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Roland Petit en el Ballet de la Ópera de París

18 marzo, 2013
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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“Le Rendez-vous”, “Le Loup”, “Carmen”.

El Ballet de la Ópera de París está presentando desde el 15 de marzo y hasta el 29 de este mes, en el Palais Garnier, un programa Roland Petit (fallecido en julio de 2011), con tres de sus obras: “Le Rendez-vous”, “Le Loup” y “Carmen”.

No es ocioso recordar que Roland Petit fue una figura faro de la creación coreográfica en el siglo XX, y junto con Maurice Béjart, las dos referencias creativas más notables que produjo la patria de Marius Petipa en el pasado siglo.

“Le Rendez-vous” es una de sus primeras piezas, creada en el Teatro Sarah Bernhardt (hoy Teatro de la Ville) de París, en junio de 1945. Para esos tiempos, no puede concebirse nada más “francés”, o mejor dicho, parisino. Tampoco, nada más en consonancia, por su carácter trágico, con lo que reinaba entonces: Francia apenas se restablecía de la Ocupación alemana, y comenzaba a entrar en la post-guerra.

colaboradores  Roland Petit en el Ballet de la Ópera de París
“Le Rendez-vous”, con Isabelle Ciaravola y Nicolas Le Riche ©Julien Benhamou/Opéra national de Paris

Es el resultado de esas colaboraciones artísticas en las que se refocilaba Petit. Jacques Prévert le hizo el argumento. En el París de “tarjeta postal” a lo Robert Doisneau, un joven lee en un prospecto su horóscopo que le predice su próxima muerte. Un siniestro personaje, navaja en mano, intenta cumplir ese destino. Se le escapa diciéndole que tiene una cita (“rendez-vous”) con la muchacha más bella del mundo. El villano pliega la navaja y la coloca en el bolsillo del joven. Parte hacia su destino, en definitiva: la muchacha más bella del mundo le corta la garganta con la navaja.

Prévert, para “seducir completamente” a Petit, le propuso a uno de sus cercanos colegas en el cine, Joseph Kosma, para escribir la música. La escenografía se le encargó a Brassai, el conocido fotógrafo, sobre todo de la obra de Pablo Picasso. Por primera vez, los decorados serían fotos –de ciertos rincones de París, desde luego. El vestuario, fue del pintor Mayo. Y Petit le tocó la puerta a Picasso para que le hiciera el telón de boca.

La canción, que ya aparece desde el principio del ballet, con la letra de Prévert, “les enfants qui s’ aiment/s’embrassent debout/ contre les portes de la nuit”, sería luego incluida y le daría su título, “Les portes de la nuit” (1946), a este filme de Marcel Carné. Por otra parte, un tema instrumental del propio ballet, fue usado por el propio Kosma para la no menos célebre canción “Les feuilles mortes”, también en la película de Carné, que luego interpretarían tantos, entre ellos Yves Montand.

Hay acordeonista y cantante (Pascal Aubin, bailarín además de la Ópera) sobre la escena. Esta imagen del “bueno-y-viejo-París” podría hoy resultar acaso “turística”, pero la pieza de Petit acusa una hondura trágica, no sin cierta “poesía” del desgarramiento y la fatalidad, que la hace trascender. Si no fuera porque “Carmen” se encontraba en el mismo programa, le otorgaríamos a “Le Rendez-vous” el palmarés de lo mejor de la noche, con la ayuda de esus intérpretes principales, los étoiles Nicolas Le Riche e Isabelle Ciaravola, lo cual no puede decirse del todo de los protagónicos de “Carmen”, los asimismo étoiles Ludmila Pagliero y Stéphane Bullion.

En este ballet de 26 minutos de duración, el interés coreográfico radica en los pas de deux del Joven (Nicolas Le Riche) con el personaje del Jorobado, una suerte de compañero callejero del infortunado, interpretado con brillo y emoción por Hugo Vigliotti, a quien todavía recordábamos en “Premier cauchemar” de Samuel Murez, en la noche de “Danseurs chorégraphes” de la Ópera de París. Asimismo, el punzante pas de deux con “la muchacha más bella del mundo” (Isabelle Ciaravola), una oda condensada de hermoso pathos, con las largas y finas piernas de Ciaravola manejadas como si fueran de plástico por Le Riche. Admirando estas figuraciones, uno puede entender dónde se originaron las de “La Rose malade” que Petit creó en 1973 para Maya Plisétskaya.

Ciaravola y Le Riche son los intérpretes de sueño para “Le Rendez-vous”. ¿No es ya impactante Le Riche en “Le jeune homme et la mort” (1946) del propio Petit, una variación sobre el tema de “Le Rendez-vous”?

Y quién sino Isabelle Ciaravola puede ser considerada “la muchacha más bella del mundo”. Posee además un aura de misterio lejano, y un encanto enigmático. Fría y altanera, casi indescifrable, es la “vamp” perfecta.

En tanto, Le Riche es más dramático. Aquí, como en cualquier obra que asuma, arrastra todo a su paso con la proyección de sus sentimientos y su juego teatral. Y, luego, están sus saltos, flexibles y resplandecientes. No podría creerse que en la próxima temporada tengan lugar los adioses de Le Riche al Ballet de la Ópera.

Si no fuera porque el filme fantástico “La bella y la bestia”, de Jean Cocteau, data de 1946, y si no fuera porque la influencia de los Ballets Rusos todavía podía acicatear inspiraciones en esos años, uno no entendería la posibilidad de un “ballet fantástico” como “Le Loup” (el lobo), estrenado en 1953.

