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Danza Ballet

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“Oedipus/bêt noir” de Wim Vandekeybus

6 febrero, 2013
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colaboradores  “Oedipus/bêt noir” de Wim Vandekeybus

En el Teatro de la Ville de París se ha presentado entre el 28 de enero y el 3 de febrero pasados, el “Oedipus/bêt noir” de Wim Vandekeybus, con su compañía Ultima vez, en estreno en Francia, tras la creación en Bélgica en julio de 2011.

Es la tercera vez que Wim Vandekeybus, figura faro de la danza flamenca, un artista que primero que todo es coreógrafo -y qué coreógrafo-, se detiene sobre la re-escritura de la tragedia –la tragedia por excelencia- de Sófocles por el dramaturgo y actor flamenco Jan Decorte. Primero fue, con niños, “Bêt noir” en 2006. Luego, “Black Biist” en 2009 con el Ballet de Göteborg.

colaboradores  “Oedipus/bêt noir” de Wim Vandekeybus
Oedipus ©DannyWillems

No he visto esas dos anteriores “versiones” de Vandekeybus del mito que recorre el imaginario occidental –baste tan sólo pensar en Sigmund Freud- , pero hay por qué sospechar que la tercera puede ser la del logro más cumplido, habida cuenta quizás de su intensidad, durante una hora y cuarenta minutos, en la cual sopla el aire más impenetrable de la antigüedad trágica, con una oscuridad que desciende a los abismos del alma. Intemporalidad, en definitiva, como la de tantos mitos griegos (que son una clave del conocimiento, como nadie debe ignorar). Por lo cual el uso de la música rock (interpretada en vivo sobre la escena por tres músicos sobresalientes, entre ellos el guitarrista, Roland van Campenhout, que deja su instrumento para convertirse en Layo), la inevitable recurrencia a elementos “actuales”, no son los anacronismos consabidos y consentidos sino, en esta puesta, algo que está más allá hasta de la misma noche de los tiempos.

El texto de Jan Decorte –quien, por supuesto, no es el primero en “re-escribir” a Sófocles- es condensado, compacto, al mismo tiempo que no se toma libertades, excepto las que se le impusieron. Por ejemplo, cuando Yocasta es confrontada respecto de que Edipo, su marido, es su hijo. Riposta: “Dejen eso; en muchos de sus sueños, los hijos son el marido de su madre”. O cuando Yocasta se ahorca, y Edipo la descubre, quitándole un gran alfiler de su vestido para sacarse ambos ojos. Jan Decorte hace que, además de haberse ahorcado, Yocasta se ha atravesado el sexo con un sable, el “lugar” de la tragedia, referirá Edipo, quien le arrancaría el sable del sexo para sacarse con el arma los ojos.

En la escenografía (que se le debe también a Vandekeybus, asi como la puesta en escena), lo esencial es una especie de “calendario azteca”, un gran círculo de cuerdas de las que cuelgan pedazos de tejidos, que representa a la Esfinge asi como a la montaña en la que la temible criatura que asolaba a Tebas profería su enigma y despedazaba a los que no lo adivinaban. Los bailarines, todos exultantes (13 en total, entre ellos actores, además), escalarán el círculo, si no es que se detienen como apresados por la Esfinge, retorciéndose y gimiendo de dolor, como el personaje de la “petite amie “ del adivino Tiresias, usada por él para conocer e interpretar los edictos de los dioses.

En una escena, Tiresias le saca las entrañas a su “petite amie”, las amasa y las contempla, meditativo, según la práctica adivinatoria de la antigüedad.

En otra, el ciego de Tiresias trae una tabla de cocina para despedazar con un cuchillo un buen trozo de carne cruda que le presenta la “petite amie”. (Un pedazo de carne que asimismo puede ser el corazón de una bestia.) Tiresias le ofrece la carne acuchillada a Yocasta. Al final, en los saludos, Creón le da la carne tasajeada a Edipo, quien hace como si se la comiera. Pero no hay nada sórdido ni repulsivo en este referente simbólico tratado de manera gráfica (la imaginación y el talento de Vandekeybus no dejan lugar a dudas), como tampoco en la “escena de sexo” en la que meten a Yocasta a copular con Layo sobre una alfombra, en un “flashback” de los varios que atraviesan la puesta, en una complejidad que sin embargo es clara, intuyo que también para el (raro) espectador que no conoce la tragedia, o para aquel que no la recuerda.

Lo más conmovedor, sin contar los gritos profundos y el desarraigo atroz de Edipo, es cuando aparece el pastor a quien se le había encomendado dejar al niño Edipo abandonado para que muriera, tras que sus padres Layo y Yocasta conocieran el oráculo que vaticinaba que mataría a su padre y se casaría con su madre, y cuenta el pastor que tuvo piedad del pequeño, el cual tenía los tobillos atravesados por una aguja. Los pies de Edipo serían la prueba de que el actual rey de Tebas ha matado a su padre y ha esposado a su madre, a quien le ha hecho varios hijos. Edipo –que significa “tobillo hinchado”- aduce que su problema siempre han sido sus pies. Caerán desde arriba (cuando Edipo está colgado boca abajo de la horca con la que se estrangulará su madre/esposa) innumerables zapatos, de todos tipos y colores. Es lacerante cómo Yocasta, obsesiva y compungida, se inclinará sobre los zapatos, ordenándolos o buscando algo: es su instinto de madre el que aflora, debido al mal que le hizo a los pies de su propio hijo, Edipo, tratando de que no se cumpliera la profecía. (“Nadie escapa a su destino”.) Un hijo, sin embargo, con el cual ha compartido la cama, gozosa.

La danza es acrobática, atrevida, espasmódica, convulsiva, dramática: la luz negra de la tragedia se instala con una fuerza inusitada, acentuada por la percusión de la música. El despliegue físico es alucinante, con algo de antiguo aquelarre. No dudan los aguerridos bailarines en lanzarse, como tampoco en ejecutar volteretas pasmosas. Aunque también, en un signo más aquietado, se detienen en figuraciones –profundamente trágicas en su diseño plástico- conformadas por dos o tres intérpretes. Uno se maravilla con tanta energía y destreza; el movimiento agónico toca un núcleo puro, como una clave visceral (ah, esa carne acuchillada) y telúrica que Vandekeybus ha interpretado por medio de su escritura coreográfica.

¡Vandekeybus!: él mismo es Edipo, apabullador, subyugante, pleno de gracia y dolor. La identificación con sus inenarrables sufrimientos (y con lo abisal de la “bestia negra” que confiesa ser) es perentoria: Vandekeybus es una estrella.

Creería que por derecho propio, la imagen terrible del Edipo que encarna, y al mismo tiempo tan tierna y humana, podría situarse en la línea de los grandes actores. El centro de energía es él: apenas desde que aparece, vestido con una falda, uno comprende enseguida que es el atormentado rey de Tebas. Pero más allá de su carisma y su atractivo escénico, se impone por su baile (y nació en 1963…) que lo transfigura.

Lo único que se le señalo a la puesta en escena es lo que considero anti-climático en su final. Edipo, ya ciego, parte de Tebas, auxiliado por su hija/hermana Antígona. Tras lo que vuelven los otros a tomarse una suerte de foto de familia.

Quizás por ello se intuyó que en los saludos, había que volver a presentar a esa carne acuchillada que indica al deseo inextricable y a los designios incomprensibles de los dioses, para borrar la ligereza de la “foto de familia”

colaboradores  “Oedipus/bêt noir” de Wim Vandekeybus
BetNoir ©DannyWillems

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BetNoir ©DannyWillems 

©2013 Danza Ballet

 

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