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La danza y el ballet

Pasión por el poder. Pantano para un cisne

30 abril, 2013
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colaboradores  Pasión por el poder. Pantano para un cisne

Alicia Alonso, leve, en puntas y con los brazos al ritmo de la despaciosa armonía de las olas del Caribe, le ha dado a la danza una combinación bendita de gloria y escuela. Pero el libro La bailarina y el comandante. Historia secreta del Ballet de Cuba, de la periodista y crítica Isis Wirth (La Habana, 1964), muestra a los lectores que esa conquista es inseparable del régimen totalitario instalado por Fidel Castro en 1959.

Por Raúl Rivero para El Mundo. España

La escritora, colaboradora de los principales medios especializados de Europa y América Latina, trabajó 10 años en la compañía cubana de ballet. Ahora dice que el libro, publicado en París por François Baurin, «es la historia de un pacto fáustico entre una artista y un dictador».

Para mí, es una crónica reveladora y precisa escrita en buena prosa con visitaciones a la poesía. Son 230 páginas que repasan los vínculos y las complicidades entre dos personas que utilizan los dominios del arte y la política para vivir y experimentar una pasión común: el ejercicio del poder.

Isis Wirth entra a esta obra con una experiencia como crítica que tiene el respaldo de otro libro de resonancias, Después de Giselle (Aduana Vieja, 2008), y con la fuerza de su testimonio personal, porque se movió a lo largo de una década en la parroquia misteriosa del conjunto de bailarines donde se podían confundir en los camerinos los tramoyistas que usaban zapatillas y los que se ponían guayaberas y no bailaban ni comían frutas.

La señora Wirth, exiliada en Suiza, narra los primeros destellos de Alicia Alonso como estrella del ballet en los Estados Unidos en la década de los 40, y relata cómo, a los pocos meses de su entrada en La Habana tras la derrota de la tiranía de Fulgencio Batista, Fidel Castro se presentó por sorpresa en la casa de la bailarina para ofrecerle la financiación completa de la compañía.

El libro cuenta el duro trabajo de Alicia Alonso para proteger a los bailarines de la persecución oficial a los homosexuales. Recuerda que la primera deserción masiva de integrantes del cuerpo del ballet se produjo en la capital francesa, en 1966, cuando 10 artistas pidieron asilo político sin esperar ni siquiera la segunda función, porque temían que al regresar a Cuba los remitieran al gulag tropical del momento, las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (Umap), destinadas a jóvenes homexuales, creyentes o enemigos del socialismo.

La periodista asegura que unos 180 bailarines han abandonado el ballet para irse a vivir y a trabajar al extranjero. A principios de este mes de abril, recuerda, otros siete jóvenes se asilaron en Ciudad de México.

Alicia Alonso, dice la escritora, encontró en la dictadura «un medio de hacer realidad sus propios sueños, de satisfacer sus ambiciones: crear una compañía internacional de la que sería la dueña absoluta y que sería el marco de su gloria».

La bailarina y el comandante es un acercamiento lúcido, directo y sin temblores a la relación patológica entre el arte y la propaganda. Es una propuesta, basada en la realidad y las estadísticas, en contra de la gerontocracia. Y un homenaje al poeta que, hace muchos años, le dedicó esta cuarteta a la gran bailarina cubana. Dice así: «El bailarín que aquí ves,/ tiene una rara torpeza:/ destruye con la cabeza/ lo que hace con los pies».

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Alicia Alonso y Jorge Esquivel “Giselle” Ballet Nacional de Cuba, 1931

©2013 Danza Ballet®

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