Nos hallamos en el puro terreno del hombre-lobo. El mismo día de su boda, un joven se escapa con una bohemia, y le hace creer a su novia, con la ayuda de un amaestrador de animales, que se ha transformado en un lobo. Con el resultado de que la novia se va del brazo de quien ella cree es su esposo. Pero, poco a poco, descubre que ese lobo es un verdadero lobo. Sin embargo, se enamora de él, perdidamente, ya que, al contrario de los hombres, es incapaz de debilidad y de la mentira. Las gentes del villorrio descubren la monstruosidad e inician la caza del lobo. La joven y la bestia se escapan; son perseguidos con saña por los campesinos con sus tridentes hasta que matan a los dos.

Sí, el amor, como siempre, es más fuerte que la muerte, pero aquí se trata de amor entre un ser humano y un animal, un depredador temido. Es un tema tan viejo como la noche de los tiempos. Más allá de sus conexiones profundas, y su escatología (en el sentido de fin, de lo último), el asunto se convierte en un indicador elocuente de la sensibilidad, la sensualidad, si apartamos sus connotaciones perturbadoras.

El argumento se le debió a Jean Anouilh y Georges Neveux, con la música de Henri Dutilleux y los diseños de Carzou, que es lo que más recuerda a los Ballets Rusos.

Se destaca la utilización del cuerpo de baile (24, entre hombres y mujeres), como un “arma colectiva” en la persecución de los amantes. Si no, los pas de deux líricos y tiernos del Lobo con la Joven.

Este raro ballet demanda por intérpretes de una fibra especial, a toda prueba. Es necesario que se alcancen las cimas de la imaginación –siempre delicada- de Roland Petit. Benjamin Pech como el Lobo, y Laetitia Pujol como la Joven, hicieron lo suyo. Ella es una de las danseuses étoiles más finas y con más amplio diapasón expresivo de la compañía. Señalo también a la Bohemia de Valentine Colasante y al Joven de Christophe Duquenne.

“Carmen”, esa todavía obra maestra de Roland Petit, no necesita mucha presentación. Recuerdo tan sólo su estreno en Londres en 1946, y la mítica asunción de Zizi Jeanmaire. La música de Georges Bizet fue arreglada por G. Tommy Desserre, un producto que no estima feliz precisamente. La escenografía y el vestuario fueron firmados por el pintor español Antoni Clavé: encarnan el espíritu teatral de esos años, pero continúan funcionando hoy en día, incluso el corsé de Carmen.

La novela de Prosper Mérimée fue adaptada por Petit por medio de cinco escenas: “Las cigarreras”; “Donde Lilas Pastia”; “La habitación”; “El granero”; “La corrida”. Quizás en esta síntesis faltó más adecuación a lo oscuro y preocupante que habita a la creación literaria, pero la “Carmen” de Petit es un vehículo para que estalle la sensualidad, la pasión de la carne, y es también una metáfora del amor, la muerte y el destino, por otra vez.

colaboradores  Roland Petit en el Ballet de la Ópera de París
“Carmen”, Ludmila Pagliero y Stéphane Bullion ©Julien Benhamou/Opéra national de Paris

 

colaboradores  Roland Petit en el Ballet de la Ópera de París
“Carmen”, Ludmila Pagliero y Stéphane Bullion ©Julien Benhamou/Opéra national de Paris

Decía Petit que “todo el mundo (después de “Carmen”) enseguida copió: el hombre sobre la mujer, las sillas…”

Sí, esas posiciones de Carmen encima de Don José, que se encuentra en el piso, como si formase una letra “l”, cuántas veces después no se han visto, hasta el día de hoy.

Lo más innovador fue, sin embargo, el “juego” con todos esos pasos en-dedans, cuando entonces todo se hacía en-dehors. Ello proviene de la “barre à terre” de Boris Kniaseff: tanto Petit como Zizi Jeanmaire seguían sus cursos.

Si no, es la escritura para el rol de Carmen la que se impone. Es un papel complejo técnicamente, con todo ese trabajo de piernas; la bailarina casi no tiene respiro. Desde este punto de vista estrictamente técnico, la danseuse étoile Ludmila Pagliero brilló, con prestancia y gallardía. No es de lo menos, dada la dificultad. Pero Carmen tiene que ser Carmen. A Pagliero le faltó espesura, aunque no gracia. Es cuestión de que baile más el ballet, en el transcurso de las sucesivas representaciones: era su debut, y era la première.

El danseur étoile Stéphane Bullion como su Don José fue más convincente, aun si es sobre todo un Don José sombrío, atormentado, hasta pensativo. Aunque ello es otra vertiente legítima para interpretar a quien mata a la voluble cigarrera de Sevilla.

Para volver a Pagliero: acostumbraba decir Roland Petit a sus intérpretes que tuvieran en cuenta que Carmen es un rol clásico eminentemente. Podían abanicarse y jugar con este artilugio, pero la reciedumbre clásica era la clave del personaje. Y Pagliero la tuvo.

Apunto, por último, la poderosa carga erótica de ciertos instantes en la escena de la habitación, proyectada con nitidez por Bullion y la propia Pagliero.

colaboradores  Roland Petit en el Ballet de la Ópera de París
“Carmen”, Stéphane Bullion ©Julien Benhamou/Opéra national de Paris

 ©2013 Danza Ballet

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