.)

Tras el segundo acto de “El lago…”, se presentó el pas de deux de “El Cisne Negro”, nuevamente con Velor Pilleaux, Yakaterina Verbosovich (Chase Johnsey) como Odile e Innokenti Smoktumuchsky (el cubano Carlos Hopuy) como Sigfrido. La alusión a Odette aquí es concreta, esto es, aparece una “bailarina” como tal, lo que conduce a situaciones sabrosas. Sigfrido bailó bien, con prestancia en sus variaciones; por momentos, podía tratarse de cualquier buena compañía. Como también fueron “en serio” los fouettés y los piqués de Odile.

A continuación, “Go for barocco” (música de Johann Sebastian Bach), desopilante parodia del estilo de George Balanchine, sobre todo en referencia a “Concerto Barocco”. La coreografía se debe a Peter Anastos. Ocho “bailarinas” se emplean en los tres movimientos. Entre lo más cómico, el rejuego con los brazos, las referencias a los pasos que más empleaba Balanchine (en definitiva, todos los coreógrafos acusan ciertos pasos que son sus preferidos), a la geometría y a las figuraciones balanchinianas. Y, naturalmente, esos brazos se enredan…

La versión de “La muerte del cisne” de los Trocks es una de sus cartas de presentación. Ya desde que el proyector busca desesperadamente a la “diva” que no aparece, se instala la risa en toda la sala, hasta ese reguero de plumas que caen del tutú de la “bailarina”. La parodia es excelente, y apunta a los brazos, las manos, a cómo un brazo, de tanto aletear, no puede moverse más. Lariska Dumbchenko (Raffaele Morra) arrancó carcajadas, pero uno se acuerda de Ida Nevasayneva (Paul Ghiselin). La comicidad, los “gags” que se les ocurren, dependen de cada cuál.

Para cerrar, le llegó su turno de tomar lo suyo al ballet soviético, con “Valpurgeyeva Noch” (“Walpurgisnacht”, “La noche de Walpurgis”), en puesta en escena y coreografía adicional de Elena Kunikova sobre la de Leonid Lavrovsky. La Bacante fue Olga Supphozova (Robert Carter); Pan, Andrei Leftov (Boysie Dikobe); Baco, Mikhail Mypasarov. Aquí, todo es para reír: las constantes burlas a los “lifts” soviéticos, la danza de Pan, hasta finas alusiones a Maya Plisétskaya (y vuelvo a preguntarme: ¿todo el público capta estos guiños de ojo?). La parodia ha funcionado perfectamente.

Y hete aquí cómo los caminos más insospechados, esos que se bifurcan, como éste de la parodia que sólo debe ser entendida en tanto tal, ofrece súbitamente otro acercamiento. La caricatura del estilo soviético reveló que pueda ser emparentado con el de Mikhail Fokine, especialmente en el diseño de los grupos y cómo se mueven.

Los Trocks no sólo sirven para reír. El humor, lo paródico, puede ser otra forma que contribuya a “ver”.

Mientras tanto, a morirse de la risa –como dicen- con ellos.

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BALLETS TROCKADERO The Dying Swan ©Sascha Vaughn

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