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Danza Ballet

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La danza y el ballet

Paquita, Ballet de la Ópera de París

29 octubre, 2010
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colaboradores  Paquita, Ballet de la Ópera de París

Paquita: una “reconstrucción” necesaria.

No deja de ser un acontecimiento que la “reconstrucción” de Pierre Lacotte de la Paquita “original” (según la estrenada en la propia Ópera de París en 1846 por Joseph Mazilier, y luego la versión de Marius Petipa en 1882), vuelva nuevamente en esta temporada otoñal al Palais Garnier, tras su estreno en 2001.

Aunque Lacotte es el reputado especialista o “arqueólogo” del ballet romántico, Paquita no es un ballet “fácil”. Si no fuera por el interés que suscita la seriedad del trabajo de Lacotte, sería aburrido.

Típicamente romántico en su vertiente “exótica” –en este caso, de “españolada”-, la trama, reminiscente de “La Gitanilla” de Cervantes, se sitúa en la provincia de Zaragoza ocupada por las tropas napoleónicas. Paquita, una joven de familia noble, secuestrada en su infancia por los gitanos, salva la vida, en un complot criminal “anti-francés”, del joven oficial de Napoléon, Lucien d’ Hervilly. Dicho todo muy simplemente, que las peripecias son múltiples. Enfin, Paquita descubre origen noble, los culpables son arrestados, y puede casarse con su oficial, tras un baile que da el gobernador “afrancesado” Don López de Mendoza.

“Ballet-pantomima” (cierto, hay mucho de esta última, pero muy clara, convincente y extraordinariamente bien asumida por los intérpretes) en dos actos y tres escenas, fue estrenada por Carlotta Grissi (Paquita) y Lucien Petipa (Lucien, voilà). Permaneció en el repertorio de la Ópera de París hasta 1851. Fue la versión post-romántica de Marius Petipa en Rusia, donde re-elabora el pas de trois del primer acto y transforma la última escena en una Grand Pas brillante (lo más conocido de este ballet), la que se impondría luego. Los fragmentos introducidos por Petipa sobrevivieron en la segunda mitad del siglo XX.

Como en muchas otras ocasiones, Petipa llamó a Ludwig Minkus para que le compusiera los fragmentos que añadiría. En tanto, la partitura de la Paquita de 1846 es de Edouard-Marie-Ernest Deldevez. (Sin embargo, como descubrió David Coleman, a cargo de la adaptación musical y la orquestación, tres temas del pas de trois, la entrée y la primera y segunda variación, generalmente atribuidas a Minkus, son en realidad de Deldevez.)

Minkus, sabido es, no será en lo absoluto un gran compositor (aunque, a veces, harto interesante), pero al lado del insulso Deldevez brilla.

De la otra parte, la fusión entre música y coreografía en el “pas de deux” Petipa-Minkus, tanta que abstractamente uno “ve” a Petipa dictándole hasta las notas a Minkus!, fue palpable con más intensidad que nunca en el Grand Pas, acaso debido a esa minuciosidad “reconstructiva” de Lacotte.

Respecto de las anteriores música de Deldevez y coreografía remitente a Mazilier, uno tendría ganas de exclamar en ese momento: ¡Vivan Petipa y Minkus!

Los diseños de escenografía y vestuario de Luisa Spinatelli, que trabajó sobre los originales, contribuyen a situar el “ambiente” plenamente en ese momento inicial de 1846…lindando casi con el Kitsch, según el gusto actual, pero en definitiva, como se trata de una “reconstrucción”, son también en ese sentido necesarios, como lo es este precioso trabajo de Lacotte.

El coreógrafo se apoyó en los recuerdos de Lubov Egorova (de quien fue alumno) y de Carlotta Zambelli. Egorova bailó Paquita bajo la dirección de Petipa entre 1900 y 1910. En tanto que Zambelli, étoile de la Ópera de París, fue invitada a San Petersburgo en 1901, donde asumió el ballet también bajo “la batuta” de Petipa.

Además de la frescura y sin duda, autenticidad, con la que Lacotte presenta el estilo romántico, en lo coreográfico strictu sensu que remite a Mazilier, los pasos de los pies y su enchaînement recuerdan, voilà, a la escuela Bournonville. Nada sorprendente, pues (la supervivencia de) Bournonville es el verdadero estilo francés romántico.

Y en la “Danza de las Capas de toreros” o Pas des manteaux (que interpretaban originalmente bailarinas en travesti, pero que Lacotte asumió con bailarines), vemos de dónde proviene una similar en Don Quijote…

Entre los intérpretes, a señalar en el pas de trois sobre todo a Myriam Ould-Braham y a un Mallory Gaudion que rebota con el resorte de un gato, y tiene unas cabrioles deliciosas.

Pese a que Marie-Agnès Gillot, étoile, es una artista cumplida, capaz de emocionar casi siempre, y pese a las dotes de comediante que evidenció, el rol de Paquita no es para ella. Ya decíamos que no es un ballet “fácil”. Gillot es demasiado “fuerte”, con una proyección técnica, sí, impecable. A recordar sus sauts de chats, de un asombroso desplazamiento, y hasta sus fouettés dobles. Pero acaso Paquita demanda más sosiego, en un contexto general.

El Lucien de Karl Paquette, étoile, es un encantador oficial rubio, correcto, sin mucho alarde, aunque sus cassioles en la coda del Gran Pas fueron bravas. Pero posee un aura, y cierto es que entre él y Gillot hay “química” sobre la escena, aunque estuvieron a punto de perderla en el adagio del cierre, pero luego la recuperaron con más bríos.

La versión de Lacotte de Paquita no será memorable (aunque no sea, desde luego, su falta, sino la “materia prima”), pero es un lujo que el Ballet de la Ópera de París, donde nació la obra, pueda ofrecerla.

colaboradores  Paquita, Ballet de la Ópera de París
© Laurent Philippe/OnP
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