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Danza Ballet

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Maurice Béjart: Adiós a un ícono

28 noviembre, 2007
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¿Fue Maurice Béjart un “revolucionario” de la coreografía?
No me gusta la palabra en danza. Ni en nada. Cada vez que requiero un esfuerzo especial, me digo que voy a atacar la tarea con “espíritu contrarrevolucionario”. Y en el hipotético e improbable caso que la aceptara en ballet, se la endilgaría a George Balanchine. No casualmente, mientras éste enarbolaba lo suyo desde América, quien único –en esos años, entonces- podía acercársele en cuanto a un determinado impacto, fue Béjart.

El marsellés –adoro enfatizarlo, en relación con otro, Marius Petipa- fue indiscutiblemente el ícono del ballet europeo durante la década del sesenta y el setenta, especialmente la primera. Lo cierto es que acuñó su estilo, algo bastante difícil en este arte, y es a él a quien se le debe la denominada “masificación” del ballet. Lo llevó a las arenas de los estadios, a los circos, al aire libre, popularizándolo al mismo tiempo que le confería, digamos, un nivel más “alto”: el hijo de filósofo, que frecuentaba desde su infancia a escritores e intelectuales, se sentía como pez en el agua en el mundo del pensamiento, y sin embargo, no era otra cosa que coreógrafo. Y él lo sabía mejor que nadie.

Béjart acudía al pathos, y al psicoanálisis, y en ocasiones al Kitsch. Pero lo definitorio era su poder teatral, que no dejaba ni a público ni a crítica indiferentes. Wagneriano a su manera, se alineó en ese “espectáculo total” del que obtuvo mucho provecho. Su inspiración fue muy ecléctica: obras de la lírica (“Los cuentos de Hoffmann”, “La condenación de Fausto”); dramáticas, pacifistas, metafísicas, literarias, estrictamente musicales (sus piezas sobre Mahler, Stockhausen, Xenakis, Boulez, Wagner); y “propagandísticas” o mediáticas, esto es, acerca de “problemáticas contemporáneas”, que variaron según la época.

No obstante, en panorama tan variopinto se puede decantar una estética: la de su honestidad y la de su fantasía, a la cual él sometía cualquier tema que le preocupase o atrajera, incluso los esotéricos.

La originalidad no fue solamente temática, o esa remitente a la vocación de hacer del ballet “el arte del siglo XX”. Su estilo se caracterizó por una mezcla del lenguaje clásico –que para él era la base innegable, y la fuente nutricia- con el expresionismo, más influencias de la danza moderna, el jazz, y claro está, el rock, además de ciertas vertientes exóticas (no solamente la danza hindú).

Su musicalidad estuvo siempre en primer plano, y supo adecuar el vocabulario en función de las necesidades de esas obras de índices expresivos tan diversos. Si bien privilegió ciertos acentos, fuesen dramáticos o meramente plásticos (angulosos o fluidos, que por otra parte explotó sin par en sus musos y musas; por ejemplo, en Maya Plisétskaya), la maestría innata del coreógrafo, evidente en la ligereza de sus “enchaînements”, fue la constante.

El legado que deja, además de títulos que permanecerán (entre ellos, “La consagración de la primavera” y “Bolero”; el suyo, el mejor de todos), es el del “universo Béjart”. No sólo porque de esta manera haya cambiado la faz con la que el ballet se presentaba al mundo -aun si con el paso del tiempo se nos hizo la materia de todos los días-, sino porque continuará en los bailarines de su compañía, y en aquellos formados en su escuela Rudra (primero, Mudra), el exitoso intento de transformar su estética en certitud práctica y pedagógica.

Ahora te encontrarás allá arriba con tu amado Jorge Donn. También, con Marius Petipa. Como él, hiciste carrera fuera de Francia. Tú, en Bélgica y Suiza. Petipa, en Rusia. Y probablemente hablarán de la Marsella natal de ambos, además, naturalmente, de ballet. Pero tú irás al “paraíso” de Alá. ¿Cómo podrán hablar? © 2007 Danza Ballet

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