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Danza Ballet

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La danza y el ballet

Racheter la mort des gestes de Jean-Claude Gallotta

23 noviembre, 2012
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colaboradores  Racheter la mort des gestes de Jean Claude Gallotta

La danza como intelecto y emoción.

El título de este artículo, “La danza como intelecto y emoción”, puede parecer, sin dudas, ingenuo; o que enarbola un lugar común; o contradictorio. Ingenuo, porque no solamente en la danza sino en cualquier arte, hay “intelecto y emoción”. De modo que esto incluye que enarbole un lugar común, sobre todo el de la “emoción”. (Aunque, también, la danza contemporánea suele ser intelectiva, en una o más vertientes.) Y contradictorio, por la (supuesta) oposición de los dos términos.

Sin embargo, es así como definiría a “Racheter la mort des gestes”, un estreno mundial de Jean-Claude Gallotta en el Teatro de la Ville de París (hasta el pasado 10 de noviembre), que luego se presentó, entre el 15 y el 18 de noviembre en el Grand Théâtre, Maison de la Culture de Grenoble. (Jean-Claude Gallotta es el director del Centro Nacional Coreográfico de Grenoble, ciudad donde nació.)

Debo decir que aprecio y disfruto lo “literario” que es Jean-Claude Gallotta. No hace mucho, fue crítico literario invitado del suplemento de libros de “Le Monde”. En una de sus crónicas, una frase me entusiasmó, como sólo pueden hacerlo las de los buenos escritores. Se refería a un amigo suyo, coreógrafo turco, quien, como el bailarín que es, cuando lee algo que lo conmueve –o lo “mueve”-, se le estira el talón de Aquiles. Y muchas frases suyas para “Le Sacre du printemps” (en el Teatro Chaillot en abril de 2012), también las conservo aún en la memoria.

El carácter literario (los textos son de Gallotta  y de Claude-Henri Buffard) de “Racheter la mort des gestes” (que lleva el subtítulo de: “Crónicas coreográficas”) es eminente. No es así nada casual que su título, es decir: “redimir la muerte de los gestos”, provenga de un artículo que Hervé Guibert escribió en 1984 sobre Gallotta, publicado en “Le Monde”: “¿Qué es el coreógrafo sino ese gran ‘fada’ sagrado a quien la sociedad parece que paga para que redima de la muerte a los gestos?”

Su origen se sitúa en 2008, en tanto esbozos para ciertas de esas “crónicas”, que son las diferentes escenas. Durante una hora, 29 bailarines (disparejos; en realidad, son los 10 profesionales de la compañía, más “amateurs”, que es decir más jóvenes, más viejos, más gordos; una muchacha que nació  mutilada de nacimiento, y un joven parapléjico) nos ofrecen el autorretrato de Gallotta, desgranado en recuerdos íntimos (y lacerantes, como el día que murió su madre y tenía una espectáculo en París; o la muerte de uno de sus mejores amigos), sensaciones, encuentros, protestas.

Todo se mezcla, y puede parecer delirante, según las proyecciones que remiten a documentales o filmes de ficción. ¿Qué tiene que ver Charles de Gaulle inaugurando los juegos olímpicos de Grenoble de 1968 con un beduino? ¿Qué tiene que ver “Lawrence of Arabia” con “Los trabajos de Hércules”? Más comprensible, el ver a Jorge Donn, a los Ballets del Siglo XX de Maurice Béjart. Ah, Béjart (y alguien que exclama que no lo conoce), quien presenta un ballet sobre Baudelaire. André Malraux se encontraba en la sala. Le pregunta algo a Béjart. Béjart no supo responderle. Cuatro años más tarde Malraux murió. Béjart hizo un ballet: “Era su manera de responder a la pregunta”. O sobre Merce Cunningham, con quien trabajó Gallotta: “Merce Cunningham me lo advirtió, no trates de ser un héroe. Fue el mismo Cunningham quien me lo dijo. ¡No trates de ser un héroe!”

