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Menia Martínez y Rudolf Nureyev

17 agosto, 2008
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La cubana de Nureyev.

En 1966, el Ballet Nacional de Cuba se presentaba en el Teatro de los Campos Elíseos de París. Rudolf Nureyev, que había pedido asilo político en Francia cinco años antes, ya era el bailarín más famoso del mundo. Cuando supo que los cubanos bailarían allí, voló desde Londres con tal de ver a Menia Martínez.

La historia de ambos había comenzado once años atrás. Menia, luego de estudiar en la Academia de Ballet Alicia Alonso, obtuvo una beca en la Academia Vagánova del entonces Leningrado, adonde arribó en 1955. Entonces conoció a Rudik, también estudiante de la célebre institución.

Según Julie Kavanagh en su biografía Rudolf Nureyev, the Life (Penguin Books, 2007), Menia irrumpió en la escuela como una “joven Gina Lollobrigida”, con el “exotismo” de su “cubanidad”. Cuentan que se sentaba en un banco de la cocina de la escuela con una tina de lavar entre sus piernas y la golpeaba como si fuera un tambor.

Menia era, por otra parte, “la única virgen en Leningrado”.

Es en este asunto de la virginidad donde se entrecruzarían los destinos de Menia y Rudik. Y es también ese punto lo que la biografía de Kavanagh intenta dilucidar: que la “iniciación amorosa” de Nureyev fue con mujeres, aunque luego fuese dizque “bisexual” —¿quién no podía sentirse atraído por Nureyev?— o decididamente homosexual “avant tout”. Lo cierto es que, según todos los testimonios, Nureyev estuvo muy enamorado de Menia. ¿Platónico?, sugerirían algunos. Con seguridad, amoroso. “Como casi todo el mundo en la escuela, Rudolf Nureyev estaba hipnotizado por la cubana, que sería su primera y única novia adolescente”. (Ambos nacieron en 1938.) Kavanagh titula un capítulo de su libro “Xenia and Menia” para referirse al pas de deux de estas dos mujeres y sus amores con el estudiante Nureyev. Xenia Pushkina, la esposa del mentor de Rudik, Alexander Pushkin, quiso hacerle descubrir “el mundo que él no conocía”, fue ella quien lo desvirgó. Luego, comenzó la relación con Menia, que se convirtió en un verdadero romance.

Xenia reaccionó “como una leona” cuando supo de la cercanía de Rudik y la cubana. Menia, por su parte, cuando Rudik le dijo que había estado en la cama con ella, le espetó: “¡Con ese monstruo!”

En la primavera de —¡tenía que ser!—, 1959, Menia tuvo que regresar a Cuba. Nureyev se apareció en el último minuto en la estación de tren de Leningrado: “¡Me voy contigo!” Estuvieron esa noche juntos en Moscú. A la mañana siguiente, en el aeropuerto, cuando anunciaron el vuelo de Menia, Nureyev tenía lágrimas y no la quería dejar ir. De vuelta en Leningrado, Xenia podía sentir la influencia de Menia en Rudik y los celos la atormentaban. Nureyev no olvidaba a su cubana.

En el verano del 59 se volvieron a ver en Viena, en el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. “Menia, esto tiene que ser amor”, le decía Rudik. Pero ahora ella se concentraba en la “nueva Cuba de Castro”. Nureyev la encontró fría: “Pienso que ahora soy yo quien te ama más de lo que tú me amas a mí”.

Dos años más tarde, Nureyev protagonizaba una dramática escapada en el aeropuerto Le Bourget de París.

En 1966, el bailarín más famoso del mundo, fue al ensayo general del Ballet Nacional de Cuba tratando de no ser reconocido por los cubanos, para quienes, naturalmente, era un “traidor”. Logró deslizarle un papelito a Menia: “Cuando acabes, ve al Hôtel des Ambassadeurs. Estaré esperando por ti”. Alicia Alonso se enteró del subterfugio, y le prohibió a Menia acudir a la cita. Menia representaba a Cuba, y Nureyev no sólo había traicionado sino que era amigo de Jacqueline Kennedy. La cita de Menia comprometería a la compañía y a ella misma, que cuando Castro I había estado en la ONU en 1960 le había servido de traductora con Jruschov. Pero Menia resistió: “No me importa si usted me expulsa, voy a ir, él era mi mejor amigo”. Alguien entonces, para solucionar el asunto, se ofreció a chaperonear a Menia.

Rudik la esperaba afuera del hotel. Cuando vió a su acompañante masculino, le dijo: “¿La KGB cubana?”. Le respondió que era tan sólo un amigo, quien los dejó solos y cayeron en brazos del otro. Nureyev la llevó al Maxim’s, donde le presentó a Brigitte Bardot, y le suplicó, llorando, que se quedase con él. Finalmente, la respuesta de Menia fue ambigua: “No le dije ni que sí que no, sólo patamú (porque sí)”.

A las cinco de la mañana Rudik devolvió a Menia a su hotel. Kavanagh argumenta que este episodio parisino le sirvió a Nureyev para comprender que nunca más debería volver a mirar atrás.

Fue en esa presentación del BNC cuando se “quedaron” los llamados “Diez de París”, temerosos de la represión a los homosexuales en Cuba.

Que Nureyev, el primer “traidor” de la historia del ballet en los regímenes totalitarios, haya ido a re-encontrarse con Menia justo en esa ocasión, tiene una curiosa resonancia simbólica.

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colaboradores  Menia Martínez y Rudolf Nureyev
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