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Danza Ballet

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Raymonda por el Ballet de la Ópera de París

5 enero, 2009
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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Raymonda o el compendio de la estética  de Petipa.

El Ballet de la Ópera de París presentó durante el mes de diciembre en la Ópera Garnier “Raymonda”, en la versión de Rudolf Nureyev sobre el original de Marius Petipa.

Esta puesta en escena, fue el “regalo” que Nureyev se hizo a sí mismo para presentarse como director del Ballet de la Ópera  en el año, 1983, en que comenzó esa función.

Era una suerte de consagración respecto a este ballet, en el que se había interesado apenas pasó al Oeste. Desde 1962 había ya montado fragmentos, y en 1964 la versión completa para el Royal Ballet de Londres, que luego escenificaría en el Australian Ballet y en el Ballet de Zürich, asi como en el American Ballet Theatre.

Sin embargo, es la versión de 1983 para la Ópera de París la que plasmó, finalmente, la visión de Nureyev sobre este título, con unos diseños fastuosos de Nicolas Georgiadis.

Estrenado en 1898 en el Mariinsky de San Peterburgo, fue la primera partitura para ballet de Alexander Glazunov, una de las más delicadas en la coreografía del siglo XIX.

Tanto Petipa como el director de los Teatros Imperiales, Vsevolojski, buscaban con la colaboración de Glazunov renovar la excelencia de la que tuvo el coreógrafo con Chaikovski. Y ciertamente, después de los ballets de Chaikovski, se encuentra “Raymonda”, por demás el compendio de la estética de Petipa, en tanto abstracción del lenguaje académico de la mano de la narración teatral.

Si “La bella durmiente” es la obra cumbre de Petipa, puede apreciarse que “Raymonda” es su continuación. No obstante, el carácter -que no las “danzas de carácter” petipanianas, presentes aquí en todo su fuste-  del baile es aún más deliciosamente abstracto en “Raymonda”.

Por demás, la historia es simple, casi esquemática.

En la época de las Cruzadas,  Raymonda, la prometida del cruzado Jean de Brienne espera por éste en el castillo provenzal de su tía. No lo conoce, y en eso se aparece el sarraceno, el moro Abderam, que es el “malo-malo”, mientras que el cruzado es el “bueno-bueno”. Abderam no sólo se enamora de Raymonda sino que intenta forzarla, y es salvada por Jean de Brienne quien mata al moro.

Dos hombres que luchan por una mujer, nada del otro mundo. (Pero hoy el matiz de que la lucha es entre un cruzado y un moro sería acaso “políticamente incorrecto”. Por ello, en la versión del Kírov de 1938, de Vainonen, Abderam fue convertido en un emir de corazón noble, al que Raymonda no podrá resistir, para no “herir los sentimientos” de las repúblicas soviéticas  del Mar Negro.)

Nureyev, siempre preocupado en sus versiones de los clásicos de otorgarles espesura psicológica, hará de Abderam un “sex-symbol”, como él decía.

El “salvaje” representa todo lo que Raymonda aún no tiene, pero que desea. Resistirse a él es un dilema. De ahí que cuando finalmente se decide por Jean de Brienne, ello no sea muy creíble, pero la falta no se le puede achacar a Nureyev sino a la endeblez de la dramaturgia original. (Lo cual, digámoslo sinceramente, no nos importa mucho.)

Sino, Nureyev respetó la coregrafía “original” de Petipa, pero, desde luego, enriqueció las variaciones de Jean de Brienne e hizo del rol de Abderam uno bailado (excelentemente en la función que vimos por Karl Paquette, quien casi le pudo robar la función a Jean de Brienne), que era en su origen sólo de pantomima, como aún lo es todavía en la versión del Bolshoi.

La Raymonda de la étoile Agnès Letestu bien podría ser un ejemplo de clasicismo y expresión en consonancia.

Este rol es uno de los más agotadores del repertorio, pues hay que estar bailando casi todo el tiempo durante tres actos.

A lo largo de las variaciones y pas de deux –incluyendo el  más conocido del tercer acto, donde Letestu cortó el aliento- , mostró un control y una musicalidad aquilatadas. Es una de las artistas más finas del ballet que hayamos visto.

Su Jean de Brienne, el premier danseur Stéphane Bullion fue un dechado de corrección y empaque, tiene un salto alto y bello, pero es aún algo inexpresivo.

A destacar, por demás, a las amigas de Raymonda,  Henriette (Aurélia Bellet) y Clémence (Eve Grinsztajn), roles exigentes y siempre realzados por el cierto “extra” de la “complicación” de las coreografías de Nureyev.

colaboradores  Raymonda por el Ballet de la Ópera de París
Rudolf Nureyev and Gelsey Kirkland in Raymonda.
colaboradores  Raymonda por el Ballet de la Ópera de París
Rudolf Nureyev performing on the stage of Opera de Paris during a scene from the ballet “Raymonda” created by Lydie Pachkoff and Marius Petita. AFP PHOTO PHILIPPE WOJAZER.
colaboradores  Raymonda por el Ballet de la Ópera de París
Portrait of Rudolf Nureyev—Dress Rehearsal/Raymonda, c. 1977 combined mediums 19 1/4 x 15 3/8 inches. Collection of the Wyeth Foundation.

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