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La danza y el ballet

Nunca mirar atrás – El libro de Carlos Acosta

22 octubre, 2007
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colaboradores  Nunca mirar atrás   El libro de Carlos Acosta
 
 
Aunque sea ocioso recordarlo, valga: el cubano Carlos Acosta es hoy el más grande bailarín del mundo, y en ese podio sólo lo acompañan dos mitos: Nijinsky y Nureyev. Acosta acaba de publicar su autobiografía No way home. A Cuban dancer’s story, en Harper Press, que espero ver pronto en castellano. Fue Carlos quien demostró que un príncipe del ballet podía ser negro.

He leído sus 319 páginas de un tirón. No fue, sin embargo, el elemento “suspense” lo que me agarró por el cuello, porque conozco bien su historia. Pero el libro me provocó una fascinación comparable a la del “qué será lo que viene después”.

Carlos Acosta, ¡escritor! No hay que asombrarse. Vendrán todavía más sorpresas. Acaso porque Acosta es también coreógrafo, experto en contar una historia. Su vida es una especie de cuento de hadas cubano –otra versión del patico feo convertido en cisne–, pero hacía falta talento para convertirlo en leyenda: un nacimiento humilde en Los Pinos, la decisión del padre camionero de que fuese bailarín, su rechazo inicial a ello, el advenimiento de la vocación y el momento en que “Air Acosta” inició el vuelo. El libro nos ofrece esa historia detallada, precisa y catártica: Carlos necesitaba escribir su autobiografía. Era también su manera de exorcizar vicisitudes –entre ellas, varias tragedias familiares– y los entuertos que llegan con la fama. El fundamental entre éstos ha sido el color de su piel. Porque fue Carlos quien demostró que un príncipe del ballet podía ser negro.


El público de estas memorias es mucho más amplio que los devotos del ballet, e incluso, que los lectores cubanos. Carlos ha otorgado a su historia una parte importante de sí mismo, para contar hechos pasmosos, en los que se siente la mano del destino. Como cuando siendo todavía estudiante de la Escuela Nacional de Ballet, Acosta tuvo que partir al Ballet del Teatro Nuovo de Turín, en Italia. Era su primera salida al extranjero, pero la visa no llegó a tiempo. El adolescente se desploma, derrotado, pero el padre –la figura tutelar de Carlos, y el otro protagonista del libro– le recuerda, impertérrito: “Mijo, lo que sucede, por malo que sea, conviene”. De haber llegado la visa, Acosta hubiese tomado el avión de Cubana de Aviación que se dirigía a Roma… aquel que nunca despegó porque se incendió con sus pasajeros en la pista del aeropuerto de Rancho Boyeros.

De manera semejante podemos leer la historia de la invitación del Houston Ballet, justo cuando Acosta se sentía deprimido en el Ballet Nacional de Cuba, al que se había incorporado luego de haber sido principal –primer bailarín– en el English National Ballet. Una decisión de Chery (la eminente profesora Ramona de Sáa), sobre la que Carlos apunta: “en el círculo del ballet, la gente se refiere a ella como quién salvó la carrera de Carlos Acosta”. Fue en el English National Ballet donde Ben Stevenson lo vió. En la compañía cubana, Acosta, ya ganador de dos Grand Prix, el de Lausanne y el de París –los más prestigiosos–, no fue aceptado sino como “solista”, cuatro categorías por debajo de la que ostentaba en la agrupación inglesa. Reponen Edipo Rey, y Carlos ingenuamente espera que le adjudiquen el rol titular que había hecho célebre a Jorge Esquivel. Pero bailó –es un decir– el papel del viejo que debe matar a Edipo. Envejecido por el maquillaje y el vestuario, los demás bailarines lo chiquearon diciéndole que se parecía a Celia Cruz. Carlos se sintió humillado. Lo peor: sabía que pasarían muchos años hasta que pudiese bailar Giselle. Entonces, pensaba, ya sólo podré ser Albrecht con mi corazón y no con la plenitud de mis piernas. Tres semanas después –mientras tanto, había bailado un Espectro de la rosa en el que la malla rosada lo hacía lucir como the Pink Panther–, recibe la carta de Stevenson. Enseguida lo llamó, y una semana más tarde Stevenson aterrizaba en La Habana.