¿Cuál es el hilo conductor de toda esta parafernalia para que resulte coherente? Lo humano. Y arriesgo, de nuevo, otro lugar común. No obstante, es simplemente así. Las instantáneas de una vida, y sus evocaciones, el tiempo que pasa, la luminosidad del recuerdo, lo sombrío, también. O lo amenazante, lo incierto. Como el dolor o la reflexión. Prevalece la luz, la de la vida. Y esta sensibilidad esencial es quien otorga la coherencia, porque ninguna escena, pese a lo disparates que puedan ser, falla en comunicar directamente con el espectador: las emociones están a  flor de piel.

Pero tiene que existir algo más (¿intelectualizado?, ¿racionalizado?) para que esta magia funcione en el caos. Apuntaría a técnicas cinematográficas y literarias, o líneas de orden íntimo que tiene que haberse trazado Jean-Claude Gallota, de 62 años, nacido de padres italianos inmigrantes y quien nunca ha abandonado Grenoble.

Justo el trabajo entre el coreógrafo y los bailarines en el estudio en Grenoble, se reprodujo en el Teatro de la Ville por una proyección de lo que sucede en el exterior del Centro Coreográfico de Grenoble, que posee inmensas ventanas de vidrio. Los tranvías, los carros, las luces provenientes de afuera, ritman e iluminan la escena.

En lo que concierne a la escritura coreográfica, lo más significativo son los pas de deux (en lo que siempre ha excelido Gallotta), bellos y sensuales. Pero aquí lo importante, para bien o para mal, no es la escritura coreográfica sino cómo la danza puede ser otra cosa… Sí, la emoción que se desprende, invariablemente, a lo largo de todo el espectáculo, es lo que se constituye en danza, como si ésta resultara de las intermitencias del ritmo de las emociones que va recibiendo el corazón. No creo que sea necesario especificar que esta “emoción” es diferente de esa otra que puede provocar un intérprete en un solo o dos en un dúo, en cualquier género de danza.

La intelección viene de la mano de esa calidad literaria de Gallotta que ya advertí. Y aunque los textos pueden ser también “caóticos” en la manera en que se suceden, esto es aparente. La tensión se instala, suave pero con una insistencia que aguza la reflexión. Cito un ejemplo: “Cuando uno baila, hay que ser como un ciego que recobra la vista”.

La concepción de abrir la danza a todos, digamos, el “democratizarla”, no en lo absoluto una novedad en el trabajo de Gallotta. Como esa frase en el momento de las audiciones de los “amateurs” que se presentan: “El hombre no tiene por qué encarcelar a la vida”. Es el tema que se les propone para que improvisen. Y llegan los viejos, y los pequeños.

Se nos informa sobre la fecha de las audiciones, y sus nombres. Han venido espontáneamente. Tendrán derecho a liberar la vida y sus vidas, por medio de lo que pueden entender como “danza”. Se trata de dos o tres minutos, según lo presentado en la audición. Gallotta los llama “las gentes”, para diferenciarlos de los bailarines. Estas “gentes” trascienden, por la alquimia lograda por Gallotta, que así los ha liberado. Como la joven mutilada de nacimiento, que es sólo un tronco, y sin embargo irradia. El parapléjico sonríe con dulzura. La vida es también estas desgracias, y sin embargo se desprende de todo el espectáculo una fuerza avasalladora en su optimismo realista.

Al final, cuando vienen todos, este “élan” vital conmueve más profundamente que antes y se afirma como una revelación.

Expresa Jean-Claude Gallotta en el programa que “finalmente, se trata siempre para mí del mismo enfoque, contribuir a abrir en permanencia el campo de la danza y hacerlo con la mayor cantidad de humanidad posible”.

Con “Racheter la mort des gestes”, Gallotta ha extendido la sentencia del clásico: nada de lo humano le es ajeno a la danza.

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