Merce Cunningham Dance Company en París

 

“Roaratorio”. ¿El legado del futuro?

En el Teatro de la Ville de París, ese templo de la danza en el mundo, se ha presentado la Merce Cunningham Dance Company, con dos programas (sólo ví el segundo, “Roaratorio”, de una hora de duración, y una obra maestra de Cunningham, fallecido en julio de 2009), como parte de una gira denominada en inglés “Legacy Tour”, la “gira del legado”, incluso ya pensada por el gran Cunningham un año antes de su muerte.

Por  Isis Wirth (París)

Pocas veces uno aprehende, con el intelecto al mismo tiempo que los sentidos, que la ambición creativa (tanto de Cunningham como de John Cage, el compositor de “Roaratorio”, que data de 1983) y el coraje para tratar de llevarla a cabo, han culminado en un instante de placer estético total. La respiración se detiene, y los mecanismos analíticos, proporcionados por el conocimiento previo, se disparan sin cesar. Porque la complejidad, y la riqueza en consecuencia, son de una rara intensidad.

Sobre el “Finnegans Wake” de James Joyce, John Cage concibió a principios de los años 80 una composición original, modulada en largas melopeas del texto de Joyce, algo salmodiadas por Cage, quien hizo grabaciones en los lugares evocados por el escritor. Todo impregnado de baladas galesas, aires e instrumentos tradicionales remitentes a Irlanda. La obra fue creada en el IRCAM, en París, en 1981, con el título: “Roaratorio, an Irish Circus on Finnegans Wake”.

Cage, el inseparable compañero y cómplice artístico de Cunningham, le propuso a éste realizar la coreografía.

A propósito de la misma, el propio Cunningham apuntaba que “había traducido el flujo del tiempo y los cambios que él opera…He intentado, por medio de los diferentes niveles de complejidad, sobreponer lo simple y lo multiple, la sobreposición de los ritmos”.

Ciertamente, aquí está toda la técnica Cunningham, el cambio de dirección dentro del cuerpo y el espacio, y la fuerte sensación de la espina dorsal, la cual explora la manera en la cual la espalda trabaja sea en oposición a las piernas o al mismo tiempo con ellas.

Esos trece bailarines (6 parejas y un hombre, Robert Swinston, que interpreta el “rol” originalmente bailado por Cunningham) mostraron que muy pocos que no sean ellos, en el vasto universo de la danza, pueden acometer tanta complejidad física. (Pero olvidémosno, naturalmente, del concepto de “virtuosismo” a lo académico.)

Roaratorio (1983), Merce Cunningham Dance Company, Première en Juin 2010 de la recréation au Music Center-Walt Disney Concert Hall, Los Angeles. Photo Anna Finke.


Como preconizaba Cunningham, aquí el movimiento se sorprende a sí mismo, y se produce constantemente en una “orgía” del tiempo y el espacio que tiende al “infinito”.

Como sabemos, se trata sino, en principio, de “ballet”. ¡Pero qué ballet! Fondus enchaînés, petits ronds de jambes, sin parar. Y brisés, developpés, saltos, entrechats, tendus, y claro está, pliés. Pero todo esto, al mismo tiempo que trabajan la cabeza y la espalda, y sin dejar de cubrir el espacio.

La técnica clásica, y su estética resultante, tienen su futuro asegurado, por los siglos de los siglos, amén. Pero esta otra “construcción” de Cunningham, toda plena en la llamada “danza contemporánea”, por el vigor de su creación y sus posibilidades tanto “intelectuales” como físicas, necesita asegurar, por medio de la conservación del legado, su futuro, porque es acaso también el de un futuro de la danza en sí.

James Joyce quizás no pudo imaginar que un compositor como Cage, pudiera reflejar sonoramente cierta buena parte de ese mundo totalizante del “Finnegans Wake”, intraducible.

Pero menos pudo imaginar que un coreógrafo abstracto (o sea, sin pretensión “literaria” alguna) como Cunningham vertiera en movimiento ese flujo casi ilimitado, en un “caos” poético y conceptual (lo mismo que la partitura de Cage), aunque absolutamente bien controlado y mejor pensado. En otras palabras: la Creación.

Roaratorio (1983), Merce Cunningham Dance Company, Première en Juin 2010 de la recréation au Music Center-Walt Disney Concert Hall, Los Angeles. Photo Anna Finke.
 

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