Ya en Houston, la crítica no demoró en reconocer al fenómeno: “el cubano volador”, “el paracaídas”, “el arma letal”… Carlos comenzó a entender que era una estrella, una celebrity. “El mundo será mío, el mundo será mío”, se repetía para hacer desaparecer el dolor físico producido por el sobre entrenamiento al que se sometía, que agravaba una lesión en el tobillo. “Si soy una estrella, me tengo que vestir como tal”. Prada, Kenneth Cole, Armani, un reloj Cartier de $ 4.000. “Me puse mi Prada y mi Cartier, me miré en el espejo, y me dije que ahora sí que era una estrella. Pero me dí cuenta de que estaba poniéndome encima un total de $ 6.000, lo suficiente para comprarle un apartamento en Cuba a mi familia. Me impuse no pensar en ello”.

Sus éxitos crecían, y Carlos hubiera querido llamar por teléfono a su familia para contárselo. “Pero eso habría significado mirar atrás, y yo le había prometido a mi padre no hacerlo”. Es la relación entre Carlos y sus parientes lo que lo ha definido. El temible “Papito” –lo amenazaba con el machete que guardaba debajo de la cama– no cesa de amonestar al hijo cada vez que flaquea –como cuando se hiere el tobillo en Londres, porque no podía concentrarse en un salto pensando en la familia o siempre que insiste en regresar a Cuba. “Tu lugar no está aquí, entre nosotros. Vete a hacer tu carrera afuera”, le espeta.

En uno de sus intempestivos regresos a la isla, la novia Estefanía –a quien recuerdo, bella y lúbrica– se había convertido en una aliada del padre. En el rencuentro, Carlos padece una erección incontenible, pero Estefanía es una ducha de agua fría: “¿Cuándo te vas de nuevo?, ¿y qué hay de tu carrera?”. Carlos insistía en que olvidase el asunto, pero Estefanía era implacable: “¿Qué vas a hacer aquí? ¿Por qué tú piensas que la gente se está lanzando al mar en balsas?”. La erección se fue, y Estefanía también.

Carlos había sido expulsado de la Escuela Provincial de Ballet en L y 19 por suspender los exámenes. Pero ese año muchos estudiantes no habían aprobado, y el Ministro de Educación permitió, como medida excepcional, que varios de ellos (entre los cuales estaba Carlos) continuasen sus estudios. Entonces los profesores, hartos de ese niño díscolo, lo enviaron en venganza a la escuela de Santa Clara. Fue “Papito” quien lo llevó: había sido un engaño de los maestros, pues el nivel de Carlos no existía en esa escuela. De vuelta a casa (luego de dormir en los bancos de la terminal de ómnibus), la madre fue presa de la indignación, pero esta vez fue el colérico Pedro Acosta quien calmadamente profirió: “Mañana será otro día”. Y al siguiente tomó de la mano a su hijo, rumbo a la escuela de Pinar del Río. Carlos cuenta que nunca volvió a ver a este hombre tan orgulloso comportarse de la forma en que lo hizo, rogando que su hijo fuese admitido. ¡Ay, “Papito”, cuánto te debe el mundo del ballet!

Siempre he pensado que en Acosta hay algo de misterioso y desconocido, una sustancia inapresable –pese a lo diáfano de su personalidad– que explica su estatura artística. Su autobiografía contribuye a desvelar el misterio, pero en la misma medida lo hace aún más atractivo.

Mi pasaje preferido del libro es cuando Acosta avizora a Mijail Baryshnikov. Ya el cubano era famoso. De repente, en un teatro al que había acudido a bailar, le dicen : “Mira quién está ahí, ¡Baryshnikov!”. Vió a un hombre bajito, en botas de cowboy, rodeado de gente. “Así que éste es con quien la prensa me compara”. Los bailarines amigos lo instaron a que saludara al ruso, pero Carlos no lo hizo: “Lo puedo ver desde aquí donde estoy”. Sin embargo: “Ese día, bailé para Baryshnikov. No tenía la ambición de competir con él. Sólo quería rendir homenaje a un hombre que no tuvo miedo en quemarse él mismo en sus esfuerzos por alcanzar el sol. ‘Wow!, fue impresionante’, me dijeron cuando cayó el telón. ‘Lo hiciste como Baryshnikov’. Tenían razón. Los dos éramos extranjeros”.

Ésta es la clave. La misma de Nureyev.

 

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